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sábado, 31 de julio de 2010

La otra marcha (de otra bicicleta): el cuarto puesto



Recuerdo que esa noche tenía que haber regado las plantas de mi mamá porque estaba de viaje, pero la necesidad de ver a C. Y. era tan grande que no me cabía en el cuerpo. Frente a mí, la mesa de antaño, clavada en la sala de la casa; y yo, sentado y luchando por pegar la vista en el imposible cuaderno garabateado con signos de análisis dimensional, la veía. Estaba ella en todo, en la mancha de tinta, en mi ridícula ruborización, tan inasible como siempre. Aún era temprano y decidí ir a buscarla. Hoy sería una de esas noches en las que me aparezco con la excusa de llevarme un cuaderno para ponerme al día y me quedaría escuchando UB40 y jugaríamos «casino», «ocho locos» o «golpeado». Una vez más, le pediría que ponga «Can't help falling in love» y otra vez me quedaría callado, tan sólo contemplándola repartir las cartas y decir que me toca jugar a mí. Y yo seguiría callado con una sonrisa tonta mientras ella me mira y trata de no sonrojarse cuando sus ojos se topan con los míos.

Dejé las plantas sin regar, comprobé que mi papá estuviera dormido y salí en la bicicleta, rumbo a su casa; la tarea podría esperar. La excusa sería -¿por qué no?- ayudarla con los ejercicios de Física Elemental, que alguna vez me dijo no entendía muy bien. Salí de mi barrio durmiente y me interné en la carretera que salía a la autopista, la bordeé y crucé dos calles más para llegar al centro de la ciudad y a la vieja capilla adaptada como Municipio. Baches y más baches, llevaba buena velocidad, pero esta pista siempre fue difícil. C. Y. no tiene teléfono, y llegar así y en estas circunstancias es arriesgarse a un portazo de su padre, cosa que ya me había pasado una vez.

Contemplé la puerta vieja y descascarada en esta hora lechucera, tan fría y solemne, y ese poste de alumbrado público sobre mi cabeza se iba comiendo mi valor gramo a gramo. Los perros no me temen a esta hora, mi imagen nunca inspiró respeto, pero estando cerca de ella siempre me sentía mejor, más grande, un adulto tal vez, porque entre juego y juego y carta sobre carta jamás una palabra hiriente salió de sus labios o de los míos. Solamente nos dedicábamos a dejarnos vivir el uno al otro muy cerca, para sabernos felices. En su sala, horas sobre horas, sin tareas pendientes –o sin importar que lo estén-, descifrando uno a uno nuestros gestos. Y ahí aparece otra vez esa mirada de un brillante color café que me dejaba sentadito y luego ella buscaba para mí un vaso de agua.

¿Cuántas veces fueron, C. Y., las veces que entró tu impertinente hermano a sentarse con su amigo de la sonrisa perenne a jugar ajedrez al lado de nosotros? ¿Cuántas veces hablaron de cosas pueriles de escolares, aquellas de las que tú y yo nunca hablábamos? ¿Y cuántas fueron las veces que te burlabas de él por ser tan inmaduro, por mezclarse en nuestro juego sagrado, nuestro ritual de las noches? El frío me va abrazando y contemplo la puerta, con más desconfianza cada vez. Veo por encima de la pequeña rendija que tiene esa madera vieja, y la luz de la sala está apagada… puede ser que no esté. Pero ¿dónde podría estar? No acostumbra ir donde sus amigas a esta hora, pues ellas no tienen sus costumbres excelsas, aquellas que solo tenemos los noctámbulos comprometidos, de visitar a los amigos en la mejor hora del día para disfrutar de la música y del café… ¡Qué rico café preparas!

Es que han pasado tantas noches y yo aún así, sin decirle lo que ya no puede mi cuerpo soportar. Pensar en sus labios, trémulos e inocentes, en pasearme por su cabellera azabache, en su cuello de marfil y sus brazos tan delicados, tan míos cuando jugamos gallito y me doy la licencia de cogerle por breves instantes de la mano, y cómo ella la retira como si no quisiera descubrirse, como escondiendo la intención de su corazón… sé que ella también camina por mi misma orilla, sus ojos no me han mentido jamás, son dos manantiales cristalinos, dos espejos acuosos. Sin embargo, yo sigo aquí parado como un idiota a la puerta de su casa, sin alma, sin peso, ingrávido, esperando que un soplo me empuje a tocar la puerta, sin maltratarla mucho, porque se puede caer en pedazos y desintegrarse en mis manos, las mismas que ella sentirá por sus mejillas sonrosadas, buscándole el ósculo que ella y yo nos merecemos ya hace meses, en una de esas jornadas de Ocho Locos y UB40 que, por desgracia, acababan siempre con la inoportuna intervención de su hermano y de su amigo de la sonrisa perenne, hablando siempre de estupideces y fastidiando a mi C. Y. Voy a tocar.

Pero, en eso se prende la luz de la sala, se abre lentamente la puerta; el crujido de sus viejas tablas no me deja oír bien la tierna risita que sale del otro lado. Es C. Y., sale de la mano del imbécil de la sonrisa perenne, le besa en los labios y se despide de él. Al percatarse de mi existencia, me pregunta qué quiero y se lo digo: tu cuaderno de Literatura.

Llego a casa, derrotado, casi muerto y con el pantalón orinado por uno de esos valientes perros que rodea la quinta donde vive. Veo las macetas de mi mamá… y les paso encima las ruedas de la bicicleta.

La marcha de la bicicleta: el quinto puesto



Ya se había hecho costumbre que yo la acompañara a la salida del colegio. Ella, en su vieja bicicross y yo, a pie, a veces sosteniendo mis cosas debajo del brazo (o en la mano) y otras llevándolas dentro de la mochila. Sobré qué conversábamos, no lo recuerdo. Solo recuerdo que me gustaba escucharla reír; ella a veces me decía cosas, para mí era suficiente llenar mis oídos con la melodía de su voz, con su risa, con sus silencios.

Alguien creerá que para los 150 metros que caminábamos desde la salida del colegio hasta la inevitable esquina en la que me separaba de ella yo estaría exagerando si dijera que esa era mi escalera al cielo. Pues lo era, y quien no haya sentido eso alguna vez por nadie, no ha tenido vida.

Tampoco recuerdo todas las veces que quise tomar su mano entre las mías, o que quise sentir la calidez de sus mejillas afiebradas. Siempre fui un chico tímido, tonto, cabizbajo, cagado de miedo. Ella siempre fue callada, sonrojada, hermosa. Hasta entonces, mi imagen de ella en el lejano 1988 estaba inalterada, tanto como nuestro paseo de manos tomadas de 1989. Estaba borrada la tristeza de su ausencia en el segundo grado de primaria.

El último paseo fue el decisorio. Debí prever que pasaría, si ella siempre había puesto la bicicleta entre nosotros como la puerta que debía tocar, como la chaperona a la que debía pepear. Supongo que ha sido uno de los pocos momentos en que reunía los pedacitos de valor que tenía repartidos en todas las glándulas. No lo dudo, la primera parte fue un momento valiente: «Me gustas mucho». Claro que la respuesta que recibí no fue la que ni remotamente esperaba. Ella no dijo nada («nunca dijo nada», involuntario homenaje a Arena Hash). Solo subió a su bicicleta y se fue.

Antes de que lo consiguiera vino la segunda parte de mi declaración, la que pasa con la honorable ubicación número 5 de las peores humillaciones de mi corta vida:

-Por favor, no me rechaces.

Las ruedas de la bicicleta rodaron por la avenida Ramón Castilla.

Ahora, imaginándome en el diván de algún loquero local, concluyo que ese debe ser el origen de por qué nunca más opté por la declaración formal de mis sentimientos y opté por la más cómoda vía de la demostración fáctica de mis intenciones (a veces muy expresivas).

Años después, diez años después, cambié de estrategia y esta vez obtuve una respuesta: no. Ya no era el cándido y regordete niño de anteojos gruesos que iba al colegio, era el ávido lector de García Márquez que creía que un destino «florentinoaricístico» le correspondía, era un escapista de la Facultad de Derecho de San Parcos (y de una novia jurídica, ruin, hipócrita y convenida) y era un turista en ciudad ajena, en hotelucho con baño compartido. La busqué, esperanzado en que los capítulos más tiernos de nuestra relación, al menos en algún nivel onírico, estuvieran todavía presentes en ella. Claro está que me equivoqué.

Tres años después, ella volvió a mí. Salimos. Conversamos, ya como amigos, yo no quería ni podía aspirar a más. Me animé a preguntar, a riesgo de parecer un psicópata obsesionado con ella: ¿Recuerdas cómo jugábamos en el Inicial? ¿Nuestro paseo de manos tomadas de algún extraviado mes de 1989? ¿Me extrañaste durante el segundo grado en escuelas separadas? ¿Por qué saliste disparada en tu bicicleta seis años después? Para no asustarla, omití estas dos últimas preguntas. Con la respuesta a las dos primeras me bastó.

-¿Ah sí? Yo no recuerdo nada, amigo.

Ahí comprendí cómo era el asunto. Dejé de masajearle el cuello (pues le dolía), me levanté del sofá y me fui. Caminé hasta mi casa. Pensando en lo tarado que fui al creer que esos detalles tan nítidamente esculpidos en mi mente podían ser marmóreos en conciencias ajenas. Fue mi culpa. Querer mucho a veces es antihigiénico.

Sé que volvió a romper corazones después. Y en parte, eso también fue mi culpa.

La canción que elijo tiene un porqué que me guardo.

martes, 3 de noviembre de 2009

La extraña vida de las criaturas de extramuros

Algunos creían que era cómo salirse de la ciudad y contemplarla desde algún búnker salvador, bien refugiado entre la sombra de los árboles. Pero no, vivir en la azotea de un edificio de treinta y siete pisos no es lo mismo que el forestal refugio antiurbano que todos quisiéramos tener. Ahora mismo vivo en el techo de todo este distrito, ¿se imaginan la enorme soledad que se siente en un lugar tan aislado? Yendo al punto, ayer, terminando el séptimo y último capítulo quise ver la ciudad para relajarme con la hermosa vista. Y de verdad es algo imponente, sin punto de comparación. Pero... qué triste hermosura la de la ciudad de noche. Más triste, mientras más alto.

Desde aquí se ven casi todas las calles que salen del monstruo y se internan en la belleza silenciosa de los desiertos que nos rodean. Solo quisiera imaginarme volando sobre ellos y saber lo que verdaderamente es la libertad. Compartir con las aves de las playas mi alegría de tener ya un manuscrito terminado. Pero solo el aleteo feroz y lejano de los murciélagos me acompaña, y le da un sanguinolento toque a esta sensación de vértigo.

jueves, 15 de octubre de 2009

Una mala forma de decir adiós

Cuando decidió largarse del país quedó en avisarle a todos los amigos para reunirnos, y no lo hizo. A mí, supongo, me tenía mayor estima que a los demás, y esperaba al menos que pudiéramos vernos. Por suerte, una tía suya me vio de casualidad en un supermercado y me dijo que Antonio estaba en el país y que pronto volvería a Rusia.
Por eso lo llamé. Con algo de culpa. Por no haber contestado todas sus cartas cuando tuve la oportunidad, un año antes. El teléfono sonaba... nadie contestó.
Por la tarde lo volví a intentar y el resultado fue el mismo. Hasta la mañana del día siguiente
-¡Hola, Antonio! soy Christian, ¡qué gusto hablarte!
-Ah, hola...
-Tu tía Marisabel me dijo que estabas en el país. ¿Te vas a quedar todo el tiempo en Paramonga?
-Ah, no... mañana me voy para Lima
-¡Bacán! Entonces podemos vernos pues, para conversar, como en los viejos tiempos.
-No, la verdad... desearía no ver a nadie...
-A... ¿nadie? Pero... bueno... no sé nada de ti desde hace buen tiempo.
-No puedo, Christian, mañana mismo estoy partiendo hacia París, de regreso a Moscú.
-Ya... Entonces, no hay posibilidad.
-No, discúlpame.

Entendí. Era el tiempo y la decepción. Pero ¿cómo justificarme tan solo porque estaba preso de tantas cosas que gobernaban mi vida por ese entonces? Ahora esas cosas las aborrezco, sobre todo por el saldo que sufro hasta el día de hoy: la larga lista de amigos que he perdido.
Eso ¿quién me lo podrá devolver?

miércoles, 15 de julio de 2009

Razones para no recordar la noche del Viernes Santo


1. En la noche del Viernes Santo, parece que hasta el capitalismo se retira a reflexionar. Digo que solo parece: el capitalismo nunca reflexiona. En fin. Plaza San Miguel, casi vacía; yo, en una banca, quizás despeinado; los de la banca de al lado pensaban que les ofrecería Olé-Olé tres por cincuenta. Escuchando música en mi mp4 recientemente robado, esperando.
2. Llegó y estaba bella, como siempre, y un título naranja resbalando entre sus dedos: Manual de edición. Guía para autores, editores… Yo tenía libros mucho más actuales que ese, pero ninguno con tanto valor como “el que escogió pensando en mí de una biblioteca”. De pronto, en menos de un minuto, ya estaba tartamudeando, cosa que no se notó, porque me callé y escuché su historia de cómo consiguió el libro que me obsequiaba; el pulso traicionero frenado por mi beatífico escrúpulo de no abrazarla.
3. Nunca antes había querido tanto a la rana René saltando en una mesa bailando al ritmo de Luis Miguel. Y su risa, blindada, cegándome, enmudeciéndome (¿más?) y obligándome a recordar que los pies deben ir sobre tierra. Sobre tierra, Christian…

miércoles, 17 de junio de 2009

Vicisitudes de Chubaquita y del dicente viviendo bajo el mismo techo (III): Año Uno

El departamento estaba a oscuras, porque había sombras jugando en la pared de la cocina, que quizás eran dos cucarachas épicas en alguna representación amateur de la Iliada. O quizás no. El rumor de las nubes era cada vez más fuerte, pero Ella seguía durmiendo a mi lado; yo no podía pegar un ojo; había dejado de hacer el amor, pero el atisbo de una desgracia hizo que perdiera de pronto las ganas de dormir. El cielo empezó a rugir, la lluvía caía implacable en la noche helada. Ella roncaba, roncaba y babeaba. Yo prendí un cigarillo. Las noches así siempre son presagio de algo malo.

-Mi amor, ¿qué haces despierto?
-No tengo sueño.
-Pero son casi las cuatro de la mañana.
-Siento que algo está a punto de pasar. Lo presiento.

Recordé algunas de las cosas que había visto en la tele en los últimos días: muertos en México, conflictos con los zapatistas, guerra en Chechenia, piratas somalíes en el Cuerno de África, el robo de archivos sobre Chernóbil del Krémlin, la Página 11 y el asesinato de Tongo en manos de sicarios turcos. A simple vista no había puntos en común con todo esto, pero la Interpol, en todos estos casos, salvo el de Tongo, que no le importaba ni a la Pituca ni a la Telefónica, daban a un solo nombre: Chubaquita. La imagen del pobre maestro en alguna celda en Guantánamo no me dejaba en paz.

La puerta sonó tres veces. Tres sordos golpes que eran como tres llamadas a la desgracia. Ella se incorporó en la cama.

-¡Qué miedo! ¡No abras! -el cielo se hizo de día con un potente rayo.
-Tranquila no lo pensaba hacer.
-Pero ¿quién será?
-¿No quieres ir a ver tú?
-Oye, Ignacio, no seas fresco, yo soy la invitada.
-Tienes razón. No pagas toda la luz que te gastas con tu secadora de pelo.
-¡Tarado!
-¿Vas a ir a ver?
-¿Y si me pasa algo?
-Ufff... ¿es una promesa?

Un rugido hizo temblar la casa y la noche volviose otra vez día. Del susto los dos nos metimos bajo las sábanas. Y encontré el mp4 que había perdido dos semanas antes.

-Ignacio, no seas maricón y anda a ver quién toca la puerta.

Un lamento nos llegaba, desgarrador, era una confusión de alemán y jerga chalaca:

-Schnell!! Ich will scheißen (Rápido, quiero hacer el canal 2)

-Schnell, causita, weil die Fischotter, die "Nutrien", se me escapa. (Rápido, causita, que se sale Alan (o sea, una bien gorda)).

La voz felpuda era inconfundible. Cuando corrí a abrir la puerta, la sangre se me heló. Hasta el día de hoy no encuentro palabras para decribir lo que vi en el piso, no podía reconocer al maestro Chubaquita en esa sanguinolenta ensalada de tripas de felpa y garrapatas. En una de sus patas ya no traía su banana, solo un mensaje con una sola mancha: la mancha negra.

-Hilf mich bitte, ya pe'.

Perdió el conocimiento. Me conmovió ese cuadro patético, y lo metí en el baño para lavar sus heridas. Ella, a pesar de odiar al maestro, me ayudó a asistirlo. Pero necesitaba más ayuda, y desperté a Patricio el Sabio, mi viejo perro beagle, que tenía un PhD en Medicina de Guerra. Él, con un gesto adusto, en su experimentado rostro, cogió su reloj de leontina, y le tomó el pulso.

-Es tarde -dijo- este mono va a morir.

domingo, 14 de junio de 2009

Chubaquita en el directorio

Aquel día, mientras yo me partía el lomo trabajando, Chubaquita fue a El Directorio, y de ahí no sé qué otras correrías tuvo antes de llegar con un montón de gente más a mi cama.

Chubaquita en El Directorio

viernes, 12 de junio de 2009

Vicisitudes de Chubaquita y el dicente viviendo bajo el mismo techo (II)

La señora de la administración me gritó una vez más. Con una vieja así, que bordea ya los tres milenios (y que fue amante de Matusalén, y según las malas lenguas también de Nabucodonosor II), es mejor no discutir. La escucho mientras se me va licuando el cerebro a causa de su aliento a tumba y los vahos tóxicos que su sistema digestivo me obsequia. Casi sin poder mantenerme de pie alcanzo a decir "Lo que usted diga, señora". Y me voy caminando en zigzag hasta la puerta del departamento.

Son las once de la noche. Solo quiero llegar a mi cama y hundir la frente en la almohada y pedirle a los relojes que hagan esta noche perpetua, para dormir el sueño de los justos. Un alarido bestial interrumpió mis cavilaciones como un alud que trae consigo, es decir, mi rápida imaginación en verdad lo hace, la imagen de un mono colgado del techo de la habitación saltando sobre toda cinco féminas ansiosas de abrazarlo. El alarido bestial es de Chubaquita, y dice un par de frases en griego antiguo, algo que aprendió en su estadía en Esparta, cuando era el tutor de Leónidas, y algo más que creí que era la Eneida, esto, claro está, ya en latín culto. Posteriormente dime cuenta de mi error: el texto era de Catulo.

Pedicabo ego vos et irrumabo
Y ellas, asentían, mientras ejecutaban lo que él les había pedido. Aquella imagen que irrumpió en mi mente estuvo siquiera cerca de lo que vi al entrar, no al cuarto de Chubaquita, sino al mío: eran once contra once, y Chubaquita era el árbitro. Un maldito bacanal sobre mi cama. Grité, maldije, espeté... pero mis lamentos se perdían en medio del brutal jadeo. Chubaquita ni se dignó a verme. Sostenía una botella de ron entre sus manos mientras cantaba viejas canciones piratas del s. XVII, esas que también enseñó a los piratas somalíes que secuestraron un buque de la OTAN. ¿Y ahora dónde carajo duermo?, me preguntó desesperado. Porque a la cama de Chubaquita no entraría jamás (se cuenta toda una leyenda sobre lo que les pasa a quienes osan meterse entre esas sábanas sin autorización). El cansancio se empeñana en nublarme la vista y bajarme los párpados, que se había vuelto muy sensibles a la luz, mas la bulla y el constante temblor que hacía temblar el piso del departamento me impedían dormir. Creí que no tendría esperanzas. Que la noche estaba perdida.

Hasta que escuché lo impensable: Chubaquita había descubierto el primer borrador de mi novela Un poema para Natalia, y lo leía en voz alta, todas esas cosas que aún no estaban listas para ser leídas, eran declamadas cómicamente por el maldito mono.

15 de marzo de 1986

No he podido dejar de pensar en Natalia, y ya casi es la medianoche. Este cumpleaños pasará a la historia como el peor de todos, en esta corta y patética vida que cuenta 19 calendarios.

Ahora, el que se había engorilado era yo. Abrí la puerta del cuarto de un patadón y empecé a botar a golpe limpio (y un par de botellazos) a todo humano, animal, peluche, bolas chinas, erizo de mar y sierras eléctricas que encontraba en mi camino. Fuera, les dije, vayan a ser sus cochinadas a otra parte. Y todos, espantados, se iban semidesnudos la mayoría, otros casi sin ropas, pasarían delante de la puerta de la adminstradora al bajar, y quizás encontraría ya la puerta con seguro. No me importaba. Yo negaría que estuvieron aquí y dejaría que arreglaran sus problemas solos. Entre los que se estaban escabullendo a la salida, había un mono con actitud sospechosa...

-Ah, no, basura, tú no te vas.

Chubaquita alzó sus peludas cejas (o el peludo arco ciliar, donde teóricamente deberían estar un par de cejas) y me miró con rostro de súplica. Pero no le hice caso. Lo cogí del pescuezo y lo llevé donde el perro, para que él hiciera lo que quisiera con él.

miércoles, 10 de junio de 2009

Vicisitudes de Chubaquita y del dicente viviendo bajo el mismo techo

Maldito sea el día (y no está dicho esto con la púber intención de exaltar algo como “súper”: «¡Qué maldita es esta consola de Nintendo!») en el que, luchando contra las fuerzas de la naturaleza, supero la pereza de levantarme de la cama, me desnudo para ir al baño, dejando todas mis zonas erróneas a la intemperie, y en encuentro a un mono en la ducha, con la banana en la mano, usando la esponja de mi novia para rascarse la espalda, llena de pelos, mientras una semidiosa olímpica y una ninfa ninfómana, procuran acicalar sus partes pudendas.

Yo, parado frente a ellos, cubriendo dignamente mi último rincón de decencia, quedé estupefacto. Eran las siete y media de la mañana, había trabajado hasta casi las tres y tenía que estar de pie a tiempo para ir a una reunión de coordinación de un proyecto. Desde mi casa a la editorial son más de veinte minutos de camino, sin contar el tiempo que tengo que esperar a que cambie de luz el semáforo de Paseo Colón, o peor aún, a que el policía de tránsito haga caso de los circunstanciales peatones.

–Chubaquita…

La semidiosa le decía algo al oído de felpa mientras sonreía con malicia. El mono soltó una risotada y la sometió sin reparos. Acto seguido, prendió un puro mientras, ya los tres derramados en la tina, empezaban a hacer burbujas de jabón líquido aromatizado. Chubaquita miraba penetrantemente a la ninfa, sostenía unas bolas chinas en sus manos.

–Chubaquita, tengo que ir a trabajar…

El mono no solo me ignoraba, sino que se sumergía entre las burbujas de la piscina y jugaba a la gallinita ciega con las dos beldades, que gozaban con sus ocurrencias y con su engolada retórica.

Claro que no pude sacarlos de la ducha a tiempo, y tuve que llegar más de media hora tarde a la reunión, con la que me tuve que disculpar por la injustificada tardanza (la que no se puede explicar con el infantil recurso de echarle la culpa al mono). La presencia de Chubaquita en mi casa no había caído muy bien como habíamos pensado. Pero teníamos que esconderlo antes que el Mossad lo encontrara. Sabía muy bien que me jugaba el pellejo haciéndolo, aun más con el puto mono que no colaboraba para nada siendo discreto (le dijimos muchas veces que pasara desapercibido, pero ya todo el edificio sabía que dos mujeres y retozaban alegres en una misma ducha: mi ducha, y no era yo el que las acompañaba.

Pero quien sí creyó que yo estaba con ellas era la administradora. La que me esperó en portería con su tan conocida frase de “hay que hablar, Ramírez”. Por un cacho, vieja maldita, que yo no soy el que hace reír a dos mujeres en una tina de baño, no me ducho con ellas, ni les jabono la espalda… es un maldito mono que lo hace y es quien no me deja acercarme a ellas.

Si lo digo eso, se reirá de mí, y de lástima.

Tengo que hablar seriamente con Chubaquita.

jueves, 14 de mayo de 2009

Ladytroneádome

Más redonda que Monique Pardo, avanzaba por la avenida Colonial con los audífonos amordazando sus orejitas de chancho, y unos patines que probablemente gritarían si hablaran. Y a decir verdad, yo también estaba con audífonos (no con patines) sentado en el nefasto paradero de la avenida, esperando la combi a ningún lugar, pero solo (solo como vine al mundo). No quería ver a nadie, solo quería fumar tranquilo sin enterarme del porcentaje de cadmio, radón, benceno, arsénico que un cigarrillo común contiene. Eso se consigue bajo la atmósfera alucinada de unos buenos headphones que te aíslen de la sonora Lima. Los choros, los ambulantes, los jaladores, las combis, los putos y demás quedan detrás. Adentro solo existe Ladytron.

Redondita sigue yendo en patines. Come un helado de tres bolas usando solo una mano y la lengua, esponjosa, porosa, húmeda y macroglósica. Tres lamida, una bola menos. Se siente libre de prejuicios, va al ritmo de la canción. A su paso, solo deja destrucción y caos. La gente corre. Le tiene más miedo que a las combis. Alguien del otro lado de la calle le lanza piedras. Redondita no se altera, empieza a cantar, y un resto de entre sus dientes va a clavarse directamente en la yugular del policía que controlaba el tránsito. Cae fulminado de inmediato. Los curiosos dicen que lo que salió despedido hacia el cuello del guardian del orden fue un resto de una de las vigas de una cebichería de Huanchaco (Trujillo). Los que estuvieron cerca a redondita y percibieron el fétido olor que sus fauces exhalaban cayeron muertos también de forma instantánea.

Redondita se acerca a Metro. Los chilenos se aprestan a defender a su clientela y a su inversión. Descargan en el cuerpo de Redonidta las balas de cinco Uzis. Pobre Redondita. Ya nadie la extrañará.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Los parisinos. Los inicios

Cristina baja del bus, y se queda mirando, entornando los ojos, achicando el campo visual, casi un punto fijo. Detrás de ella, su instituto de inglés al que volverá el lunes, temprano, delante, un centro comercial, discotecas, tiendas, bares, juegos mecánicos y, en medio de esa maraña de humos y ruidos, su amiga, buscando a un músico que no encuentra.

La última vez que la amiga vio al músico fue antes de que tirara la puerta de su departamento en París, horas antes de volver a Lima. no le había importado tanto su ausencia hasta que, de un momento a otro, empezó a enfermar del estómago. Pese a los fuertes cólicos no le importó seguir yendo a trabajar. El restaurant de Jean-Jacques -"Rousseau", le había puesto, ¿curioso, no?- iría bien sin ella, en verdad Christine, no deberías preocuparte tanto. Jean-Jacques, necesito estar aquí, en verdad. Pero habría que curarte esos cólicos, cheri, eso no está nada bien. Las noches de fin de semana (Cristina no recoradaba desde cuándo no había estado ahí una noche) eran siempre muy agitadas, muchas parejas aún quedeban en las mesas, y la casa se hizo cómplices de ellos con una música un poco más sugerente. Jean-Jacques bailaba solo cerca a la puerta de la cocina; el jefe de los mozos lo miraba y exhalaba con desilusión. Aquel lo ignoró y tomó del brazo a Cristina, que dejó a medio hacer un postre, glaseado arruinado y a hacer de nuevo todo. Pero con JJ era imposible enojarse, mucho menos cuando bailaba de esa forma tan sensual. Lástima que fuera gay, porque sino la noche no sería tan monótona después de todo. Había olvidado dónde escuchó por primera vez esa leyenda. El restaurant se quedó vacío. Solo quedaban Cristina y Jean-Jacques. él tarareaba a Ella Fitzgerald. Cristina mientras se le acercaba con dos copas de espumante, empezó a bailar con él. Confirmaría sus sospechas. JJ no era gay.

martes, 5 de mayo de 2009

Ella Noche


Comprobé que no quería siquiera meterme a una cama con ella para calentar los pies por el invierno. Comprobé que era una más en una larga lista de inexistentes encuentros que no fueron más que una tibia intención de calentar las sábanas. Así que la dejé ir, que caminara libre por una calle, que hablara del tema si le apetecía y que no guardara renconres innecesarios. El mío, aún lo necesito, porque el café todavía no se acaba.

-¡Mugre! -dice ella- ¡Mugre! ¡Mugre!

La miro extrañado, examinando sus palabras, tratando de adivinar algún residuo de odio, alguna de esas lanzas irónicas tiene más veneno del que pretendens, lo sé, hay algo en todo lo que dice que no me agrada en absoluto. Algo que huele, precisamente, a mugre, a moho, a algo que ya no recuerdo muy bien. Porque más allá de ese sublime recuerdo de sus pechos como un campanario, y yo tañendo melancólico, no puedo recordar más, pero ella sigue repitiendo "Mugre" con una sonrisa tan falsa como brochure de supermercado.

Sé que esta es la última vez que la veré, que nunca más me darán ganas de ver, llevarla a una cama, meterla a la fuerza en una habitación para que luche por su supervivencia, para ver como esquiva cada una de las estocadas, quiero verla así, aún agresiva y ágil, no como ahora, de traje sastre, yendo a clases en la universidad, avejentada, como profesora de primaria, oyendo un estúpido merengue por el mp4.

En casa y solo estaré mejor.

sábado, 25 de abril de 2009

Con Tota, en el Sofá Café

Sí, me aburgueso, con Shey-Shey y un café con leche, chill out de fondo y un apple cake very delicious. Oh my God!! Sí, la miro y es el brillo el que me hace cerrar los ojos en camara lenta, verla, que se distrae con una revista llena de gente imperialista saliendo de sus páginas. Ella parece estar feliz aquí. Y yo también, darling, yo también, escribiendo esto llevado por la levitación del café, derramando lisura y lágrimas porque el brillo de todas las pantallas que esta semana tuve que v er ya me han cansado. ¿Cuánto más tendré que esperar? Gracias por el Empire Earth, by the way. Gracias por los fines de semana conmigo y porque sabes contar hasta 10 cuando yo ya me fui hasta la z, o hasta el mismísimo alfabeto cirílico.

Yo sé que te gustó. Pedirás ahora ese peligroso catálogo de prendas de vestir... una arteria salta de mi cuello. Y creo que vale más este silencio que el dejar que las palabras se vuelvan humo, un vaho irrespirable que nubla cualquier noche, y sobre todo la que nubla esta noche en el fondo del escritorio de la PC. El mejor regalo de cumpleaño.

Vuelan las hojas, tota, de un blog que aún está por salir.

jueves, 23 de abril de 2009

Los parisinos. Alejandro

Volvió a frotarse los ojos: la hoja seguía en blanco y eso lo desesperaba. Era muy fatigoso, lo era en realidad, sentarse frente a la computadora y tratar de escribir algo luego de pasar tantas horas en el trabajo. Valdría la pena, se daba fuerzas, porque algún día terminaré de escribir esta novela. Pero el día no tenía cuando asomarse en el horizonte. Ese era el problema: la incertidumbre.

Tiene la ojo izquierdo más irritado que el derecho. Bosteza y saltan lágrimas hacia el inmóvil teclado. La situación ha llegado, para él, a un estado insostenible. No duermo bien, se dice, y eso está afectando todo lo que hago. Por eso estoy como estoy, sin dirección, con un relato que flota como una burbuja de gas, sobre una atmósfera avejentada: esta casa, esta biblioteca, con libros que solo acumulan polvo y penas. Con un horario inflexible en editorial, y con estas puñeteras ganas que tengo de mandar todo por un tubo hacia algún mar ensopado de caca.

Estoy solo en esto, y solo yo lo puedo hacer vivir o matar. Nadie más, pero es que necesito que me pasen cosas, que la sangre debajo de la piel va corriendo y atropellándose en vez de reptar lentamente, como una vieja lagartija. Y el teléfono que no sonaba.

lunes, 31 de marzo de 2008

Antes del supermercado

Siempre supe que el invierno sin ti sería más frío, la soledad menos interesante, pero no por eso menos hermosa. Ahora comprendo cosas que no sé si serán necesarias que las entienda ahora. De estar en tu casa extrañaré pocas cosas para mí. Quizás la que más extrañe será la de sentarme en una vieja perezosa sobre la azotea para observar cómo avanzaba el cielo, cómo se pintaban de colores las nubes, y cómo siempre volvían al eterno gris de Lima. ¿Te comenté que el cielo siempre ha sido gris, no? Quizás no lo sepas porque jamás he visto que hayas mirado al cielo o hayas querido pensar más allá de un dolor de espalda.

Ah, sí que arrecia el frío.

He cerrado la puerta e iré a pasar a ver si un poco de aire fresco me quita esta sensación de oxidación. No puedes abandonarte así, me dijeron, no puedes tirarte sobre la cama simplemente a querer que las cosas pasen. No seas cobarde, no seas huevón, no seas, no seas, no seas. Ya me cansé de no ser y también de ser. Estoy cerrado al público hasta nuevo aviso: salí a almorzar, regreso al a las cuatro de la tarde de cualquier otro día. Así que no se molesten en tocar la puerta. Caminar siempre me ha hecho bien.

* * *


La avenida está siendo reconstruida, mejorarán el malecón porque hacía más de treinta años que no había refacciones en él. Antes de que las hubiera muchos de los vecinos se habían quejado de los grandes huecos del asfalto y que la alameda se llenaba de fumones que daban mal aspecto al barrio. Sin mencionar los artistas locos que iban a calmar sus penas mirando el mar. Entre ellos ese que ha venido exageradamente abrigado, aquel que no deja de mirar hacia el mar, como si contara a las aves que vuelan sobre él, sobre las rocas que están al pie del acantilado. Dicen que la puesta del sol aquí siempre ha sido muy hermosa. Debe ser así. Lo que sí es verdad es que los fumones, como eran del barrio, no molestaban a los que vivían por aquí. Pero ahora todo está hecho un campo de golf y los tipos han tenido que mudarse, dicen que al pie del acantilado, el artista loco que siempre mira hacia el mar sonriendo pensando en Ribeyro y distorsionando su obra en su mente… “serían como la higuerilla”.

Piensa en alguien, cubierto así como está con ese viejo gabán, quizás busca rastros de un calor que ya no tendrá más. No ha dejado de fumar en toda la tarde. Ha mirado fijamente al mar. Está escarbando en su memoria, trayendo viejos recuerdos empolvados. Se nota, se nota desde aquí. Muy pocas veces se ha visto un rostro más lejano que ese, como si fuera un forastero en el mismo lugar de siempre, anclado en un tiempo distinto al suyo; su mirada se sigue el vaivén de las olas; las gaviotas han volado en círculos hasta que se fueron, con el sol.

* * *


Me he quedado dormida en el bus y he llegado hasta el mar. Eso no estaría tan malo de no ser porque soy demasiado nerviosa, y me delato de inmediato como nueva en un lugar. Cuando bajé asustada, di muchas pistas de que no tenía ni la más remota idea del lugar donde estaba. Repasé: sigo en la ciudad, en una zona que no conozco y muy cerca al mar, de hecho, estoy a su lado. Sé que sigo en la ciudad por los letreros de obras de la municipalidad. Por eso no me preocupo mucho. Ya es de noche y las luces naranjas hacen que la oscuridad contraste más con las superficies donde la luz refleja. Hay mucha gente en ese parque pero no debo parecer que no soy de aquí. Es extraña esta sensación de despertar y saber que está una perdida en medio de un lugar que no ha visto jamás. Pero si el bus que me sacaba de la casa de Pedro e iba hasta la mía pasa por aquí, de regreso debe pasar por los mismo lugares, así que será cuestión de esperar.

Muy discretamente miro el celular y veo que es ya casi las diez de la noche. Así que tendré que llamar a casa, pero no sé donde hay un teléfono cerca. Aquí en estos parques hay unos teléfonos públicos que no se ven muy bien. Si me acerco sabrán que ando más que perdida y si hay ladrones cerca me van a seguir hasta quitarme… qué traigo de valor, ah, sí: el celular. Caminaré como quien se va a ver el mar. El malecón no se ve muy bien, pero tendré que seguir por aquí…

Todo por ir a la casa de Pedro. Me he tomado muchas molestias por él, pero no he podido evitarlo. Daría lo que sea por un pucho… No he podido evitarlo. Está haciendo algo de frío, necesito encontrar un teléfono cerca, ya pasó, tengo que superar esto. Hay una persona ahí que está mirando hacia el mar, aunque hace ya un buen rato que no hay qué mirar. Quizás esté viendo como la luz de la luna se refleja sobre la superficie del agua.

–Disculpa…
–¿Ah…?
–Sí… perdona… me podrás decir dónde hay un teléfono cerca.
–Quizás ahí, mira.
–¿Ahí?
–Sí, esa es una bodega que también es locutorio.
–Ajá.
–Vas y ya, es el más seguro que hay.
–Ya… pero esos tipos de ahí… ¿no son peligrosos?
–¿Qué?, ¿ellos?
–Sí.
–Parecen, pero no te van a hacer nada.
–No creo que sean confiables.
–Ah…
–¿Te puedo pedir algo…?
–Ah…
–¿Qué?
–Nada… que me parece que me vas a pedir.
–Oye, sorry, no te quería molestar, es que tengo que llamar para avisar que llego tarde porque me quedado dormida en el carro y…
–Está bien.
–¿Perdón?
–Te acompaño.
–O.K. Gracias.
–Así que no eres de por acá.
–¿Cómo sabes?
–Tranquila… Acababas de decir que te habías quedado dormida.
–¿Y?
–Y supongo que en el bus con el que te pasaste hasta aquí.
–Ah, eres bastante rápido.
–¿Te parece?
–Digo, rápido con la mente.
–Ah… o sea…
–Que tienes agilidad mental.
–Ah ya…
–No quise…
–Despreocúpate.
–Sí, bueno, ya llegamos, gracias.
–¿Quieres que te espere aquí?
–No es necesario.
–Como digas…
–Aunque… Si voy a tener que pasar de nuevo por ahí…
–Entonces te espero.
–Oye, por cierto: soy Rosa.
–Hernán, mucho gusto.

sábado, 29 de marzo de 2008

Esperando en el supermercado

La cajera le preguntó si quería donar tres centavos a la caridad y él dijo que no. Bueno, respondió ella y le entregó sus bolsas.

Caminaba distraído, mirando las vitrinas llenas de colores chirriantes. En la puerta del baño lo esperaban. Él la vio que jugaba a contar los azulejos de la pared y se le acercó para darle un beso, calmado, medido, apaciguado, mientras que en los parlantes anunciaban alguna oferta de tubérculos. Mira, podemos ir a comer a una de esas mesas afuera del supermercado. Usualmente hay mucha bulla fuera: niños en los juegos, gente comiendo, clientes esperando taxis. Ahora solo hay un muchacho, y al parecer espera a alguien, pues mira constantemente su reloj. Él lo vio y agudizó su mirada; ella pensó que era porque había olvidado los anteojos en casa. No es nada, dijo él, es solo que me parece extraño que haya un silencio así en este lugar.

Hace algunas semanas que se habían iniciado las obras de construcción de una nueva pista en esa avenida, la que iba frente al supermercado. Eso había desviado el tráfico incesante de ahí y había hecho que una extraña quietud se adueñara del lugar. Ellos vivían cerca, pero no solían ir muy seguido a aquel supermercado, por eso les resultó extraña tanta calma. Yo creo que las ventas caerán si esto dura demasiado, dijo él con un aire de aparente preocupación. Ella abrió la bolsa y sacó el pan, las lonjas de jamón del país, y preparó tres sándwiches. Él seguía hablando de cómo le ha impresionado los cambios que hubo en Lima en los últimos años. Ella sonreía, casi como anticipando sus palabras.

Come, dijo, y él estiró el brazo para sacar de la bolsa una lata de refresco.

El muchacho miró una vez más su reloj y pensó que él tenía la culpa por haber llegado tarde. El tránsito, se dijo, la ciudad está imposible. Insólito lugar; movía los pies mientras tenía cruzadas las piernas y se recostaba sobre la mesa que tenía detrás. Pero aún estaba a tiempo. Un señor de barba y gorra llegaba llevando del brazo a un niño, el muchacho seguía mirando su reloj.

Se escuchó una breve risa de una mujer joven que salía del supermercado, él miró pero no era quien esperaba. La mujer salía del brazo de alguien más, con unas bolsas. Él le hablaba algo que le llamaba la atención; de vez en cuando sonreía por las ocurrencias de él y se sentaron frente a él. Seguían conversando y él señalaba hacia la avenida. El muchacho miró otra vez su reloj, sabía que había llegado tarde, pero ella aún estaba dentro del supermercado, quizás su turno aún no terminaba. Lo que lo preocupaba era la forma de cómo saldrían de ahí a tiempo para ir al cine. Las obras que habían empezado hacían unos meses habían desviado el tránsito algunas cuadras, así que era más difícil tomar un bus ahí cerca. Sin embargo no tenía alternativa.

El viento empezó a correr y él no pudo evitar mirar su reloj otra vez. La tardanza en este caso jugaba a su favor, porque acortó el tiempo de espera. Pero por qué me habría citado tan temprano, se preguntaba, quizás para ver si cumplía con mi palabra de llegar a esa hora. No, no podía ser, entonces le he fallado, quizás cuando salga me dé cualquier excusa para ya no salir juntos: me dirá que se siente muy cansada, que ha sido un día agotador y que sería mejor que le dejara ir a dormir. Ella pudo haber salido a las ocho, cuando se citaron, para comprobar que él estaba ahí, al no verlo, pensaría que él no la tomaba en serio, y tampoco tomaba en serio su palabra. Vio otra vez y la mujer tomaba de las manos al tipo que lo acompañó y le sonreía discretamente, sin la menor prisa, todo el tiempo parecía importa muy poco. Era una noche tranquila para ellos.

La pareja se levantó para irse, y antes botaron los restos de comida en un tacho que estaba cerca de las mesas. Eran las nueve y media de la noche. Alcanzó a escuchar que ella le dijo al tipo que le acompañaba que iría un momento al baño. Cuando entraba casi se choca con una chica de cabello oscuro largo y grandes ojos cafés. Vestía una blusa blanca y un pantalón negro de tela. El muchacho cuando la reconoció se levantó y alzó la mano para que ella lo pudiera ver. Era la segunda vez que la veía, la primera fue en una fiesta, en la casa de un amigo de ella, a la que por casualidad él también llegó. Bajo las luces negras e intermitentes parecía una chica bonita, pero ahora bajo la luz del neón era la mujer más bella del universo, sus ojos se fijaron en él como y se quedaron sobre él como dos lagunas inquietas.

Era tarde, estaban lejos, pero no puedo evitarlo. No sabría cuando la volvería a ver, en el cine solo perdería la oportunidad de poder hablarle y conocerla más. Así que le preguntó si quería ver el mar.

sábado, 6 de octubre de 2007

Mantilla y su cabeza de perro


Yo no conocí a Mantilla, pero si me hubiese topado con él, es muy probable que me hubiese quedando observándolo con la boca abierta. como un mocoso asustadizo y curioso que no puede apartar la mirada de aquello que lo aterra y por lo que no puede evitar sentir alguna fascinación... y también repudio, pero eso vino después.
Cuando escuché su historia (es decir, aquello que ahora me tiene aquí a medianoche contándotela), yo llevaba unos veinte años sin volver al pueblo. Mi hermano se estableció allá, cerca al mar, con una vista que antes hubiese parecido muy alentadora (una fábrica produciendo y produciendo productos cáusticos que le dieron de comer a toda su familia), y que ahora, solo es un cielo rojo, una fábrica oxidada que se hunde a orillas de un mar verde, oscuro y espeso. Sé que mi hermano debe estar viendo ahora por su ventana, con sus pulmones llenos de mercurio, con las uñas escamosas y recordando cuando corría por la playa entrenando básquetbol en el mismo equipo que Mantilla. Oh, sí, lo debe estar recordando porque luchaba con él el mismo puesto de pivote de la selección del colegio.
A todo esto, hasta ahora no me dices por qué preguntas tanto por Mantilla. La verdad que si no hubiese sido por eso su vida no tendría relevancia alguna para el mundo. Sí, ya sé que es duto escucharlo, pero alguien te tendría que decir la verdad. Hay muchos poetas más interesantes que él en un bar, en un puterío, o en un salón de clases. Y no es para que me mires de ese modo, te digo las cosas no como las pienso yo sólo. Desde ese entonces su poesía, me decía mi hermano, era mal vista, sobre todo porque se puso terco en escribir sobre muerte y necrofilia en un colegio de monjas. Puta... no jodas, pues. No es que sea un mojigato. Que la poesía se expanda y encuentre nuevo rumbos me tiene sin cuidado. Me llega, me da igual si se escribe sobre la bella silueta de una mujer o sobre la cabeza aplastada de un animal muerto sobre el asfalto. No me jodas. Pero jamás aprobaré eso que hizo.
Casi me olvido, ¿ves cómo me distraes? Mi hermano, en esos tiempos que se levantaban a las cinco de la mañana para recorrer los seis kilómetros de litoral que habiá en el pueblo. Por ese entonces la fábrica no paraba nunca y el mar no estaba tan contaminado. Al menos tenían la decencia de no botar sus desperdicios ahí, sino en algún tipo de pozo, no recuerdo bien. Sin embargo había una zona de la playa que literalmente olía a muerte. El entrenador evitaba siempre pasar por ahí, así que cuando estuvieron muy cerca ordenó a la muchachos detenerse, descansar, y luego seguir el recorrido en la dirección contraria.
Sin embargo estaban lo suficientemente cerca como para que se sintieran los pútridos vapores de los cuerpos descomponiéndose entre sales, gallinazos y algunos restos de soda cáustica. Dicen que Mantilla no pudo soportar la tentación de acercarse. Pese a las llamadas de atención del entrenador, él sorteó las resbalosas rocas de la orilla hasta llegar al lugar. Por el como quedó contemplándolo todos pensaron que se arrodillaría fascinado. Muchos ahí sintieron asco de él y siguieron con el trote, el mismo entrenador prefirió dejarlo ahí. Pero mi hermano no podría creer que alguien así pudiese existir y fue a buscarlo. Desde esta parte no recuerdo muchos detalles de lo que me contaron. Sé que mi hermano estuvo cerca y que puedo coger un par de piedras para espantar al perro que se abalanzó sobre Mantilla cuando este se le acercó creyéndolo muerto. Su grito de dolor hizo regresar al grupo que ya estaba muy lejos, lo que debe darte una idea de qué tan fuerte se escuchó su grito por todo el litoral. Mi hermanó lo ayudó a desprenderse del perro y se lo llevó casi a rastras. Cuando el entrenador llegó, se lo llevaron con urgencia al hospital.
Claro, hasta aquí parece que esa historia no tiene mucho de interesante, y no te culpo por pensarlo. Pero debiste haber estado ahí para ver lo que siguió. Ya no iba a la escuela y mucho menos a entrenar. A sus padres las habría importado poco, porque jamás asomaron por el colegio llevándolo o excusando sus inasistencias. Nunca más lo vieron por la escuela... las monjas debieron haberlo expulsado si es que acaso se enteraron lo que pasó.
¡Pues que no hay nada interesante, te lo dije, salvo eso! Su vida transcurrió en un ambiente muy oscuro y casi no asomaban la cabeza fuera de los entrenamientos. ¿Que cómo lo sé? ¡Ya te dije cómo lo sé, por mi hermano! Vienes aquí a preguntar por un ser repugnante y te enojas cuando te digo que en verdad es nada interesante y que más corrió la leyenda urbana de el poeta necrófilo que sacrificaba perros a la medianoche. Eso es una estúpida farsa. Nadie lo creyó capaz de esas cosas, quizás porque era muy cobarde.
Años después mi hermano se encontró con él mientras iba a visitar a su novia; lo encontró fumando un porrito debajo de la débil luz de un poste. Que qué se había hecho, que hace tiempo que te habías olvidado de los amigos, Perales, que date una vuelta por la casa, vamos, que te invito unos tragos, y por más que mi hermano quiso zafarse de su compañía, le resultó menos incómodo decirle que sí y aceptar su oferta que rechazarla.
El desorden de esa casa solo podía ser opacado por el hedor que impregnaba todo. Mi hermano intentó no poner una cara de asco y dejar que las náuseas le ganaran. Se sentaron donde pudieron, pero su incomodidad fue cada vez más grande. De la conversación, me contó muy poco, pero era inevitable que le preguntara por lo que le había pasado luego del incidente del perro. Así que él empezó a contarle que desapareció los días siguientes del planeta porque necesitaba escribir algo acerca de aquel perro y de su ataque, y le tuvo que soportar todas sus tonterías de poemas de perros que volvían de la muerte, del otro lado de la vida de los perros y del destino de los que eran mordidos por perros así. ¿Alguna vez te ha mordido un perro, Perales? Mi hermano le dijo que no. Entonces no sabes lo que es, a qué estamos destinados los que pasamos por esa experiencia fuera de lo común. Según le siguió diciendo, escribió desesperadamente todos esos días, en asquerosos "poemas" que le leía en voz alta. Cuando mi hermano ya se disculpaba para despedirse y largarse de ahí rápidamente, él lo atajo y le dijo si quería saber qué fue del perro que lo había mordido. Pero qué te pasa, Perales, que te veo pálido, le decía, deja que te cuente lo que pasó que no fue nada del otro mundo. Algo muy sencillo. Tenía que estar seguro de que ese maldito animal no tenía ningún bicho que me pudiera contagiar, así que fui a buscarlo aquella misma tarde y no paré haste dar con él. Caminé mucho, me costó, pero di con él. Esperó a que el perro de distrajera con algún resto de basura y se fue contra él con una botella rota entre las manos. Lo desangró... Sí, lo desangré, vi cómo se iba muriendo como iba moviendo sus patas hasta que ya no se movió más y su hermoso cuerpo inerte quedó ante mí, como una pieza de algún museo de rarezas. Sí, era hermoso, Perales, la cosa más hermosa que te puedas imaginar. Pero su destino ya estaba escrito, tenía que cortarle la cabeza y llevarla a algún doctor para que la examinara para saber si no tenía rabia o alguna otroa enfermedad que me pudiera pegar. Pero, qué te pasa, Perales, acaso no crees que hice lo correcto...
Luego ofreció enseñarle la cabeza del animal, que desde entonces guardó disecada en la cocina de su casa, pero el asco de mi hermano pudo más y se fue corriendo y tropezando con las mugres de esa casa en la clarioscuridad de la noche, se alejó hacia la casa de su novia.
Eso fue lo último que se supo de él. Mi hermano me contó esa hisotira hace unos años. Desde entonces tengo unos sueños enfermizos con la cabeza de ese perro y sobre esos poemas de Mantilla que no leí, pero que sé que fueron atroces y horrendos, algo que no era dignos de llamarse poesía. ¿A ese tipo de gente quieres buscar?, ¿crees que cuanto tu padre y yo te decíamos que no lo intentaras iba eso en broma? Pues tienes muchas cosas que aprender aún.