Algunos creían que era cómo salirse de la ciudad y contemplarla desde algún búnker salvador, bien refugiado entre la sombra de los árboles. Pero no, vivir en la azotea de un edificio de treinta y siete pisos no es lo mismo que el forestal refugio antiurbano que todos quisiéramos tener. Ahora mismo vivo en el techo de todo este distrito, ¿se imaginan la enorme soledad que se siente en un lugar tan aislado? Yendo al punto, ayer, terminando el séptimo y último capítulo quise ver la ciudad para relajarme con la hermosa vista. Y de verdad es algo imponente, sin punto de comparación. Pero... qué triste hermosura la de la ciudad de noche. Más triste, mientras más alto.
Desde aquí se ven casi todas las calles que salen del monstruo y se internan en la belleza silenciosa de los desiertos que nos rodean. Solo quisiera imaginarme volando sobre ellos y saber lo que verdaderamente es la libertad. Compartir con las aves de las playas mi alegría de tener ya un manuscrito terminado. Pero solo el aleteo feroz y lejano de los murciélagos me acompaña, y le da un sanguinolento toque a esta sensación de vértigo.
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martes, 3 de noviembre de 2009
viernes, 17 de abril de 2009
Los parisinos
Alejandro despierta un poco desorientado por el teléfono que retumba aún desde sus sueños y lo arrastra hacia la realidad. Aún no quieres despertar, y casi dormido camina hacia donde suena el teléfono de la sala. No hay nadie más en su casa. Su voz aún es cavernosa, la risa del otro lado, honesta, coqueta, intenta ser misteriosa, pero él aun en sueños la reconoce: Cristina.
Qué hora es allá, le pregunta, un poco molesto, aquí aún es muy temprano. Sí, ella lo sabía, porque el avión que la llevaría finalmente a Lima aún no llegaba y estaba varada en Río desde hacía tres horas, esperando el transbordo que le devolvería a la Horrible. No me jodas, Cristina, mira que es temprano. Por eso mismo, querido, tienes aún unas horas de ventaja para prepararme algo.
"Quiero verte en el aeropuerto". Colgó. Era agosto y el frío le envolvía los pies como una serpiente de húmeda y escamosa piel. Las medias estaban sucias, y sentía como las pequeñas imperfecciones del suelo se le iban clavando en las plantas de los pies.
Qué hora es allá, le pregunta, un poco molesto, aquí aún es muy temprano. Sí, ella lo sabía, porque el avión que la llevaría finalmente a Lima aún no llegaba y estaba varada en Río desde hacía tres horas, esperando el transbordo que le devolvería a la Horrible. No me jodas, Cristina, mira que es temprano. Por eso mismo, querido, tienes aún unas horas de ventaja para prepararme algo.
"Quiero verte en el aeropuerto". Colgó. Era agosto y el frío le envolvía los pies como una serpiente de húmeda y escamosa piel. Las medias estaban sucias, y sentía como las pequeñas imperfecciones del suelo se le iban clavando en las plantas de los pies.
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