sábado, 31 de marzo de 2007

La noche que no termina (relato)


Esta noche va a ser difícil dormir. Lo va a ser más si me dedico a recordar todas las cosas que he dejado atrás. Supongo que es el precio de ir creciendo.

El reloj avanza, y aún no son las dos de la mañana. Qué infinito es un minuto cuando quiere, qué corto se hace el tiempo a su antojo. Pero hoy no fue un día elástico. No me queda otra cosa que salir a caminar por las calles oscuras de Córdoba.

Me sumerjo en la noche y camino bajando por La Cañada hacia ningún destino... simplemente camino. El río Suquía ha crecido con las lluvias. La avenida Costanera Norte está sumergida en el agua, la alerta de dengue crece. Pero debe haber cosas más preocupantes en las que pensar.

-No sabés, la Rita que no puede vernirse de Santa Fe.
-¿Qué le pasó?
-Se han cortado todos los accesos a la provincia; la ciudad está bajo agua, no ha dejado de llover muy fuerte en toda la semana.
-¿Tan mal está la cosa, che?
-Rosario también está mal, aunque peor está Santa Fe.
-Pero ha debido de llegar ayuda ya...
-¿Vos creés? No ha llegado nada. Y los papás de Rita, que no están en Santa Fe, sino allá, en Rosario, dicen que el Paraná no para de crecer y no llegaron ni la intendencia, ni los militares...

Así estaba la cosa. Yo ni sabía que la mitad de Santa Fe andaba sumergida en el agua; pero las señoras que van a mi lado por el puente Antártida estaban mucho mejor informadas que yo (algo dijeron sobre escuchar a Mirol en Radio Mitre). Y, aunque el río Suquía ha crecido mucho en la semana, los riesgos de que inunde algo más que la Costanera son muy escasos.

El reflejo de la luna se diluye por el paso furioso de las aguas negras del río. No dan ni ganas de tomarle fotos. Prendo el primer pucho de la noche y camino volviendo sobre mis pasos. "¿Qué pasa conmigo? Parezco un viejo de cincuenta años, pienso en la vida como si fuera un viejo de cincuenta años, escribo como si fuera un viejo de cincuenta años... Haría falta algo de galope para el corazón". Y Vicentico empezó a cantar.

Bueno, al carajo este humor de mierda, la reputísima madre que te parió, hijo de un vagón lleno de tres mil putas, dije como para entrar en calor, pues ya cerca a abril, la gente no anda mucho en manga corta, ya muchos llevan camperas puestas. Doblo por La Rioja y decidí hacerle conversación a la primera persona que se me cruzara.

-Hola, papi... morochito, una chupadita: diez pesos...
-Salí, puto de mierda.
-Qué geniecito, che.

Creo que elegiré a la segunda persona. Por algo me advirtieron que luego de medianoche, la calle de La Rioja se vuelve algo extraña. Para mi buena suerte, una sombra se le acercó al traba y éste se lo llevó hacia su departamento. La sombra se alejó rengueando.

Sorprendentemente, el kiosco, que también es despensa, donde suelo comprar leche algunas veces, estaba abierto, así que entre para tomarme algo... una birra, una gaseosa. Así estando en pedo, hasta un poco de ron de quemar o mataratas estaba bien.

-Hola.
-Hola, negro, como andás.
-Todo bien... ¿me das una coca-cola, por favor?
-Como no.

Su nombre: Evelyn. Edad: aproximadamente 18 años. ¿Qué hacía ella ahí a esas horas? Vaya usted a saber. Le pregunté a la mina, muy bonita por cierto, si podía quedarme a tomar la gaseosa ahí y me dijo que no había problemas. No era la primera vez que nos veíamos. Ya muchas otras veces la había visto mientras atendía a los vagonetas de un colegio cercano que iban y quería comprar puchos y alcochol y al final compraban galletas y gaseosa. Ahí jamás le pude hablar porque era muy comprometedor distraerla de su trabajo. Sin embargo, ahora, estaba sola y no había más nadie en la despensa como para interrumpirnos. Hubo un incómodo silencio hasta que ella lo rompió.

-¿Vos no sos de acá, no?
-No, soy peruano.
-Ah, ¿y qué hacés por acá?
-Vine a estudiar (tamaña mentira); pero ahora empiezo a trabajar de cajero en el Disco.
-Ah, mirá.
-¿Y vos qué hacés?

Y me contó que esa noche tampoco podía dormir, que había venido buscar al papá, que es el que atiene el negocio hasta esa hora y que ya se iría cuando el volviera de un asunto que urgente que tenía. Yo nunca había visto al padre. He tenido la gran suerte de solo toparme con Evelyn en esa tienda. Jamás había ido yo de noche ahí, por eso encontrarlo aquel día fue como una bendición.

-¿Vos tenés un amigo, no?
-Sí, se llama Mario, ¿por?
-No, por nada.

Pero era obvio. Así que, más animado por ese pequeño rastro que me dio, empecé a indagar sobre ella. Hice una nota mental: soltera, no tenía novio, iría al siguiente año a la UBA, quería estudiar arte, y le gustaría viajar a Perú para conocer Cusco. Y la mentira me empezó a surgir casi naturalmente: claro, amiga, el pibe Mario, el que mencionaste, es hijo de los dueños deun buen hotal allá. Él se peleó con los viejos porque él quiere estudiar Arte en la UNC y se armó un quilombo, así que él se vino peleándose con medio mundo en Perú... "Sería bueno que te lo presentara algún día".

-Bueno, ¿tenés celular vos?
-Sí, toma nota...
-¿Y le podés decir para vernos mañana?
-Claro, ¿tú vives cerca?
-¿Cómo?
-¿Si vivís cerca?
-Ah. Más o menos; vivo en Alto Córdoba.

Buenísimo. Evelyn ya me había dado celular, correo electrónico para que el amigo Mario, que dormía en el sueño de los justos en la pensión, pudiera hablar con ella muy pronto. En cuanto a mí, quizás hablaría con ella toda la noche, quizás conseguir el teléfono de alguna amiga suya para poder salir en parejas...

Y de pronto, la sombra rengueante, de bigotes de Nietzsche, llegó a plantarse delante de la puerta del local.

-Che, Evelyn, ya nos vamos.
-Ya, papá.
-Eh, pibe, estamos cerrando ya...
-Sí, ya me voy, señor. Gracias por la gaseosa.

Supongo que el asunto tan urgente (que imagino le habrá costado diez pesos) ya lo había solucionado, porque se le veía una sonrisa estúpida en la cara. Volví a recordar esas cosas tan incómodas que me golpeaban la cabeza. La noche para mí aún seguiría. Para Evelyn ya no, pues se iba a dormir, y para los demás, tampoco.

Sin dinero, sin laburo y sin comida, es muy difícil dejar de pensar en lo angustiante que es la soledad extrema de un país que no es el tuyo. La lluvia volvía. No era prudente andar por la calle sin paraguas y con ese chaparrón encima.Sin embargo, mi terca sangre Marquina no me dejó volver a casa.

domingo, 18 de marzo de 2007

Camino a Córdoba (tercera parte)

A ti, Caperucita Roja.


EPISODIO III: LA VENGANZA DE LOS NERDS (BOLIVIA - ARGENTINA)

Pesadilla en la trocha boliviana.
L6 y yo caminábamos por el centro de La Paz: ya llevábamos dos días en esa ciudad pero aún nos afectaba la altura. De vez en cuando parábamos a tomar aire porque hasta bajar las cuestas de las calles nos fatigaba.

Aún nos costaba acostumbrarnos a la accidentada geografía urbana de los alrededores de la Plaza Murillo. Algo desorientados por el hambre llegamos casi al mediodía hasta la misma plaza para desayunar. Sin embargo, una cuadra antes de llegar, los dinamitazos nos dieron la bienvenida. Las explosiones venían desde el templo de San Francisco. Sabíamos que no andaban muy lejos, pero decidimos terminar de desayunar tranquilos y no apurar el paso: una indigestión y el sorojchi el mismo día que salíamos para Villazón no era algo muy recomendable, menos aún con alturas mayores a la de La Paz por venir.


Plaza Murillo



Satisfechos, aún conversábamos sobre la ciudad, yo me mostré algo nostálgico, rescatando un parecido con las ciudades de la sierra peruana, y de pronto, un dinamitazo mucho más cercano. La gente en la calle empezó a apurar el paso y un policía iba desalojando la plaza. Nos vimos con los Walt Disney, o sea con los muñecos.





Iglesia San Francisco



Aún no están cerca, pensé. Así que mejor será no avanzar muy apurado, porque no había razón para el susto, y el bus sún saldría dentro de unas horas. Pero el susto llegó. La gente en la esquina opuesta a donde nosotros estábamos empezó a correr; el tráfico empezó a desviarse en las estrechas calles paceñas, quedando así tugurizados todos los alrededores de la plaza. La única forma eficiente de salir (a salvo) de la plaza era "escalando" las empinadas calles que salían de la plaza por su lado norte. Maldije mi costumbre tonta de fumar (una vez más, una vana vez más) y prometí (bis) no volver a hacerlo cuando, al cruzar por un cuartel de policía, vimos que llevaban a un policía inconsciente, cargado entre cuatro efectivos más, lo que exacerbó más los ánimos a los que estaban dentro del cuartel.

-Yo, peruano, de ésta, me quito.
-¿Y el Maestro Chubaquita?
-Que se joda, le hablas de Bolivia y ya le entran ganar de querer morir como el Che Guevara.
-Qué reaccionario que eres.
-No interesa, tenemos que salir de aquí y ni siquiera puedo respirar.

Subimos todo lo que pudimos, los cuchillo del dolor de cabeza típico del mal de altura volvían a atacarme. Y decidí parar para tomar un taxi. Ninguno paraba, los dinamitazos empezaron a mostrar sus grises columnas de humo a dos cuadras de donde estábamos nosotros. Una combi, manejada por una mamacha paró a nuestro lado por una calle angostísima y que se mostraba como la única salida segura del centro.
-Habla, tía... ¿vas?
-Sobi.
-¿Qué dijo?
-¡Que subas, ca...!

Pero la desbandada huida de los paceños nos cerró el paso, todo empezó a llenarse de humo y en medio de todo, terroríficamente cerca, los dinamitazos de los mineros que llegaban por todas partes hacia el centro de la ciudad...

La brusca frenada del bus que nos llevaba hacia la frontera me hizo perder el hilo del sueño, que se había mezclado con algunas de las cosas que vimos aquella última mañana en La Paz: policías, dinamita, humo y plazas cerradas eran ahora reemplazadas por el dolor de espalda, de riñones, la sed, el cansancio y... y la presencia de un ser muy extraño dentro del bus.

'Ta que eso no pasa, 'on


Ocho de febrero. Ya habíamos llegado a Villazón, luego de que repararon el bus. El matrimonio peruano residente en Buenos Aires tuvo a bien bajar antes que nosotros para que mis riñones respiraran un momento tranquilos. Caputo (¿lo recuerdan, no?), ese ser extraño y nefasto, desde que había subido al bus luego de la reparación del freno estuvo hablando como un hispanoparlante más con los arequipeños que tuvieron la decencia (y la mala suerte) de haberle dado bola.



A mí me dolía hasta pensar. Tenía detrás de mí a mi maletota, víctima de innumerables vejámenes, señalada por todos, blanco de las burlas de cuanta persona se fijara en ella para burlarse inclusive (o sería mejor decir sobre todo) de su dueño, en Chacalluta, Tacna, Desaguadero, La Paz, y ahora... en Villazón, a cuestas. Sólo quería dormir. Y para terminar de adornar la informalidad boliviana, un último recuerdo que traía de golpe la nostalgia de mi quereda Lema la capetal: los jaladores. Joven, ¿pasaje para Buenos Aires?, ¿hospedaje, cuántos son?, ¿Buenos Aires, Córdoba, Mendoza? salidas a las cuatro de la tarde, amiguito, venga con nosotros, si quiere descansar o las duchas, ahí tenemos el hospedaje, se queda allí y nos encargamos del bus, que sale luego, pero tiene que ir a hacer su cola en el puente, eso va a demorar, mejor primero descanse, aquí le ofrecemos un descanso, cuarenta bolivianos la noche, ¿también quiere los pasajes?, ¿sí?, cuando quiera ir a la frontera, ¿cómo?, queda a seis cuadras, cuando quiera ir la frontera, se llama a un changuero -triciclero, no tan solícito como el amigo peruano-boliviano en Desaguadero- para llevarle los bultos, entonces, qué ha decidido hacer, ¿viene con nosotros? le ofrecemos un buen hospedaje...

-NO, GRACIAS.

Entramos en un hotel que, para nuestra suerte, no tenía habitaciones libres. Mientras esperábamos en una salita, Marlon pensó que sería mejor hacer un esfuerzo más y tentar cruzar la frontera de una vez por todas con el floro que habíamos preparado. Temerosos de que otra vez pasemos el mal rato que habíamos pasado en Chacalluta, le pedimos encarecidamente a Martín que nos preparara una especie de carta (falsa, está de más decir) en la que la U.N.C. nos invitaba a un supuesto congreso de "Periodismo y Mercosur". Yo había elaborado el texto en La Paz, más las firmas escaneadas que nos pasaron del Centro de Estudiantes y el logo de la universidad, quedaba una carta bastante creíble, y ese iba a ser nuestro floro de entrada a la Argentina: un supuesto segundo congreso latinoamericano de periodismo y mercosur a desarrollarse los días 8, 9 y 10 de febrero del año en curso en la ciudad de Córdoba - Argentina al que, por supuesto, faltaba más, estábamos cordialmente invitados.

El bendito changuero, menos cordial y menos amable que el de la otra frontera, nos dejó abandonados antes de entrar a suelo argentino. Cruzábamos y un cartel nos agradecía la visita a Bolicia, nos invitaba a regresar pronto (invitación que le pensaré más de diez veces antes de aceptarla). Ante nosotros estaba el paso internacional de La Quiaca. Quedaba (temporalmente) atrás Villazón y Bolivia y ante nosotros el puente sobre el río La Quiaca y la incertidumbre de si cruzaríamos o no para Argentina.



Jalábamos los bultos, una vez más, mi maleta fue señalada: "esa vaina no pasa". Nos dimos cuenta de que en ese hospedaje boliviano no habíamos hecho otra cosa que perder el tiempo: casi todos los pasajeros del bus (a excepción de Caputo, que se quedó rezagado, supongo que por mal nacido) ya habían formado su cola para la larga espera al sellado del pasaporte que nos daba la entrada a la Argentina. Al lado del puente, un pequeño puente iba paralelo a él. Pero no iba venía de Bolivia, no: nacía en el lado argentino y moría en un pestilente extremo que era un baño público indescifrable. Ahí nos tocó estar. Para llegar hasta la ventanilla faltaban como 200 personas, quizás más, y casi más de seis horas de espera hasta que nos tocara a nosotros.

El tío peruano, que acompañaba a su "gorda" y a su engendro, estaba delante de nosotros, se secaba el sudor de la frente en la manga de su polo (o remera, como él decía). Como ellos tenían que pasar bultos (y no me refiero a su esposa), la gordita haría aparte la cola de la aduana (la AFIP). No faltaban los buitres que ofrecían apurarle la cola a uno a cambio de la compra de un pasaje de bus. Era una estafa. La cola demoraba tanto como cualquier otra, pero el pasaje ya te lo habías comprado. Ante el apuro de llegar (llegamos a golpe de mediodía) a la Argentina lo más rápido posible, mucha gente se animó a preguntar, otros, ya compraban el pasaje. Era un bus que iba directo hacia Buenos Aires.

Yo ya no soportaba la mochila ni la casaca, pero no me atrevía a sacar la casaca (campera se dice por aquí). Escuchaba mi discman y el maldito peruano-bonaerense me metió el primer miedo: "te van a quitar el aparato (?) en la aduana, mejor escóndelo, porque 'ta que eso no pasa, 'on". La espera sin música se hizo más larga.

El Castigador.

Uno de los personajes más pintorescos de la cola fue un peruano (puneño, radicado por un tiempo en Lima -La Victoria, San Juan de Miraflores-) que tocaba su quena. El tipo no podía ser de facciones más "autóctonas": cobrizo, cabellera negra recogida en una cola, boca ancha, labios gruesos, rasgos mongólicos, bigotito de mentira. Tocaba una quena mientras una sueca, rubia de cabellos rizados, ojos azules y un finísimo perfil, y silueta celestial, le acariciaba la cabeza, o se recostaba en su hombro, enamorada de la música de la quena, mientras él renegaba porque ella no lo dejaba concentrarse en el instrumento (guarda ahí). Sí, leyeron bien. Se los digo en el mejor dialecto limeño-racista (que es casi lo mismo) que se pueda: EL SERRANAZO ÉSE SE ESTABA LEVANTANDO UNA GRINGAZA. Y como para cachetear a la pobreza, la castigaba con su desprecio porque él quería tocar tranquilamente su quena. Se iban los dos solos (S-O-L-O-S) a "acampar" a orillas de las cataratas de Iguazú. "El que puede , puede". Y allá en Lima, pensaba, mucha gente que se paltea porque dice "no, compare, para estar con una flaca así hay que tener plata, tener pinta pe, tener el pelo claro". Me los paso por los David Bowies a todos esos porque este muchacho, este maestro del cruce de etnias, nos ha demostrado con los hechos, que sin plata y sin cumplir con los requisitos de belleza griega o clásica uno puede estar con la chica que quiera. Así que muchachos, a despertar.

"Charanguito" strikes again.

La cola ya tenía como dos horas, ya habíamos dejado el pestilente baño público. Estábamos en medio del puente y debajo de él se podía ver cómo se pasaban cosas del lado boliviano al lado argentino cruzando el río. Unos cerdos comían ahí debajo, se revolcaban en los charcos malolientes que había dejado una antigua crecida del río. Y en medio de esa podredumbre... una visión nefasta: Chubaquita, asaltado, desnudo, con una botella de pisco "Bin Laden" escapando de una de sus patas, mordido por los cerdos que luego de masticar su peluche lo despreciaban porque era una suciedad. No quise bajar a verlo, pero por obra y gracia de la casualidad, abrió los ojos y nos vio en el puente; se vino tambaleando hacia donde estábamos. Nos contó que había vendido al movimiento obrero cooperativista de La Paz y que ahora estaba buscado, la gente lo quería matar y que lo perdonáramos, que ahora se quería ir a Argentina con nosotros. Con una mezcla de asco y compasión lo metí a la mochila haciéndole jurar que no saldría de ahí para nada.

En ese mismo instante, apareció por el puente principal de La Quiaca el popular Caputo, el gringo que andaba con su charanguito. Se iba a hacer su cola. La vio de lejos, como buscando (luego me di cuenta que la técnica de este miserable había sido hacerle el habla a alguien del bus para que en el momento de hacer la cola él pudiera colarse sin asco con la excusa de seguir una conversación) a sus interlocutores del bus. Y, claro, encontró al matrimonio arequipeño que le hizo el favor de hablar con él horas antes de llegar a Villazón, que estaba a diez puestos delante de nosotros. Recién salía el hijo de... yanqui del puesto policial boliviano. Con toda la pana y elegancia, los ubicó, les saludó con la mano desde lejos y empezó a caminar. "Ésa ya me la sé; es más peruana que el charanguito de este puto".

Se quedó conversando con ellos ahorrándose así las treinta personas que estábamos detrás del matrimonio arequipeño. Nadie lo vio, nadie le dijo nada. Nosotros menos, por el temor de que la policía también se la agarrara con nosotros. Yo tenía serios motivos para pensar que los gendarmes podrían buscar pleito de la cosa más insignificante. En un momento de la cola, empezaron a acercarse para pedir documentos a los argentinos. Ya se iban y cometí el error de verlos con mi cara de "putamadreypensarquesiestuviéramosenChilelacolayahubieseavanzadohaceratoynoestaríaaquíconhambrecaloryuncansanciocriminaltotaltomboestomboaquíyenlaChina". Advirtió que lo estaba mirando con cara de pocas pulgas, me di cuenta y desvié la mirada; se paró delante de mí y me dijo: "¿usted de dónde es?"; me vi con los Walt Disney fronterizos y le dije casi farfullando: "di Pirú, siñursh". Las horas avanzaban y la cola a razón nada a cada eternidad.

El momento de la verdad

La justicia tarda, pero llega cuando le niegan a un puto el paso a Argentina. Caputo, gracias a su zampadaza, ya estaba delante del gendarme, que lo vio, lo examinó, a él, al pasaporte y al charanguito y no le dejaron pasar a Argentina. Regresó a Bolivia con una cara de no saber que había hecho. Nosotros aún tratábamos de no estar nerviosos y utilizar el floro que habíamos preparado. Teníamos que sobreponernos al cansancio, remontar fuerzas y mostrar la mejor de las caras para pasar. Los nervios me comían, Marlon estaba muy serio, Chubaquita vomitaba una sustancia oleoginosa y verde. Me puse delante del gendarme con la carta falsa en la mano a punto de mostrársela, arrodillarme ante él y llorarle para que me dejara pasar. Ya me imaginaba lo peor: me veía, discutiendo por la carta, que llamara a Córdoba a mi amigo Martín, que el congreso ya había empezado, que no podía demorar más, que no quería quedarme en su país más tiempo del debido para el congreso (más falso que moneda de tres soles cincuenta).

-¿Sos estudiante vos? -me preguntó un cachaco parecido a Tévez.

-Sí, estudié Derecho -la cagada, saqué pecho por el Derecho.

-¿Qué es el Derecho?

-¿Perdón?

-No, el Derecho no es Perdón. Es el conjunto de leyes de una sociedad -me adoctrinó el gendarme.

-Esa es una definición positivista-legalista -me defendí. Derecho es que me dejes pasar ahora, pensé.

-Bueno. Bienvenido a la Argentina. -Mercosur 90 DÍAS.

Marlon ya iba a sacar su pizarra y su tiza para explicar lo que era la Literatura pero a él no le preguntaron ni el color del cielo. Al Castigador le hicieron un problema porque le preguntaron si traía bolsa de viaje, qué iba a ser en la Argentina, a qué se dedicaba. Respondió: trescientos pesos en efectivo, voy a acampar en Iguazú, me he informado de que eso es posible, yo cultivo mi tierra, soy hombre de campo. Castigador como él mismo, ni mencionó a la sueca, que no tuvo problemas para entrar. ¿Fui testigo un caso de discrimanción racial? No lo sé; él, al final, entró.

Sin poder creerlo ,aún en medio de una pista, la AFIP ni me revisó la maletota. Pensé en todos esos miserables que me metían miedo de que no pasaría ni a cañones mi querida maleta. El discman, demás está decir, pasó. Cómo es la envidia. Tomamos un taxi directo al terminal de buses de La Quiaca y luego buscamos un hospedaje. A pocas casas encontramos uno y me di un baño. Comimos y luego fuimos a internet. Al salir del cyber (aquí no se les dice cabinas), La Quiaca estaba bajo una fortísima lluvia que nos empapó. Reíamos camino al hospedaje, empapados, casi sin poder respirar por la fuerza de la lluvia que parecía una ducha. Me sentía feliz, muy feliz luego de más 7 días de viaje. Llamé a casa luego de comprar el boleto que nos llevaría primero a San Salvador de Jujuy y luego a Córdoba (El Quiaqueño nos llevó hasta S. S. Jujuy; Flecha Bus hasta nuestro destino final), ya cambiado y con un improvisado paraguas. Dormí arrullado por la lluvia. Dormí por fin luego de dos días. Luego de haber estado seis horas sin comer y parado en la cola de La Quiaca.

Epílogo.

A la mañana de ese día, nueve de febrero, ya no llovía. Salimos del hotel y esperamos en un cyber hasta que saliera nuestro bus a S. S. de Jujuy. Escribía correos, revisaba algunas cosas. Salió el bus. Vinieron a mi mente algunas páginas de Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato, porque justamente el bus nos llevaba por aquella ruta que hizo Juan Lavalle en su escapada hacia Bolivia. Claro que no exactamente la misma ruta. Vi por fin la dichosa Quebrada de Humahuaca, de gentes de costumbres quechuas. Parecía todo eso el Perú. En Abra Pampa paró un rato y no volvió a parar hasta S. S. de Jujuy. Casi durante todo el camino nos caompaó la lluvia. Ahí tomamos el último bus una hora después. Flecha Bus es una empresa de lejos mucho mejor que Cruz del Sur o que cualquier otra que utlizamos en esa larga ruta, además de que fue puntualísima. Lo único malo: nos pasaron vídeos del Dúo Pimpinella y Arjona. Qué macana. Luego, La leyenda del Zorro. Era un bus de dos pisos aquél. En el primero, un pasajero quería que le suban el volumen a la tele porque quería ver la gran actuación de Antonio Banderas. Yo no andaba relajado, pero no tenía sueño. Marlon durmió... casi como siempre. Chubaquita terminó de vomitar... pedía hepabionta a gritos.

A las nueve de la mañana del día diez de febrero del año de Nuestro Señor de dos mil siete, dos humildes buscavidas habían llegado a Córdoba - Argentina. Y en la calle La Rioja 840 un camarote (aquí le dicen cucheta) y una habitación de pensión los esperaban para empezar a encontrar eso que habían ido a buscar...

reo-libre@hotmail.com

sábado, 3 de marzo de 2007

Camino a Córdoba (segunda parte)

A Mariclaudia, por todo, porque quiero y porque sí.

EPISODIO II: PERÚ – BOLIVIA (SIN LLORAR).

Escenas del capítulo anterior…
Habíamos dejado la acción cuando nuestros héroes fueron retenidos por el cruel Iván Zamorano en el control fronterizo de Chacalluta. Ellos, aún consternados por la rotunda negativa, esperaban –en vano– que un milagro ocurriese, que pudiesen hablar con el jefe de Iván Zamorano (no, no el exDT de la selección chilena, Nelson Acosta, sino el jefe del control fronterizo), mientras un risueño Chubaquita se dedicaba a uno de sus más antiguos oficios: el tráfico ilícito de pepsicards de los X-Men.

–Hola, ¿el teléfono funciona? –preguntó Christian, al llegar al Terminal Internacional de Tacna.
–Así como ustedes intentan pasar va a ser imposible.
–No, está malogrado –le contestó la señora.
–Pero, señor… nosotros sólo entramos para pasar a la Argentina. No queremos quedarnos en su país.
–Ya, compare’, dame una de Gambito y te doy dos de Guepardo calato.
–De ninguna manera. Si tú dicei que te esperai alguien en Santiago, estai empeorando más las cosas.
–Por favor, ya tenemos los pasajes comprados. No podemos regresar así. Sólo nos demoraremos lo que demora el tránsito…
–¡Uhhh! Esa, nola, ‘on. Pero esta te va a costar un paquete de skank más rizzlas –el mono lo miraba avariciosamente, con los ojos inyectados de sangre.
–Señora, una pregunta… ¿vende usted pasajes para la Argentina? –Christian esperaba la confirmación de sus temores.
–Tienen que entrar en un bus internacional. Es la única forma de pasar. De otra manera no. Ya te lo vengo diciendo cinco veces: tú pasai en ese bus (Ormeño, Veloz del Norte, El Rápido), yo te garantizo, al cien po' ciento, que tú no vai a tener ni ún problema. En Tacna podei conseguí pasajes –terminó Iván, casi convincentemente.
–Sí, te vendo el pasaje en Tacna, pero el bus se toma en Arica. Ya tú por tu cuenta llegas a Chile. Si no te dejan pasar no es problema de la empresa –la señora ni le miró a los ojos.
–Te garantizo que tú pasai.

Esperando a Álex.
–Christian, primo –desde que recuerdo, Alex y yo nos hemos tratado de primos.
–No, Alex, no puede ser, tengo que hacer una llamada a Santiago –alteradísimo yo.

Como quien intenta calmarme con una fría dosis de sentido común, Alex me hizo entender que estábamos de más en Chacalluta: “si te han traído hasta aquí es prácticamente para que te regresen”. Me recomendó volver a su casa para descansar; él llegaría luego. De todas maneras iría a Arica para negociar la devolución del pasaje.

Chacalluta: doce y veinte de la mañana. Un inspector muy parecido al Oso Yogui esperaba la llegada de un bus que nos llevara a la Ciudad Heroica.

Marlon y yo, aún consternados y sentados en una banca, con las maletas frente a nosotros, mirábamos al vacío, a la incertidumbre, masticando de a pocos esta aparente derrota.

El Oso Yogui se mostró amable, distante (ni me miró), pero amable. Hablamos con él para que intercediera por nosotros con los carabineros que trataban de esposar a Chubaquita. Eran como siete… ¡y no podrán matarlo!

Cuando soltaron al Maestro, a nuestra banca se acercó un señor desaliñado, con la camisa que apenas cubría su papal barrigota, con los pelos del pecho expuestos como condecoraciones militares y los sobacos sucios y “detectables” a metros de distancia.

–¡Aquino! –bramó.
–¡Yo! –dijo L6.
–¡Ya, suba! ¡Ávalos!
–¡Yo! –dije dudoso… ¿ése era mi apellido, profanado por tan ruin personaje?
–¡Suba ya! ¡Nos vamos!
–Maestro, métete en el canguro y te callas. No quiero más palabrotas y guardas tus playboy-cards de Las Chicas Superpoderosas.
–¡Vamos, carajo!

El bus iba de Arica a Tacna lleno de gente que quería pasar muchos productos de contrabando. Como un había un control sobre el número de cosas que se podían llevar, entre los pasajeros se repartían (algunos, no todos) sus productos para no tener problemas en ADUANAS: leche, aceite, dulce de leche, arroz, casacas. El contrabando encendió los ojos avariciosos del Maestro, que ya se disponía a cambiar dos tarros de leche por un Picasso del Periodo Rosa en microfilm.

Luego de que me confirmaran en el terrapuerto internacional de Tacna que comprar ahí los pasajes a la Argentina era lo mismo que regalar el dinero, nos fuimos a la casa de los Choquemamani, donde todos –claro– dormían: era ya cerca de la medianoche en Perú.

En el cuarto esperábamos a Alex. Aún no regresaba de Arica y estaba con gripe. Como tratando de no pensar mucho en ese gran contratiempo, me eché en la cama a leer “La mujer de mi hermano” de Jaime Bayly; Marlon, en el sofá, leía a Migoya.

Cuando Alex llegó nos sentamos a analizar la situación. Ni a Marlon ni a mí nos atraía la idea de volver a Lima a escondidas para tomar un bus internacional, ni mucho menos volverle a ver la cara a Iván, ni al Oso Yogui ni a nadie en Chacalluta.

Alex nos escuchó pacientemente, y solo al final dijo: “¿por qué no se van por Bolivia?”.

Parecía simple: salir en un bus desde Tacna a Desaguadero (Perú), luego esperar el paso al lado boliviano del río en triciclo. De ahí un colectivo a La Paz, bus a Villazón (un viaje de veinte horas), que era la frontera boliviano-argentina.

–¡Vamos, carajo! –gritó el Maestro.
–Eso o Lima –pensé en voz alta.
–Listo, mañana a Arica para recuperar el pasaje –dijo Marlon, algo cansado.

Para celebrar este cambio de decisión, Chubaquita, o como modestamente le gusta que lo llamen: Maestro, nos invitó a pasar una noche de farra en el corazón noctámbulo de Tacna (la capital nacional de los nightclubs). Ahí donde viven especies exóticas como Candy, la mujer araña que desafía la gravedad; o Diana, la rompecorazones, todas ellas amigas personales del Maestro. Le agradecimos la invitación y nos negamos porque en verdad el trance de cambiar de país dos veces en menos de tres horas nos había agotado. El Maestro, indignado, salió solo, una limosina lo estaba esperando.

Rumbo a Desaguadero.
Nuestro regreso a Arica al día siguiente (domingo cuatro de febrero) fue de trámite. Ya no paseamos por la ciudad y nos fuimos de ahí sin haber tomado una sola foto del Morro de Arica (primera promesa sin cumplir).

Como ya habíamos comprado los pasajes a Desaguadero para antes de las 19:00 horas, teníamos poco tiempo para estar en Chile. Volvimos a Tacna, pero ya no pudimos ver a Alex, de quien sólo nos despedimos por intermedio de su tía, que nos despidió a nosotros desde la puerta de su casa.
En el Terminal Collasuyo, minutos antes de que saliera el bus la llamé, le dije que ahora iba para Bolivia, que la quería mucho y que la llamaría cuando parara el bus; me dijo que me cuidara y que me quería y saludara a Marlon.

–Saludos de Mariclaudia, chalaco.

Alex nos había recomendado la Empresa San Martín. Era la mejor. No me quiero imaginar qué era lo que venía después en calidad. Pese a todo, el bus entraba en lo “aceptable”, más aún si el viaje era aproximadamente de unas diez horas. O sea, un viaje “corto”.

Moquegua: en algún punto de la noche. Llamé a Lima, otra vez, a la niña de mis ojos. Contestó su mamá, luego hablé con ella y me dijo que seguía mal. Colgué luego de unos minutos de escueta charla. El bus no volvería a parar hasta Desaguadero. Otra vez no dormí bien. Apenas cabeceaba y dormía unos cuantos minutos y nada más.

¡¡Me c*** de frío!!
¡Los que bajan en Desaguadero! –gritó el terramostro.
Marlon y yo apenas llevábamos una casaca encima. Sin embargo, era tal el frío a esa hora de la madrugada en Desaguadero que se me empezó a entumecer todo el cuerpo, y tiritaba hasta hacerme castañear muy fuertemente los dientes. Un triciclero nos llevó hasta la frontera que estaba a tres minutos de ahí, para esperar que se abriera el control fronterizo en Perú y la búsqueda de requisitorias.

Faltaba mucho para las ocho de la mañana. En la cola, que ya era bastante larga cuando nosotros llegamos, había bolivianos, peruanos y alguno que otro colombiano (a una señora le cobraron cinco soles por llenarle una cartilla, se lo cobró un mocoso de ahí que a los demás les cobraba cincuenta céntimos). Muchos de los que estaban ahí intentaban pasar a Bolivia con la intención de cruzar hacia Chile, pues el control ahí decían que era menos estricto que el de la frontera peruana.

La espera fue larga e incómoda. Sentía que en cualquier momento me iba a dar una hipotermia. No pude más y cuando llegaron los primeros vendedores compré dos chalinas y dos pares de guantes, además de un chullo para mí. Ya más abrigados pasamos por todos los controles en Perú y el amigo del triciclo, que nos llevó hasta la frontera (adornada por un monumento a Francisco Bolognesi) se ofreció para llevarnos al control boliviano.

Algo inquietos por al fracaso en Chile, empezábamos a buscar algún argumento convincente para evitar problemas en Bolivia (sin llorar). Pero nadie preguntó –salvo nuestros nombres– más nada. Ya estábamos dentro de Bolivia.

La Paz, el sorojchi, los mineros, la dinamita… ¿Chubaquita?
El amigo triciclero nos llevó hasta el paradero de colectivos a la ciudad de La Paz. Durante el viaje hacia esa ciudad, pudimos ver a nuestra derecha la quietud del Lago Titicaca.

Nos hospedamos en un hotel de la avenida Perú de La Paz, a la espalda del Terminal de buses. El sorojchi fue el que nos dio la bienvenida y con acompañó durante todo el viaje: subir los cinco pisos hasta nuestra habitación, las empinadas y empedradas calles de La Paz, las punzadas en la cabeza y el agotamiento tan sólo por bajar una calle. Como nos esperaban alturas mayores, como Oruro o Potosí, nos quedamos dos noches en esa ciudad, viendo los frívolos programas de E! Enterteinment Televisión y MTV.

La parte que vimos de la ciudad de La Paz, me recordó a una típica ciudad serrana del Perú, el auto que nos llevó a la ciudad nos hizo rodearla y la vista del desde la entrada norte es espectacular. Casi todas las construcciones tenían el color arcilla de los ladrillos sin pintar, y eso le daba una pintoresca uniformidad al color de La Paz. Era el día cinco de febrero, las clases escolares empezaban ese día en todo el territorio boliviano.

El día seis empezó para nosotros con los estruendos de los dinamitazos de los mineros que llegaban a La Paz a reclamar por un impuesto del gobierno que afectaba tanto a los mineros privados como a mineros cooperativistas. En su marcha por las calles de La Paz, los mineros hacían explosionar cartuchos de dinamita en pleno centro paceño. Más adelante, la policía informaría que incautó un camión lleno de cartuchos.

Ese mismo día nos cruzamos con los mineros que iban rumbo a la Iglesia de San Francisco. Los cruzamos ahí donde muere la avenida Uruguay. Nuestros ojos no podían dar crédito a lo que veían: encabezando a los protestantes, con un cartucho de dinamita en la mano, vimos a Chubaquita que se disponía a reventar la ciudad de “Nuestra Señora de La Paz, parte del Imperio del Perú” (placa conmemorativa de la Plaza Murillo – La Paz) a punta de dinamitazos.

Con el debido respeto…
De lo que conocimos de La Paz, poco o nada fue de mi agrado. Pero eso no quiere decir que sea una ciudad fea o mala. Pese a la homogeneidad de su gente, es muy marcada la diferencia entre el norte de la ciudad y el sur, más pudiente y con grandes centros comerciales, según nos dijo el señor que nos vendía el mate de coca.

Otra cosa muy notoria: su gente era muy amable con nosotros. ¿Xenofobia contra los peruanos? No lo sentí, a lo mucho eran indiferentes, que no es lo mismo. Sin embargo, mi experiencia boliviana (sin llorar, Blanco) empeoraría geométricamente.

Enumeraré algunas cosillas:
1) La terrible informalidad del transporte terrestre. En el terminal del bus “Panamericana”, un “carguero” que ponía bultos en el techo del bus-camión, quería que le pasara mi maleta que pesaba como 60 kilos por encima de mi cabeza y que luego el colocaría en el techo del bus donde iría amarrada por una soga y cubierta de la lluvia por un cuarteado plástico. ¡Qué maravilla!
2) El pésimo estado de las unidades que van rumbo a Villazón (asientos sin acolchar, cucarachas, etc.).
3) El mal estado de las vías, de esa ruta en particular, que a mi entender es una de las principales de Bolivia (por ser un paso internacional).

“Mi nombre es Caputo y tengo mi charanguito”
Mala suerte o víctima de la común informalidad boliviana, empezamos la ruta La Paz – Villazón (unas veinte horas de viaje) en ese destartalado bus. Era ya la tarde del día siete de febrero.

Obviamente, no pude dormir; detrás de nuestros asientos había un matrimonio peruano, residente en Buenos Aires. Iban son su hijita, que se divertía pateándome los riñones. Marlon dormía pero no tan bien.

Llegada la noche, el bus (que se pasó todo el viaje haciendo ruidos extraños que luego supe eran pequeñas explosiones provocadas por el diesel adulterado que le echaron), además de cambiar de combustible, paró en una fonda en la que comimos más por hambre “supervivencial” más que por un hambre con ganas de comer.

Mi espalda recuerda todas las veces que esa niñita me pateó los riñones, y yo recuerdo todas las veces que le menté a la madre entre dientes, que por cierto, estaba al lado de ella desparramada como una morsa entre los dos asientos, abanicándose con un cuento escolar de la Caperucita Roja, mientras que su esposo dormía como los gallos, o sea, de pie, porque (cita textual): “prefiero dormir parado antes que contigo, gorda” Oh, l’amour!

Al amanecer el día ocho, los frenos se rompieron y pararon para repararlos. Yo no podía orinar, no sentía mis piernas; Marlon bufaba algo que entendí a medias, luego conversamos un poco mientras una señora nos ofrecía “chichashrón” y otra señora “shrifrishcush: Cuca-Cula, Janta, Shprait” (perdón, pero de algo me tenía que reír).

Ya estábamos a pocas horas de Villazón y a poco de La Quiaca (Jujuy - Argentina). En la espera, abajo mientras el chofer buscaba el repuesto que faltaba (mejor dicho, mientras lo sacaba de otra parte del bus), un gringo muy parecido a Truman Capote, pero con colita y charanguito, charlaba con unos arequipeños del bus. Miré atentamente a este personaje, a quien luego apodamos “Caputo”, ya se enterarán por qué.

¿Lograrán nuestros héroes llegar sanos y salvos hasta Villazón? ¿Cruzarían la frontera argentina? ¿Chubaquita habría perecido en los disturbios de La Paz del día siete de febrero? ¿Caputo en verdad tocaba el charanguito? ¿Evo Morales la mandaría al Pepino a Alan García? ¿En qué terminaría esta tragicomedia limeño-chalaco-tacneño-puneño-paceño-jujeño-cordobesa? ¡No se pierda el próximo deplorable (y políticamente incorrecto) episodio!

Agradeciemientos:

A Buses Panamericana, por los malditos asientos.
Al matrimonio peruano residente en Buenos Aires, por dejar que su hija me haga fiambre los riñones.
A la tía Chichashrón y a la tía Rifrishcush.
Al chofer, por revivir mi pesadilla del desastre de Atacama del año 2002.
¡Gracias totales!


reo-libre@hotmail.com

domingo, 18 de febrero de 2007

Camino a Córdoba

A Catalina, injustamente enviada a mi tierra natal.
A Liz, por las pastillitas de Clorets masticables.


EPISODIO I: PERÚ – CHILE.

La historia de este viaje empieza con la incredulidad de una amiga, el apuro del último día y su insistencia por el Messenger en que le repita lo que tantas veces ya había dicho: me voy a la Argentina.

Era el día primero de febrero, daban casi las doce y la agenda comprendía cosas como el almuerzo con la gente de la SUNARP (mi extrabajo) y Mariclaudia, ver “Babel” en la primera función de las 14:30 y luego llegar como loco al terminal de Cruz del Sur.

–No vas a llegar; no vayas al cine –me insistió un par de veces Marlon, preocupado de que algún contratiempo (o mi terquedad –justificada– de no querer dejar a Mariclaudia) hiciera que perdiera el bus.

Al final, gracias a la ayuda de mis padres con las maletas, minutos antes de las cinco de la tarde (el bus era para las 17:45), Mariclaudia y yo pudimos llegar tranquilos. Ahí ya estaban mis papás, mi hermana Anita y sus simios, los amigos, la familia de Marlon y Marlon. La despedida fue rápida, las angustias cortas y las lágrimas escasas. Mejor así. Sólo Liz –para variar– prolongó dos segundos la ceremonia con su llegada a las 17:45 in point. Gracias, Liz, querida (No es joda, es en serio).

Luego, las familias, Mariclaudia y los amigos quedaban en Lima; Marlon y yo, en el bus, esperando la narración de mitos y la proyección de Happy Feet.

¡Bingo!
Pero a Happy Feet no le vimos ni los detritos y el único mito que escuchamos fue que nos narrarían mitos, y eso fue en Lima, dos semanas antes.

Penélope Cruz fue la última que se despidió de Marlon, casi saliendo de La Molina. Yo dejé que se entregara a su fascinación. “Me fascina Ripley”. Después: desiertos, planeta Asia, películas aburridas, cabeceadas en el asiento panorámico y un pesado avance en las páginas de A Sangre Fría. Por suerte, tenía en el discman mi disco del soundtrack de Old Boy y pasé el tedio de las horas, que llegarían a sumar veinte hasta nuestro arribo a la heroica ciudad de Tacna.

El cuerpo humano no está diseñado para recorrer grandes distancias, inmovilizado dentro del cinturón de castidad (perdón, de seguridad) de un asiento de bus. Si no, seríamos unos ápodos, o unas larvas adornadas de miles de piecitos o unas babas gigantes como malaguas prehistóricas. Al amanecer, mi columna ya me mentaba a la madre y tenía el culo más aplastado y deforme que panetón en 28 de Julio.

Los pasajeros expertos en esa ruta sabían que el viaje estaba demorando mucho, se quejaban: “No es posible, señorita, este bus siempre demora más de lo que dice”. A lo que la azafata respondía: “creo que usted tiene mala suerte, señor”.

Envidio a Marlon, él tiene mejor sueño que yo y descansó más en la noche. Al mediodía todavía estábamos en Moquegua y ni el bingo que organizó la terramostra me hizo cambiar de humor, ¿para qué queríamos un pasaje de retorno a Lima?

¡El maestro vive!
Justo antes de la partida de Lima, advertí que Chubaquita no estaba en la mochila. ¡Oh no! ¡El maestro! Se había quedado solo en Lima, abandonado a su suerte entre todas las mugres que había dejado en mi exhabitación.

A Tacna llegamos con el hambre del almuerzo. Ahí, nuestro amigo Alex Choquemamani nos llevó a su casa, y luego nos dedicamos Marlon a conocer la ciudad y yo a recordarla. Era el viernes dos de febrero, zigzagueaba en Reforma (chiste monse que los/as fanáticos/as de Arjona aborrecerán). Iríamos esa misma tarde hacia Arica para conseguir los pasajes de bus a Salta – Argentina (el plan original del viaje era: bus a Tacna, tren a Arica, bus a Salta, bus a Córdoba, destino final: plan para algunos, plagados de muletillas románticas). Salimos para Arica, no sin antes corroborar que, entre las cosas que tenía en un bolsillo oculto de la mochila, un extraño primate me sonreía: ¡era Chubaquita, el maestro! Se había metido entre las cosas y esa tarde lo llevamos a conocer Arica.

“Tú eres mi perrito”
Felices, y con las cosas en la casa de Alex, salimos rumbo a Arica. Marlon, Chubaquita y yo teníamos que llegar lo más temprano posible a Chile porque, como nos llevan de adelanto dos horas, los negocios empiezan a cerrar temprano.

Tomamos un colectivo y nos dirijimos rumbo al sur. Pude ver, luego de casi cinco años, el control fronterizo de Chacalluta, Muy bien, dijo el chofer del colectivo, yo voy a pasar el control y ustedes pasen para que les sellen el salvoconducto. El inspector de la frontera ni me miró y selló mi ingreso a Arica con un permiso de siete días.

–Marlon.
–¿Qué?
–Mira… ese chileno
–¿Cuál? Aquí hay muchos.
–Ése, mira...

Mientras esperábamos a nuestro chofer, sentados en el carro, vimos que a nuestro lado en otro colectivo, dos chilenos esperaban a su chofer, uno de ellos parecía Lorenzo Lamas chato, de melena gris y cara de perro de “Hush Puppies”. El otro era más alto, como de la misma edad, algo gordo, igual de canoso. Estaba borracho, hacía muecas muy graciosas, bailaba torpemente “Caballo de la sabana” que sonaba a todo volumen en su carro y molestaba a su compañero. Le agarraba su melena y le decía: “tú eres mi perrito”, haciéndole pucheritos.

–Christian.
–¿Qué?
–Cállalo, los chilenos se van a dar cuenta y nos van a hacer problemas.
–Está tomando.
–Carajo.
–Chubaquita, cállate, no te rías tan fuerte, te van a ver.

“Yo te garantizo…”
Arica es una ciudad muy ordenada, no exenta de pequeños montículos de basura, muy provinciana, cálida en esta época del año, uno no nota mucho la diferencia con Tacna. En el centro de la ciudad una plaza, un paseo adornado de chorros de agua, y, poderoso e imponente, el morro.

Pero no había tiempo para seguir conociendo: había que comprar los pasajes para Salta, luego podríamos conocer.

He aquí el primer obstáculo, el primer tropiezo: no había pasajes hasta el jueves 8. Sería imposible viajar a la Argentina antes de ese día. Era demasiado tiempo. Sobre todo porque éramos huéspedes de la familia de Alex, no podíamos abusar de su confianza.

Teníamos que tomar una decisión rápida: mientras pasaba el tiempo, menos posibilidades teníamos de salir de ahí. Empecé a desesperarme, trataba de conservar mi agitada calma. No pude. Marlon, tenemos que salir, sólo hay pasajes para Santiago, Chubaquita, deja de preguntar dónde venden yerba, bueno ¿qué hacemos?, nos vamos a la mierda, ¿o qué?, ¿qué dices tú?, si no queda otra, no Chubaquita, no podemos llevar putas chilenas a la casa de Alex.

–Ya pues, compremos los pasajes a Santiago –sentenció Chubaquita.
–Pero si él no paga pasaje.

Chubaquita tomó toda la noche, estaba muy ebrio. Al amanecer el día sábado tenía la cara verde y la banana podrida. Paseamos por Tacna, tomamos fotos, esperaríamos al domingo, día que saldría el bus Pullman desde Arica hacia Santiago de Chile, cruzaríamos el desierto de Atacama. En la capital, un amigo, Raúl Ochoa, nos esperaría, el hospedaje lo teníamos asegurado.

La incertidumbre era muy grande, también las ganas de zafarnos del problema de la frontera más problemática del Perú. Era el sábado tres, ese mismo día intentaríamos pasar.

El papá de Alex nos dio algunas recomendaciones para pasar: decir que vamos de tránsito, no ponerse nervioso, palabras puntuales, no divagar, no hablar sin que se nos pregunte.

Ya era de noche en Perú, en Chile era cerca de la medianoche. La cola para sellar el pasaporte en el control peruano era inmensa. Durante todo el camino evitaba pensar en un posible fracaso, en un humillante retorno. Alex (que nos acompañó) dormía, Marlon también, Chubaquita se rascaba los huérfanos.

Chacalluta: doce menos quince, esperábamos pasar la frontera. Chacalluta: doce y quince, esperábamos… pero el bus de regreso a Tacna.

La razón: Iván Zamorano, o mejor dicho, el inspector que se parecía al exjugador del Colo Colo. Parecía que tenía un orgasmo cada vez que le negaba la entrada a un peruano a su país. Por más que tratábamos de convencerlo de que estábamos de paso por Chile, él se negaba y nos decía que no se podía, que no era la forma, que habría que tomar un bus internacional, que así no se podía pasar, que el hecho de que alguien nos estuviera esperando en Santiago sólo nos perjudicaba más. Y aquí, la frase más recordada, esa media verdad, esa mentira soterrada, esa tentación a ocasionarle más orgasmos al puto ese de Iván: “Yo te garantizo, al cien poh ciento, que si tú cruzai la frontera en un bus internacional (que sólo se toma en Lima, dicho sea de paso –el paréntesis es mío–), tú pasai pa’ Chile”.

–Hijo de puta –dijo el maestro Chubaquita– No le hagan caso, causa, este huevón quiere plata –y sacó un fajo de billetes sólo válidos en Disneyworld. Eso nos terminó de botar de Chile.

De regreso, en un bus lleno de contrabandistas, parecía que toda esperanza de llegar a Argentina había desaparecido.

Alex: muchas gracias por tu hospitalidad, a ti y a toda tu familia, nuestra eterna gratitud.

reo-libre@hotmail.com

domingo, 28 de enero de 2007

Hasta pronto

Si alguien tiene las ganas de leer esto:

Faltan cuatro días para cambiar de ciudad y de país. Por fin voy a cortar el cordón umbilical. Una gran incertidumbre me invade pero es parte de la maduración. Supongo que es parte de las cosas que uno tiene qe aprender para crecer. No sé si la familia me apoye, no sé si tendrán fe. Por ahora, me basta saber que mamá parece tenerme algo de fe. Se suma a mi fe y ya tenemos dos.

Ya no pienso escribir en el blog hasta estar del otro lado de Los Andes.

Nos volveremos a ver desde Argentina.

El último que apague la luz.

reo-libre@hotmail.com

jueves, 25 de enero de 2007

La última semana

Muy bien, señores, esto es lo que se va hacer:
El plan de escapismo que hemos iniciado pasa necesariamente por una inasistencia al centro de labores, por lo menos por dos días. Durante esos días, Christian, el escapista, tendrá que preparar aquellos pequeños detalles que aún le faltan ajustar: la compra de su mochila, la maleta, los libros que va a llevar, el espacio para la máquina de escribir, los cuadernos y lapiceros, la libreta militar, la foto de Mariclaudia.

Todo está yendo de acuerdo al plan, sólo que hoy día ya es jueves y casi no se ha hecho nada. Me explico: El día miércoles, el escapista ha estado en tantas cosas que ahora aún no puede sentarse a seleccionar las cosas que irán en la maleta, las cosas que irán en la mochila.

Pues bien: se tienen que reorganizar las prioridades del escapista. Lo primero que se tiene que hacer es conseguir la libreta militar. Para eso, antes de que sean las 930 horas, el escapista tendrá que salir de su casa rumbo a ese dichoso cuartel de ejército que queda en Pueblo Libre. Este día jueves es el elegido para tal proeza.

Lo que más tiempo nos tomará es preparar las maletas. Mejor será que no se pierda tiempo. Este mensaje quedará grabado y se autodestruirá luego de cinco segundo de haber sido leído. Dios salve a la Reina.

reo-libre@hotmail.com

domingo, 21 de enero de 2007

La Luna Caliente sobre Lima

Pocas veces una persona como yo tiene la oportunidad de leer una novela que le impacte de tal modo que no pueda dejar de leerla hasta llegar a la última página de esta y sentirse en shock cuando mira el punto final.


Lima, 21 de enero de 2007



Tenía ganas de irme a sentir el frescor del amanecer en el rostro, así que cogí la carcacha del tata para irme por el camino hacia Fontana, a manejar un poco mientras me preparaba para volver a la universidad. Llevaba tres años estudiando una licenciatura en Letras Clásicas en la Universidad Nacional de Córdoba. La temporada de vacaciones estaba llegando a su fin y tenía que volver pronto a la ciudad para prepararme para las primeras materias que tenía que rendir y escribir mi columna literaria en LA VOZ, pues esperaba encontrar aún el diario abierto a mi regreso a Córdoba.

Además, todos en la casa del tata habían celebrado hasta tarde. En silencio claro, porque con el clima agitado en el que vivimos, no solamente el viento, el agua y la luna estaban calientes, sino también las armas, y los cadáveres, que nadie encuentra, que se pudren en parajes anónimos. Aproveché que mamá aún dormía para salir a manejar un poco.

Puse un poco de radio y en todas las radios estaban anunciando el cambio trascendental que en el país se produciría con este nuevo gobierno, los nuevos cambios que se avecinaban, la gran recuperación de nuestro país. Radio de mierda. Uno solamente quisiera en el frescor de las siete de la mañana escuchar algo de buena música y solamente se topa con proclamas del gobierno de facto. Sin más remedio que silbar alguna melodía chilena extraviada en mi cabeza ("Son tus perfúmenes, mujeres, los que me sulibellan"), seguí la ruta hacia el oeste, hacia Fontana.

No iba distraído, en lo absoluto, tan sólo disfrutando del fresco que me daba el viento que chocaba contra mi rostro. Pero por alguna razón no vi cuando la niña apareció de entre los árboles , hacia un lado de la pista. Parecía que hacía auto-stop. ¡Carajo! -dije del susto, pues creía que iba a cruzar la pista y frené un poco asustado por no haber advertido antes la presencia de esta niña. Cuando ya me había hecho hacia la banquilla, ella corrió hacia el auto.

-Buen día, ¿me puede llevar hacia Fontana?

Me pareció muy extraño que tuviera tanta confianza de pedirle algo así a un completo extraño. Yo no sabía qué hacer. No sabía ni siquiera por qué había frenado, por qué me había llamado tanto la atención una casi niña, que no pasaría de los trece años, pero que su cuerpo tenía una sensualidad inusitada para esa edad. Y ella parecía saber su potencial, al menos, cuando me preguntó por si podía llevarla hasta Fontana, lo hizo con una sensualidad oculta, soterrada, como si sus palabras hubieran sido un río de aguas profundas, muy quietas en la superficie, torrencialmente revueltas debajo.

Le pregunté qué hacía ahí. Dijo que se había escapado de su casa, porque estaba muy triste por la muerte de su padre, un médico, que fue encontrado muerte de un viejo Ford. No lo podía creer: había leído sobre aquella noticia unos días antes. en mi carro estaba la mismísima Araceli Tennembaum.

-Bueno, habrá que llevarte a la Gendarmería, para que ellos te lleven a casa.

Me rogó que no llamara a nadie más. Que yo mismo la llevara hacia Fontana. Que estaba harta de policía e investgaciones, cuarteles y esas cosas. Debe ser cierto, me dije, pero aquí debe haber algo más. No recordaba exactamente qué más había. Empezó a hablarme de algunas cosas que no ignoraba yo. En casa, papá y el tata estaban bien enterados del caso. Habían estado conversando de eso en aquellos intervalos que no dedicabana putear a los militares. Sobre cómo fue encontrado el doctor, sobre las pistas que llevaban al principal sospechoso, un tal Ramiro Bernárdez, abogado (tenía que ser), que había incluso enredádose con la mocosa y que... tenía... aproximadamente... ¿mi edad?

"Puta madre. Aquí me ve algún patrullero y va a pensar que soy el tal Ramiro. Me tengo que deshacer de la mocosa cuanto antes", pensé ya un poco más preocupado que antes. Si a los patrulleros se les daba por joder, pensarán que yo estoy enredándome con esta niña (que en verdad, es un bombón, válgame Dios). No. Llego a Fontana y la dejo ahí lo más rápido posible, no me queda otra opción.

-¿Podés llevarme hacia el Paraguay?
-¿Qué? ¿Vos estás loca, pendeja? ¿Qué tenés en el bocho?
-Por favor, hacelo por mi papi, ¿sí?
-Ni en pedo, mocosa. Yo a tu viejo ni lo conocí. Te dije que había escuchado algo en mi casa sobre su muerte, pero más nada.
-Dale...
-No, te dejo en tu casa, y ahí queda todo.

De pronto, mientras yo pronunciaba esas últimas palabras, su mano se fue deslizándo lentamente por mi mano, apoyada en la palanca de cambios. Faltaba poco para llegar a Fontana, ya se podían ver las primeras casas a lo lejos. "La puta madre. Esta pendeja me quiere involucrar a mí también. Que se vaya a la mierda. Yo me rajo de acá".

-Bajate.
-¿Qué?
-Lo que oís. Bajate de una buena vez.
-Qué malo que sos, nene.
-Tomátela. Vos a mí no me metés en este quilombo.

Sentí algo de pena por haberle hecho a la pobre niña. En verdad era linda, pero realmente una lanza, como si fuera una pequeña veterana. Di media vuelta a la máquina y regresé para Resistencia. El calor del mediodía me hizo ir directamente hacia la ducha, para bajarme un poco la calentura que me había metido al cuerpo esa mina.

No sé qué habrá sido de ella. Ahora, he vuelto a Córdoba. La situación aquí está realmente jodida. Las cosas, desde que entraron los militares, se han vuelto muy rojas. Muchos de los compañeros ya no están y se está temiendo lo peor. Yo no sé qué pensar. Sigo en el diario, pero cada vez es más difícil publicar alguna nota, pues cada vez menos escritores se quedan en el país. Ayer, por ejemplo, un amigo mío, Mempo Giardinelli, me llamó para avisarme que se iba. Con gran pena le deseé la mejor de las suertes. Es un buen tipo, un gran escritor que seguro llegará lejos. Nuestros padres fueron juntos a la Normal, se hicieron grandes amigos ahí.

-A propósito, Mempo, algo curioso me pasó en mi último día en Resistencia...



reo-libre@hotmail.com



domingo, 7 de enero de 2007

El Año que empieza

En los últimos días del año pasado me la pasé holgazaneando de lo más lindo y, por contradictorio que suene, sólo me dediqué a mi trabajo en la SUNARP sin atender en lo más mínimo mis deberes literarios. Me di al abandono.
Sin embargo, ahora empieza un nuevo año, y de la forma más auspiciosa, ambiciosa e inquietante: Estoy a menos de veinticinco días de iniciar una nueva etapa llena de sorpresas que he venido esperando por más de un año. Esta vida nueva, que yo espero definirá mi más preciado capital: mi vocación y mi talento.
Pasando a otros temas, mi alejamiento del blog y de otras formas de escritura (salvo una que no descuidé: las cartas a Mariclaudia), obedecieron sobre todo a mi maratónico esfuerzo por quemar toda la música de mi PC en discos para poder llevar en el viaje. Y no he acabado aún. Sobre todo, porque ya estaba aburrido de llegar del trabajo y estar sentado quemando discos, repartiendo mi tiempo libre entre la lectura y la quemada de discos.
En materia de cine, no me ha ido mal: las película que he visto en el cine han sido realmente muy buenas, pero entre las mejores que este año he visto están (más o menos en ese orden): 1) “OLDBOY”, muy buena película coreana de Park Chan-wook; 2) “Los Infiltrados”, interesante “plagio” de Martin Scorsese; 3) “Volver”; 4) Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Primavera, otra vez; 5) Capote.
Mención aparte, aunque la he visto este año, o sea, con tres años de retraso, merece la película del genial Tim Burton “The Big Fish”, película conmovedora y de un argumento sólido, con una historia que teje muy bien una manta entre ficción y realidad que te cobija hasta emocionar tus sentidos. Muy buena, en verdad. Además, claro está, de otras muy buenas películas como: Broken Flowers, Match Point, Scoop (estas dos de Woody Allen) y El Niño. Algunas de estas películas con muy buenas bandas sonoras que vale la pena conseguirse.
Como sea, este año, Dios mediante, será muy auspicioso y estoy con muy buen ánimo para recorrer cada uno de sus misteriosos meses.
¡Salud!
reo-libre@hotmail.com

domingo, 10 de diciembre de 2006

Un fin de semana cualquiera

Yo despierto. El contacto con ese pequeño cuerpo rebotando sobre mi cama como si fuera una cama elástica me dice que la mañana ya está bastante avanzada. Sus zapatos golpean mis costillas como si un pequeño canguro saltara sobre una marimba: es mi sobrino, al que alguien ha dejado entrar impunemente a mi cuarto, me despierta con golpes powerrangerescos. Salgo de la cama y me doy cuenta de que la computadora se ha quedado prendida y aún está sonando la canción “Nos siguen pegando abajo”. –“Qué ironía”, pienso. Abro la puerta de la casa. Las mismas imágenes de todas las mañanas. No hay nada fuera de lo común para ser las nueve y media de la mañana. ¡Las nueve y media! Bastante temprano para haber llegado a las tres de la mañana de ese mismo día, luego de haber estado con Mariclaudia en San Miguel.

Siento que una fuerza que no puedo ubicar me jala, me lleva hacia una tromba incontrolable; necesito ir para allá. Llevo la revista SOMOS para ver si valió la pena haber comprado una vez más El Comercio. Menos mal que llevé también la sección A del día domingo: Carlos Fuentes, mi madrina Rosa Montero y el osito de felpa de la literatura peruana, quizá sobrio esta vez: Ha muerto William Styron, se redescubre a Irmgard Keun y Lennon es elegido en una encuesta de la revista británica “Q” como el mayor ícono de la música rock. Y padezco de ese biológico placer de una forma casi inhumana. Me lavo las manos y luego la cara para cosechar las legañas de mis ojos. Estoy de nuevo fuera del baño inclusive con los dientes cepillados. Y llega la hora de desayunar y me tengo que ir para la mesa de la cocina. No puedo entrar aún porque la puerta del refrigerador está abierta, y mientras esté abierta no se puede abrir la puerta de la cocina para poder entrar a sentarme a comer.

Me ven en mi casa con cara de espanto. Ellos ya no saben quién soy yo. Yo tampoco trato de darles explicaciones sobre el extraño que les está acompañando a desayunar esa mañana. Samsa, Samsa, Samsa. Si mi hermana hubiese tenido una manzana en las manos me la hubiese incrustado en el costado, como a un cristo terrenal y mediocre, pero, si mi madre leyera justo estas líneas, sabría que voy directamente al infierno por blasfemo. En eso siempre ha sido innegociable. Sn embargo, sólo hay mangos en el refrigerador y yo, por suerte, no tengo tráqueas a los costados. Una vez más, se trata de conversar de algo en la mesa, que es el continente del sufriente corazón de mi madre, que siempre sufre, que fue educada para sufrir, para padecer todos los males del mundo en su frágil cuerpo de una mujer de sesenta y seis años. Aquí está el demonio de tu hijo, madre. ¿Acaso no me reconoces?

Por alguna extraña razón, queridos, sale el tema de la delincuencia juvenil. Yo también soy intransigente, y se los voy a demostrar. Yo tenía la razón en esa mesa. En esa mesa donde yo siempre he sido un extraño desde que empecé a pensar. Claro que todo eso es una enorme falacia. Tremenda estupidez mía que lidia dentro de mí desde que tengo dieciocho años. Los jóvenes de las pandillas tienen una esperanza. Hay que tener fe, se concluye en la mesa. ¿Fe en quién? En Dios, hijo. Dios puede transformar esas vidas que están yéndose por el drenaje. ¿Acaso has perdido la fe? En mí no; pero en ellos, sí: a ese grupo de gente, en medio de una sociedad embrutecida, solo les espera la muerte. Sí, madre, soy el demonio que tuviste más de nueve meses en tu vientre y que salió por cesárea porque no estaba en posición cuando tenía que nacer, y que nació con el cráneo inmaculado porque ningún médico lo tuvo que jalar de la cabeza para que nazca. Hoy es el segundo domingo de adviento.

Papá quiere hablar, no puede dejar de hacerlo. Pero, ¿a quién le importa? Paso en limpio: a mí no me importa. Para él sólo soy un maricón. Un maricón: o sea un homosexual. No sé si también seré un cobarde para él, pero sí que soy un gay. Que se joda. No lo pienso escuchar, por más que tenga algo interesante que decir. Siempre lo he escuchado. ¿Cuándo se detuvo él a escucharme cuando una lágrima o una felicidad me invadían? Lavo mi taza y el plato donde estaba mi presa de pollo sancochado al ajo y el huevo frito que comí en el desayuno. Una vez más pienso en lo mucho que detesto el ajo. Me siento en la máquina. Quiero retomar la escritura de tantas cosas que tengo pendientes desde hace mucho tiempo. Y que, Dios mediante (hasta el demonio tiene derecho a creer en Dios), tendré que terminar, pues aún me tengo fe. FE.

* * *

Tú te sientas frente a la computadora y crees que hoy es un día distinto para escribir. Crees que porque has terminado leer un libro más, ya has podido rescatar de ahí algunas enseñanzas que te harán mejor escritor. ¿Y qué tal si el libro que leíste es prescindible? Sin embargo, estás aquí sentado, tratando de recordar lo que hiciste el fin de semana. Y recuerdas que el viernes en la noche fuiste al cine con Mariclaudia. Que vieron The Departed y que fue una película que te rayó la cabeza y que a ella le gustó. Recordarás también que fueron a Plaza San Miguel y que ahí les dieron las tres de la mañana y la tuviste que dejar en casa, y que luego te fuiste en un taxi a la tuya. Que llegaste, que tu sobrino estaba llorando por el dolor de oído a causa de la gripe y la fiebre. Que te levantaste a la media mañana del sábado. Que seguiste leyendo La Muerte de Artemio Cruz y tenía la música de la PC a todo volumen. Por lo que entró tu papá a apagar los parlantes y tú renegaste y farfullaste un carajo cuando él, luego de entrar sin tocar la puerta, se iba de la misma forma en la que entró: si decir una puta palabra.

Encendiste de nuevo los parlantes. Afuera tenían visita, pero tú no saliste a saludar. Te quedaste leyendo y luego, cuando te dieron ganas de bañarte, ya no estaba la visita y el baño estaba ocupado por tu hermana y quisiste esperarla viendo un poco de televisión. Ahí entró tu padre, a carajearte, por ser tan malcriado, por tener el volumen a todo volumen, y tú, demonio otra vez, con Satanás dictando las palabras que de tu boca salieron, le dijiste que ya te ibas a la Argentina, que no lo volverías a ver, y que eso era lo que querías: no volverlo a ver en tu puta vida. Recordaste cuando, de niño, en Paramonga, no podías dormir por la emoción de volver a tus hermanos que llegaban de Lima, le quisiste trasmitir esa alegría, eso que desbordaba tu pequeño corazón, y sólo recibiste un carajo, un mierda, y una orden dictatorial de largarte a dormir a la cama. O cuando te golpeó una vez, y cuando ya habías caído al piso te dijo que desde ahora en adelante TÚ serías su perro. UN PERRO. Un perro que se negó a ladrar y que ahora cómo quisiera tener rabia para de una mordida mandarlo a un mejor lugar a dormir su gordura sempiterna y antideportiva que siempre lo caracterizó y que por eso ahora en casa se preguntan cómo rayos harán si a él, en ese segundo piso precario, le pasa algo para sacarlo a la ambulancia. Haría falta una grúa para sacarlo. O su última perla cuando llevaste a un amigo que vivía muy lejos a dormir a casa porque era tarde y volvían de una discoteca dark, cuando te creyó homosexual y a tu amigo, que aún no terminaba de despertarse lo botó, “muy amablemente”, de la casa porque “tu mamá iba a estar muy ocupada”. Recordaste todo eso cuando le gritaste, como queriendo desaparecer del planeta, y le dijiste que sólo estabas en su cama viendo tele para esperar que su hija saliera del baño para poder bañarte.

Que ya está anciano te dicen (en tres años cumplirá setenta años). “¿Y eso qué mierda tiene que ver?”, preguntas mentalmente siempre. Y aún no sabes de qué son esas lágrimas que te nublan la visión, esas lágrimas son de odio, de impotencia, o de amor, no lo sabes y no lo sabrás hasta que él esté muerto, hasta que tengas un hijo que haga las mismas cosas que tú le hiciste a tu padre.

Recordarás todas esas cosas sentado delante de la computadora. Y que ayer, luego de mucho tiempo, volviste a ver a todos esos amigos literarios (a un buen grupo de ellos), que encendían tus ganas de escribir y te oxigenaban cada vez que la SUNARP te hacía mierda el espíritu. Porque luego de putearte con tu padre, saliste de su habitación (donde está la única tele de tu casa) y fuiste al baño a bañarte, y tu madre te advirtió que no había cortina en la ducha, por lo que tuviste que secar luego el suelo del baño que se había salpicado de toda el agua que rebotaba de tu amorfo cuerpo. Y Esperaste escribir algo y no se te ocurrió gran cosa para escribir. Esperaste a que sea la hora de salir para la casa de Camasca con el libro que hacía ya tiempo él te había prestado. Saliste pues de casa, con las lágrimas ya secas y el corazón un poco más marchito.

* * *

Él tuvo que cambiar de San Sebastián en la avenida Abancay porque en la que iba se malogró. Hizo el trasbordo y ya no fue cómodamente sentado para seguir leyendo La Muerte de Artemio Cruz. Pasó por las calles que tantas veces vio pasar en esa misma línea, cuando aún quería ser un abogado para mayor gloria del Señor y probar que no todos los abogados se iban al infierno (claro, esos abogados que se jactan de que nacieron sola y exclusivamente para ser eso).
-¿Tienes que hacer algo hoy a las cuatro?
-Sí, tengo reunión con unos amigos cerca de San Marcos.
-Ah.
-¿Por qué?
-Hoy es la ceremonia de tu hermana… del curso de Reflexoterapia que llevó.
-Es que ya me comprometí, mamá.
-No importa, ya no te preocupes.

El calor era insoportable. Por eso no llevó casaca ni chompa. Sólo iba vestido con una camisa y un pantalón que ya evidenciaba suciedad. Cruzó el centro en poco tiempo y llegó relativamente temprano a la cita. Ahí ya estaba un amigo periodista y profesor. El dueño de la casa estaba en la puerta, esperándonos. La reunión fue muy amena. Desde que se inició, con la caminata hacia la nueva Librería Crisol de la Plaza San Miguel y la compra de gaseosa, jugo y panetón en el Wong. Camino de regreso, con un cigarrillo para aminorar el sinsabor de su vida, escuchaba a sus amigos hablar sobre tantas cosas: Vargas Llosa, Sabina, las alumnas, los chismes dentro del grupo de amigos. Todas esas cosas que hace tiempo no tenía y no se había dado cuenta de lo mucho que le hacían falta. Caminó en silencio sumido en sus propios y desordenados pensamientos.

Dieron las diez y aún estaban todos ahí reunidos, hablando de cine y de libros, inspirados por D. Rodas, que llegó con el enorme entusiasmo de terminar una novela que ya había empezado a escribir. Sepultaron una vez más el horroroso cadáver de Alonso Cueto, gamonal de las mediocres tierras de la literatura que él comanda, bufón oportunista de MVLL, que ya llegaría a pasar las fiestas en Perú, como lo hace siempre: buen motivo para ir al Malecón Mario Vargas Llosa (antes Paul Harris) a ver al maestro comer su panetón. Prometió no llamarla, para no asfixiarla, pero no pudo soportar la tentación de escuchar su voz. Así se había ido el sábado, así se iría el domingo: recordando cosas, inspirándose a escribirlas en la máquina, por más que, ya cerca de las tres de la tarde, aún tenga puesto el pijama y espere (aún con el desayuno en las tripas) a que esté listo el almuerzo.

domingo, 3 de diciembre de 2006

Mi insoportable levedad muscular

En estos últimos dos meses he estado saliendo a correr casi a diario. Por eso, he estado levantándome de la cama a las cinco y media de la mañana. La ruta que seguía era desde la puerta de mi casa, cruzaba la pista de Próceres de la Independencia, subía por la avenida Gran Chimú hasta la altura del Banco Continental y doblaba luego hacia la derecha con dirección al Malecón Checa. Corría a lo largo de esta calle, paralela al río, respirando sus pestilencias, esperando el cambio de luz en el puente que va a Puente Nuevo, y llegaba hasta la entrada de Campoy, siempre adornada por cadáveres de perros que gente inescrupulosa dejaba expuestos al sol.

Esa ha sido mi rutina de los últimos dos meses. Algunas de esas veces, cuando ya estaba con algunos cientos de metros ya avanzados, sentía una especie de adormecimiento de la pierna derecha que al principio no le di importancia, luego desapareció, pero para transformarse en un dolor aparentemente muscular en la misma pierna que no me dejaba correr tranquilo en los primeros tramos. Ahora, ese dolor, este viernes, me ha hecho pedir descanso médico en el trabajo y la médico de la SUNARP me ha pedido que me haga una ecografía de partes blandas en la pierna derecha para descartar una trombosis. ¿A mi edad?

Bueno, el asunto es que gracias a la naturaleza de la lesión, se me recomendó reposo absoluto, además de CINCO AMPOLLAS DE DICLOFENACO SÓDICO y una crema para la relajación del músculo (que pude reemplazar por pastillas de Nórflex, cosa que efectivamente hice porque la crema estaba muy cara). Desde pequeño he tenido un pavor muy grande a las agujas, y cuando hubo campaña de vacunación en el trabajo (por la rubéola) me vi con los Walt Disney (o sea, con los muñecos) e hice un papelón en la cola de espera porque en verdad esas agujitas… me dan cosa. Sí, le tengo miedo a las agujas, y nunca antes en mi vida, me las habían tenido que poner tantas veces seguidas. Cinco en total durante este fin de semana. Esta medicación, y la recomendación de no pasar mala noche ha hecho que le falle a mi querida amiga Catalina, y a mis demás amigos, en la celebración del cumpleaños de esta, porque justamente me tenían que inyecyar con la tercera jeringa de diclofenaco. He quedado mal con ellos. Me llamaron ya bastante ebrios en la mañana de hoy. Como estaba aún con los efectos de la pastilla de Nórflex (que es anti-Walt Disney) los mandé a rodar porque tenía mucho sueño. Me siento mal por no haber ido, pero creo que ha sido lo mejor. Qué tal si en verdad es algo serio lo que en la pierna me pasa. ¿Podré caminar bien en las calles de Argentina si sigo sintiendo ese malestar en la pierna? Yo no lo creo, y la verdad no sé si ellos cuando ya estén sobrios lo entiendan.

Por otro lado, este ya es el último mes del año. El ambiente en la chamba está bastante tenso porque nadie sabe si va a continuar o si nos irán a botar a todos. Hablo, claro está, de los practicantes. Que me renueven o no, me tiene sin cuidado, porque yo ‘estoy hecho para grandes cosas’ como dijo mi británico amigo Richard Bringas. Qué significa eso realmente, no lo sé. Lo que sí sé es que las fiestas de fin de año están a la vuelta de la esquina. Y necesito una oportunidad más para reivindicarme con los muchachos, los cuales piensas ahora lo peor de mí porque no estuve con ellos en la celebración del cumpleaños número 21 de Catalina Cabrera Junco. Tanto peor aún es el hecho que tampoco haya estado para celebrar ese mismo día el cumpleaños de Guilliana Angola Robles, quien también cumplía años ese día. Claro que no veintiuno, por supuesto. Yo creo que cumplió cuatro años más.

Aprovechando mi convalecencia, cambiando una vez más de tema, Adriana me hizo una reflexoterapia. ME hizo saltar lágrimas de dolor porque en verdad esa cosa es muy dolorosa. Sólo la primera vez, dice. Pero no quiero intentarlo ahora por segunda vez. Ella ha descubierto algo que me hizo sentir como un fenómeno: tengo más de dos riñones y más de una vesícula, estoy mal de la columna (algunos discos fuera de lugar), tengo mal el cuello, los nervios, el duodeno y la circulación sanguínea. En resumen: ¿qué carajo hago vivo? La cosa es que sigo vivo y para adelante. Con la pierna aún con un tímido dolor en la parte de la pantorrilla, claro.

Además, los amigos me han hecho sentir terriblemente mal por haber faltado a la reunión. Algunos me dicen falla, como si yo hubiese querido faltar, otros me dicen tacaño, porque creen que no fui por no gastar dinero. Maldición, borrachos, espero que todo eso sea solamente producto del alcohol. El asunto –y aquí concluyo- es que no quiero jugar con mi salud, y el tema de mi pierna realmente me preocupa. Más que otras cosas, porque si no, ya hubiese dejado de fumar hace tiempo. Pero no puedo. Una contradicción más en mi vida. Algún día lo lograré.

Descansen, muchachos, deben estar con la resaca. Cata, querida, en tu correo hay un mensaje de voz de Bringas para ti.

Los quiero mucho a todos.

reo-libre@hotmail.com

martes, 28 de noviembre de 2006

Dos caras de la misma moneda

Muy pocas veces he tenido la oportunidad de ver dos películas seguidas en un mismo día. No es que no me gusten las jornadas cinematográficas largas, sino que, debido a mi poca organización, no las puedo programar. Pero para mi buena suerte, que la tengo, cómo no, la última sesión doble de cine que tuve fue producto del azar y de la oportuna compra de películas en formatos de DVD de mi hermana.

Así, luego de una aburridísima jornada laboral, llegué a mi casa a derrumbarme sobre la cama, me percaté de la esbelta caja de DVD que decía “Kinsey”. Sobre el tema de Alfred Kinsey no he investigado en lo absoluto, confieso; ignoro supinamente si las ideas que expuso con su obra aún permanecen vigentes y si alguien en el campo de la psicología o la psiquiatría haya superado ya sus aportes; pero lo que sé es que esa película me mantuvo muy pegado al argumento desde el principio hasta el fin. Y como no estarlo con unas actuaciones bien logradas, un buen guión, y el siempre polémico tema del sexo en nuestra vida diaria, tratado sin ningún tipo de tapujos. No pude evitar reflexionar sobre el tema, tratado directamente, de la hipocresía de la sociedad occidental que trata de reprimir el impulso sexual en los jóvenes y crear así la terrible desinformación, que, a pesar de la época en que vivimos, aún cunda por ahí creando madres adolescentes, plagas de enfermedades venéreas y tanto conflicto de culpabilidades y valores morales muy cuestionables ahora. Un ensalzamiento del sexo como necesidad biológica del ser humano.

Claro, que por otro lado, al terminar la película con el señor y la señora Kinsey paseando entre secoyas milenarios, cogiendo el control remoto del televisor paseé por los últimos canales del cable (que aquí en mi casa si no fuera por mí, casi nadie vería) y me di con la grata sorpresa de que estaba a punto de empezar una película que, si no la hubiese visto en esa oportunidad, no sé cuándo la hubiese podido ver: “Before sunset”. Prometí, hace tiempo, que no vería esta película hasta no ver la primera parte (“Before sunrise”). Sin embargo, y luego de haber buscado insistentemente esa película y no encontrarla, desistí a la idea, dejando esto como una cuenta pendiente. Así que al fin, vi esta película de una solo acto, un solo diálogo sin interrupciones que se desarrolla por las callecitas soleadas de una veraniega París de dos viejos amigos que se encuentras luego de nueve años pensado en todo el amor que han dejado atrás y todo de lo que el amor ya no tienen o no quieren. Caminando juntos, se dan cuenta de cómo han cambiado en nueve años de no verse ni haberse comunicado y como, pese a todo, un amor aún los une, un romántico aún hay en él, una romántica aún no ha muerto en ella.

Y bueno, luego de mucho tiempo de no tener una partida doble de buenas películas, por el día de hoy me puedo ir muy satisfecho a dormir con estas dos películas que sin ser dos monumentos del sétimo arte, se dejan ver y entretienen cada una a su estilo. Y en ellas dos veo, las dos caras del mismo engorroso tema de parejas: el sexo y el amor. Dos planos distintos de la vida, dos cosas opuestas que añoramos. ¿Opuestas? Claro, ¿alguien cree que el sexo está ligado al amor? Si lo acompaña bien, es muy placentero de esa forma (doy fe). Sin embargo, y es lamentable, ¿se han puesto a pensar cuántas veces alguien ha podido tener sexo por simple crueldad u odio, sin el más remoto rastro de amor?

Hasta mañana.

reo-libre@hotmail.com

domingo, 19 de noviembre de 2006

Jolgorio Erecto-Oral, otra vez

Una vez más, tuve que salir un domingo a votar, y como sucedió en la segunda vuelta, otra persona querida por mí cumplía años en esa dichosa jornada. Martín Herrera (Martincho) sopla velas hoy. Aún no hablo con él, pero de seguro más tarde estaré llamándolo para darle mis saludos, y saber cómo está.

La noche anterior, estuve en una obra de teatro donde actuaban amigos de Edgar y de Alipio, una pareja de colombianos que hicieron una performance de clowns muy interesante y divertida. Fui con Mariclaudia que, a excepción de Maharajá, terminó por conocer a todos los muchachos de la patota. Claro que sin contar a Bringas que está en Londres y Kilian que está en Freiburg im Breisgau. Luego de una larga dubitación (y de la frustrada conversación con los colombianos), terminamos en un hueco de la avenida Arequipa comiendo: la ley seca nos había matado cualquier intención alcohólica que albergáramos. Yo, siempre al margen de la ley, comí un Banana Split.

Llegué a casa y dormí como un lirón. Me desperté cerca de las nueve de la mañana y mientras me despegaba las últimas legañas de los ojos, me di cuenta de que no tenía salvación, tenía que ir a votar, o botar, daba igual. Salí rumbo a la Abancay y me bajé en Cusco (no me quisieron cobrar “china” hasta ahí). La cola era minúscula. Entré sin mayores complicaciones pero mi mesa aún no estaba instalada; demoró unos diez minutos que la instalaran y pasé a botar (sí, está bien escrito). Marqué el mapa de unidad nacional (déjenlo en minúscula, no merece las altas) y me fui con mi conciencia un poco más embarrada a caminar por la avenida Abancay, pensando en Mariclaudia, en lo que estaba haciendo, tomé el carro de regreso a casa, me bajé en el paradero y me fui a comprar una prestobarba y una tarjeta de cinco soles La Peruanita para hablar con Martín. O sea, nada fuera de lo común.

Así como las elecciones. Luis Castañeda Lossio está solamente cumpliendo con el trámite necesario de las elecciones para llegar a tener un periodo más. Este triunfo en las elecciones que va a tener va a ser rutinario. Y es una pena que así sea. El resto de postulantes al sillón edil son una tira de payasos que no tienen nada que ofrecer a esta comuna decrépita como es Lima. Bastaba ver los debates y el nivel retóricos de aquellos que pretenden el municipio más importante del Perú. Al menos en la segunda vuelta tuve el incentivo de no saber con qué matarme: si con una pistola o con racumín. Ahora, qué pena, no me quedó votar si no por Castañeda, que es mucho más aburrido que votar viciado, como lo hice la última vez.

Para colmo de males, tenía la restricción de la ley seca. El sábado tenía que ir a trabajar y no pude pegármela, choteando así a unos amigos que querían celebrar la ley seca embriagándose hasta morir. Una lástima en verdad. Lo único bueno fue que tuve mucho tiempo para hacer muchas cosas que había pospuesto. El sábado fue un día productivo. Sin embargo, la jornada electoral de ahora (así como la campaña previa) simplemente un fiasco. Ya a estas alturas, Castañeda ya debe ser proclamado alcalde reelecto de Lima. Y eso no es una cosa que me entusiasme mucho. Sobre todo porque las reelecciones no siempre son reflejo de una buena administración.

En fin, el día está aburrido y algo me dice que esta nota también será un poco tediosa de leer. Sin embargo, así está el día abrigado por un sol inclemente que nos mira con desdén desde su refugio celestial. Más tarde tengo que ir a ver a Alipio porque me olvidé mi mochila en el teatro en donde se presentaron sus amigos los colombianos.

Y en Paramonga, no sé cómo estarán las cosas, peor que en Lima, es de suponerse, pero prefiero no enterarme para no sentirme peor de lo que me siento. Me voy a verlo a Alipio. Necesito respirar.

reo-libre@hotmail.com

domingo, 12 de noviembre de 2006

Segunda nostalgia: la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (parte I)

Episodio I: Nace una esperanza

Cuando en mi ceremonia de graduación del colegio, la persona que anunciaba que iba a recibir mi diploma de graduado dijo que mi vocación era ser abogado, me tuve que contener para no romperle la cara. Lo repetí unas mil veces: Yo jamás voy a ser un abogadillo de mierda. ¡Nunca!

La vida, parcialmente, se encargó de hacerme tragar esas palabras cuando en la fila de inscripción extemporánea para el examen de admisión 2000 a la universidad San Marcos, marqué, aún muy confundido “Derecho y Ciencia Política”. Intento recordar todas las circunstancias que me llevaron a cometer ese trascendental error en mi vida y vuelvo a aquellos tiempos en los que las ingenierías aún daban vueltas por mi cabeza, aquellos tiempos cuando era un chico “vallejiano” (o sea de la Academia César Vallejo) obsesionado con cuanto problema de geometría, trigonometría o física le ponían delante. Justo en esa efervescencia científica, la “psicóloga” del colegio de monjas de por ahí en donde estudié me hizo un examen vocacional, el que arrojó el siguiente resultado: 1. Abogado, 2. Diseñador Gráfico. Estallé en ira santa, indignadísimo con el nefasto resultado de aquella encuesta. Cuando se lo comenté a mi profesor de Teatro, me preguntó qué es lo que quería que saliera en aquella encuesta. Casi sin dudar dije ingeniero. «Pero, en estos momentos, qué tienes en la mano?», me preguntó. “El amor en los tiempos del cólera” de GGM.

Así ingresé el año dos mil a la Facultad de Derecho y Ciencia Política de la UNMSM, con 148.062 puntos, en el décimo cuarto puesto de mérito dentro de la facu. Puntaje que habría sido suficiente y más para poder ingresar en primer puesto a muchas otras facultades (entre ellas, la facultad de Letras) ese año.

Y como todo cachimbo afanoso, hasta fui a la inauguración del año académico presidida por el Presidente de la Comisión Reorganizadora, Manuel Paredes Manrique. En esa ceremonia, conocí a otro cachimbo afanoso: Alex, amigo en las buenas, no tan buenas y ángel salvador en las realmente malas. Fue en algún día de abril cuando lo conocí. Con sus inmensos lentes de fondo de botella, que no volví a ver sino hasta el primer día de clases en la Facultad de Derecho, el día 17 de abril de 2000. Claro que antes, ya había ido unas veces a la selección de los cursos, la matrícula y toda esa parafernalia nefasta. En la cola de la matrícula conocía Angie Chumbes, a quien hace poco encontré en Plaza San Miguel y, me pareció, sigue siendo la misma chica desenfadada y alegre que conocí hace más de seis años.

Y bien: el primer día de clases. El aula 009 en el sótano de la facultad. Un hueco calamitoso, lleno de telarañas y bancas viejas arrimadas en todas las paredes, y por donde se veía que la mano diligente de la gente de limpieza no había pasado en mucho tiempo. Introducción al Derecho era el curso, lo dictaba Aníbal Torres Vásquez. La “chata caderona”, o sea, el profesor, se dirigió a nosotros y nos dijo: “¿Éste es el salón?”. Sí, pero no lo fue por muchos minutos porque casi quince minutos después nos enviaron al aula 329, en el tercer piso de la facultad. Ahí, en el momento de elegir al delegado del curso de Introducción al Derecho, conocí a la persona que marcó mi paso por el resto de los años en esa facultad. A aquella persona se le eligió como delegada y a esa persona me dirigí preguntándole cualquier banalidad que ya sabía y me respondió “Sí, bebé”. Desde aquella respuesta, mi vida estuvo marcada por el influjo de esa mujer, que ni bella, ni inteligente, pero algo, algo de ella, me hizo fijarme en ella y en querer enredarme en su vida, en su destino.

Y los días empezaron a acumularse, también los meses, las actividades, las marchas, todo o casi todo, de la mano de ella. Como aquella marcha hacia el centro de Lima, en donde los compañeros, piedra en mano, combatieron a la policía y a bombas lacrimógenas y a sus vomitivas. Yo me quedé en la D’Onofrio, so pretexto de estudiar volví con ella a la Universidad. En donde, comprobamos algo muy lamentable: las clases seguían, más del 80 % de la población sanmarquina ni siquiera se había movido de sus aulas: la plaga de la indiferencia, hija legítima del régimen de Fujimori, había envenenado a San Marcos a tal punto que solamente los revoltosos, a mi entender, los absurdamente revoltosos eran los más conscientes, o al menos los más incendiarios en temas de marchas. Ellos se decían y se dicen “la izquierda” mariateguista, marxista.

Cayó Fujimori y a mí se me prohibió terminantemente en mi casa asomarme por el Centro aquellos días de Fiestas Patrias. Los cursos durante ese año universitario fueron generales, de títulos como: Introducción al Derecho, Biología General (con el Loco Huicho), Sociología Jurídica (con el maestro Aníbal Ísmodes Cairo, QEPD), Historia General del Derecho (con el “áureo” Silva Vallejo), Historia de la Literatura (curso que jalé tres veces), Lingüística y Redacción, Idioma I (que podía ser elegido entre latín, inglés, alemán, francés o italiano), Psicología y Psicopatología, Historia de las Doctrinas Económicas, Historia de la Filosofía, Informática Jurídica, Metodología de la Investigación (un cague de risa, si lo quieren saber) y Matemática y Estadística. Sí buen salí con mis buenos jalados, el año la pasé relativamente bien. De no ser porque dentro de mí se cocinaba el germen de la desazón, aquella semilla del no saber qué se estaba haciendo en una facultad que a ratos era tan absurda como irrespirable, hubiese pensado que yo tenía la aptitud para ser un abogado de éxito. Eso que ella quería de mí, que siempre quiso, y se esforzó por tener, al punto que empezamos a matarnos.

reo-libre@hotmail.com

domingo, 5 de noviembre de 2006

Rock dominical

    Una de las mayores satisfacciones que yo pueda tener es la de ver un cuento o un escrito ya finalizado y corregido. La alegría que me invade cuando ya veo sobre la pantalla o sobre el papel la culminación de un trabajo creo que se puede comparar a la alegría que experimenta un padre al que le acaba de nacer un hijo. Y dentro de esas satisfacciones creadoras que tengo, la satisfacción de haber compuesto una canción es una de las sensaciones más extrañas. Extraña por lo rara, por lo poco frecuente.

Claro que un tiempo no era una sensación extraña. Y estoy hablando de hace años, cuando Álex, Cito, Alexcito, Freddy y yo teníamos nuestro grupo Ciénaga. Las sesiones de ensayo empezaban los sábados, alrededor de las siete de la noche, y a veces terminaban muy cerca de la una de la mañana.

Cuando llegue al grupo, en el verano del año 2001, nuestra sala de ensayo era un cuchitril que ni siquiera tenía un foco con el que nos pudiéramos alumbrar al llegar la noche. De a pocos, la familia Quiñones (los dueños de la casa donde ensayábamos, hogar de Alexcito y Freddy, el bajista y el baterista del grupo), fue dándole luz, color y calor de estudio a aquél pequeño cuarto. Ahí, sobre todo en el verano del año 2003, yo pasé una etapa creadora muy productiva. Cito, Alexcito y yo muchas veces nos quedábamos trabajando en nuestros temas hasta que la madre del segundo nos botaba. Realmente era muy divertido, y me sentía lleno de vida cuando escuchaba las grabaciones (precarias, claro está) de esas canciones que ya nadie recuerda ni una nota, ni una tonada, salvo dos que yo recuerdo, que eran realmente canciones con letras muy intensas.

Ahora de todo eso quedan solo los buenos recuerdos. La vida, a todos nosotros, nos ha llevado por caminos muy distintos. No sé qué será de la vida de los Quiñones (ni de su hermana Rocío, que también es amiga mía). Poco a poco, todo lo que pude decir que sabía de música, lo fui dejando en el olvido y que solamente repasaba vagamente cuando cogía la guitarra para tocar canciones ajenas con acordes que encontraba en alguna página web.

Por eso me sorprendió gratamente cuando mi hermana me dice un día que le enseñe a tocar el teclado a su hijo Eduardo. No supe qué más decirle además de “Sí”. En verdad no. ¿Qué le podría enseñar al muchacho si y mismo no practico con el teclado hace muchísimo tiempo? Pese a ese detalle (nada nimio) me decidí por enseñarle y hasta ahora no nos está yendo mal.

Y también me sorprendió gratamente que (como ya hace tres domingos), en esas escapadas que me doy a la casa de Cito, hayamos compuesto una canción con las guitarras y que ahora solamente nos falte dar arreglos a nuestra creación. Es increíble. Hasta ahora no puedo creerlo: Cito y yo, como en los viejos tiempos, creando otra vez. Aunque no es la primera vez en este año, pues ya hace unos meses habíamos compuesto una canción que la grabé en mi celular, pero que por lo visto no logró atrapar nuestra atención lo suficiente para seguir trabajándola.

Otra vez puedo decir que los domingos se han vuelto musicales, como en los viejos tiempos. Y esto, evidentemente, ayuda también a las clases con Eduardo, pues qué más quiero: mientras yo practico música, se la voy explicando a Eduardo, a quien estoy seguro lograré enseñarle a leer las partituras de su teclado, que son realmente simples. Y quizás, luego, toquemos algunos covers, él en el teclado y yo en la guitarra. Y espero que le guste tanto como a mí.

reo-libre@hotmail.com