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miércoles, 5 de enero de 2011

Madrugada imperfecta


Terminé un trabajo y solo me falta el más gordo de todos: la redacción de un libro. Por ahora, estoy molido a palos y me voy a la cama, no sin antes dejarlos con el penúltimo bloque del último capítulo de la serie Los años maravillosos: el regreso de Kevin y de la siempre encantadora Winnie Cooper luego de haber estado chapando los dos en un establo.

Aquí debo hacer mención aparte a mi querida J., que se empeñaba en sostener que Kevin y Winnie no hicieron «cochinadas» en el establo. Bueno, con un caballo presente, ¿quién hubiese podido? Yo, terco, sostenía que Kevin y Winnie sí lo habían hecho. Una vez más, eso fue producto de mi ignorancia y prejuicios, ya que, en verdad, yo no había visto el último capítulo completo. Así que, ahora que ya lo vi, tengo que darle la razón a J., ya que no pasa nada, se abrazan, se besan, se secan, se resfrían y cambio de escena.

Por mí, me hubiese quedado toda la madrugada viendo esta serie, que es lo máximo, por donde se la mire.

Gran serie, gran recuerdo. Lamentablemente, el último bloque del capítulo, en todas las versiones, está con el audio bloqueado porque «contiene una pista no autorizada por la WMG». Capitalist pigs!


sábado, 31 de julio de 2010

La otra marcha (de otra bicicleta): el cuarto puesto



Recuerdo que esa noche tenía que haber regado las plantas de mi mamá porque estaba de viaje, pero la necesidad de ver a C. Y. era tan grande que no me cabía en el cuerpo. Frente a mí, la mesa de antaño, clavada en la sala de la casa; y yo, sentado y luchando por pegar la vista en el imposible cuaderno garabateado con signos de análisis dimensional, la veía. Estaba ella en todo, en la mancha de tinta, en mi ridícula ruborización, tan inasible como siempre. Aún era temprano y decidí ir a buscarla. Hoy sería una de esas noches en las que me aparezco con la excusa de llevarme un cuaderno para ponerme al día y me quedaría escuchando UB40 y jugaríamos «casino», «ocho locos» o «golpeado». Una vez más, le pediría que ponga «Can't help falling in love» y otra vez me quedaría callado, tan sólo contemplándola repartir las cartas y decir que me toca jugar a mí. Y yo seguiría callado con una sonrisa tonta mientras ella me mira y trata de no sonrojarse cuando sus ojos se topan con los míos.

Dejé las plantas sin regar, comprobé que mi papá estuviera dormido y salí en la bicicleta, rumbo a su casa; la tarea podría esperar. La excusa sería -¿por qué no?- ayudarla con los ejercicios de Física Elemental, que alguna vez me dijo no entendía muy bien. Salí de mi barrio durmiente y me interné en la carretera que salía a la autopista, la bordeé y crucé dos calles más para llegar al centro de la ciudad y a la vieja capilla adaptada como Municipio. Baches y más baches, llevaba buena velocidad, pero esta pista siempre fue difícil. C. Y. no tiene teléfono, y llegar así y en estas circunstancias es arriesgarse a un portazo de su padre, cosa que ya me había pasado una vez.

Contemplé la puerta vieja y descascarada en esta hora lechucera, tan fría y solemne, y ese poste de alumbrado público sobre mi cabeza se iba comiendo mi valor gramo a gramo. Los perros no me temen a esta hora, mi imagen nunca inspiró respeto, pero estando cerca de ella siempre me sentía mejor, más grande, un adulto tal vez, porque entre juego y juego y carta sobre carta jamás una palabra hiriente salió de sus labios o de los míos. Solamente nos dedicábamos a dejarnos vivir el uno al otro muy cerca, para sabernos felices. En su sala, horas sobre horas, sin tareas pendientes –o sin importar que lo estén-, descifrando uno a uno nuestros gestos. Y ahí aparece otra vez esa mirada de un brillante color café que me dejaba sentadito y luego ella buscaba para mí un vaso de agua.

¿Cuántas veces fueron, C. Y., las veces que entró tu impertinente hermano a sentarse con su amigo de la sonrisa perenne a jugar ajedrez al lado de nosotros? ¿Cuántas veces hablaron de cosas pueriles de escolares, aquellas de las que tú y yo nunca hablábamos? ¿Y cuántas fueron las veces que te burlabas de él por ser tan inmaduro, por mezclarse en nuestro juego sagrado, nuestro ritual de las noches? El frío me va abrazando y contemplo la puerta, con más desconfianza cada vez. Veo por encima de la pequeña rendija que tiene esa madera vieja, y la luz de la sala está apagada… puede ser que no esté. Pero ¿dónde podría estar? No acostumbra ir donde sus amigas a esta hora, pues ellas no tienen sus costumbres excelsas, aquellas que solo tenemos los noctámbulos comprometidos, de visitar a los amigos en la mejor hora del día para disfrutar de la música y del café… ¡Qué rico café preparas!

Es que han pasado tantas noches y yo aún así, sin decirle lo que ya no puede mi cuerpo soportar. Pensar en sus labios, trémulos e inocentes, en pasearme por su cabellera azabache, en su cuello de marfil y sus brazos tan delicados, tan míos cuando jugamos gallito y me doy la licencia de cogerle por breves instantes de la mano, y cómo ella la retira como si no quisiera descubrirse, como escondiendo la intención de su corazón… sé que ella también camina por mi misma orilla, sus ojos no me han mentido jamás, son dos manantiales cristalinos, dos espejos acuosos. Sin embargo, yo sigo aquí parado como un idiota a la puerta de su casa, sin alma, sin peso, ingrávido, esperando que un soplo me empuje a tocar la puerta, sin maltratarla mucho, porque se puede caer en pedazos y desintegrarse en mis manos, las mismas que ella sentirá por sus mejillas sonrosadas, buscándole el ósculo que ella y yo nos merecemos ya hace meses, en una de esas jornadas de Ocho Locos y UB40 que, por desgracia, acababan siempre con la inoportuna intervención de su hermano y de su amigo de la sonrisa perenne, hablando siempre de estupideces y fastidiando a mi C. Y. Voy a tocar.

Pero, en eso se prende la luz de la sala, se abre lentamente la puerta; el crujido de sus viejas tablas no me deja oír bien la tierna risita que sale del otro lado. Es C. Y., sale de la mano del imbécil de la sonrisa perenne, le besa en los labios y se despide de él. Al percatarse de mi existencia, me pregunta qué quiero y se lo digo: tu cuaderno de Literatura.

Llego a casa, derrotado, casi muerto y con el pantalón orinado por uno de esos valientes perros que rodea la quinta donde vive. Veo las macetas de mi mamá… y les paso encima las ruedas de la bicicleta.

La marcha de la bicicleta: el quinto puesto



Ya se había hecho costumbre que yo la acompañara a la salida del colegio. Ella, en su vieja bicicross y yo, a pie, a veces sosteniendo mis cosas debajo del brazo (o en la mano) y otras llevándolas dentro de la mochila. Sobré qué conversábamos, no lo recuerdo. Solo recuerdo que me gustaba escucharla reír; ella a veces me decía cosas, para mí era suficiente llenar mis oídos con la melodía de su voz, con su risa, con sus silencios.

Alguien creerá que para los 150 metros que caminábamos desde la salida del colegio hasta la inevitable esquina en la que me separaba de ella yo estaría exagerando si dijera que esa era mi escalera al cielo. Pues lo era, y quien no haya sentido eso alguna vez por nadie, no ha tenido vida.

Tampoco recuerdo todas las veces que quise tomar su mano entre las mías, o que quise sentir la calidez de sus mejillas afiebradas. Siempre fui un chico tímido, tonto, cabizbajo, cagado de miedo. Ella siempre fue callada, sonrojada, hermosa. Hasta entonces, mi imagen de ella en el lejano 1988 estaba inalterada, tanto como nuestro paseo de manos tomadas de 1989. Estaba borrada la tristeza de su ausencia en el segundo grado de primaria.

El último paseo fue el decisorio. Debí prever que pasaría, si ella siempre había puesto la bicicleta entre nosotros como la puerta que debía tocar, como la chaperona a la que debía pepear. Supongo que ha sido uno de los pocos momentos en que reunía los pedacitos de valor que tenía repartidos en todas las glándulas. No lo dudo, la primera parte fue un momento valiente: «Me gustas mucho». Claro que la respuesta que recibí no fue la que ni remotamente esperaba. Ella no dijo nada («nunca dijo nada», involuntario homenaje a Arena Hash). Solo subió a su bicicleta y se fue.

Antes de que lo consiguiera vino la segunda parte de mi declaración, la que pasa con la honorable ubicación número 5 de las peores humillaciones de mi corta vida:

-Por favor, no me rechaces.

Las ruedas de la bicicleta rodaron por la avenida Ramón Castilla.

Ahora, imaginándome en el diván de algún loquero local, concluyo que ese debe ser el origen de por qué nunca más opté por la declaración formal de mis sentimientos y opté por la más cómoda vía de la demostración fáctica de mis intenciones (a veces muy expresivas).

Años después, diez años después, cambié de estrategia y esta vez obtuve una respuesta: no. Ya no era el cándido y regordete niño de anteojos gruesos que iba al colegio, era el ávido lector de García Márquez que creía que un destino «florentinoaricístico» le correspondía, era un escapista de la Facultad de Derecho de San Parcos (y de una novia jurídica, ruin, hipócrita y convenida) y era un turista en ciudad ajena, en hotelucho con baño compartido. La busqué, esperanzado en que los capítulos más tiernos de nuestra relación, al menos en algún nivel onírico, estuvieran todavía presentes en ella. Claro está que me equivoqué.

Tres años después, ella volvió a mí. Salimos. Conversamos, ya como amigos, yo no quería ni podía aspirar a más. Me animé a preguntar, a riesgo de parecer un psicópata obsesionado con ella: ¿Recuerdas cómo jugábamos en el Inicial? ¿Nuestro paseo de manos tomadas de algún extraviado mes de 1989? ¿Me extrañaste durante el segundo grado en escuelas separadas? ¿Por qué saliste disparada en tu bicicleta seis años después? Para no asustarla, omití estas dos últimas preguntas. Con la respuesta a las dos primeras me bastó.

-¿Ah sí? Yo no recuerdo nada, amigo.

Ahí comprendí cómo era el asunto. Dejé de masajearle el cuello (pues le dolía), me levanté del sofá y me fui. Caminé hasta mi casa. Pensando en lo tarado que fui al creer que esos detalles tan nítidamente esculpidos en mi mente podían ser marmóreos en conciencias ajenas. Fue mi culpa. Querer mucho a veces es antihigiénico.

Sé que volvió a romper corazones después. Y en parte, eso también fue mi culpa.

La canción que elijo tiene un porqué que me guardo.

sábado, 20 de febrero de 2010

lunes, 23 de marzo de 2009

Pasan los niños


El más suculento de los naufragios es aquel que te entierra vivo en una isla llena de trampas, de trampas de la memoria, claro, las que hacen que te detengas y observes casi desconsolado, como si hubieses perdido una pierna o un pulmón, producto tan solo de ir creciendo, a los niños de un colegio pasar frente a la puerta de tu oficina.

En mi caso, tengo que lidiar con esto a diario, pues trabajo en un colegio y los petizos pasan y pasan riendo, jugando, en filas, saludando con un ruidoso "buenos días" o con un confuso good morning, más peruano que gringo, más español que británico. No puedo evitar verlos y sentir que el tiempo ha pasado raudo y peligrosamente hasta mis casi 27 años. Y advierto una perlita más: este año cumplo 10 años desde que egresé de la secundaria.

Entre los primeros que pasan todos los lunes hacia la loza deportiva donde llevan el curso de Educación Física hay muchos que me recuerdan a mí mismo en esos años: gordito, con la raya del peinado en el lado derecho, con gruesas gafas y con la botellita con agua de manzana. Aquí es común, todos estos niños, o muchos de ellos, destacan en alguna materia y sus padres los hacen estudiar aquí precisamente para que se perfeccionen, para que estudien cada vez más.

En mi colegio, sin embargo, quienes vestíamos ese uniforme con orgullo éramos catalogados como seguros candidatos al bando de los nerds y al aislamiento. Y como si eso no fuera suficiente, nos exponía como blanco fácil de los mas avezados de la secundaria quienes, sin perder una sola oportunidad, nos quitaban la lonchera, se burlaban de nuestra apariencia o simplemente nos sometían a tortuosos interrogatorios cuya única finalidad era erosionar a paso firme y rápido nuestra autoestima para que, llegados a secundaria, el pijama de "chancón" quedara a medida.

Heme entonces así, recién salidito del sexto grado, orgulloso habitante del primer año de secundaria, de gruesos lentes, camisa bien metida dentro del pantalón muy bien planchado por mi mamá, con el sello de "nerd" bien alto sobre la frente.

Los veo ahora a todos ellos. Salen de sus aulas, hablan de sus cursos, se ríen de sus propios chistes, pasan los demás y los miran, los juzgan en silencio, y siguen para adelante. A ellos no les importa, ellos siguen contando chistes sobre la tangente de 45º/2.

Lo importante en esta edad es encontrar un grupo en el que uno se siente completamente identificado y en donde sienta que puede ir evolucionando. Solo así se puede sobrellevar la tempestad de la adolescencia sin tantas heridas abiertas, y solo así uno se puede ir formando el carácter que lo definirá luego, frente a los demás, los que están listos para empezar a pintarte de muchísimos colores.

Y yo lo hice, tuve que amoldarme rápidamente a un grupo y buscar ahí la supervivencia. Gracias a eso, el gorrito de nerd no me quedó tan "justo", y gracias a eso también empecé a darme cuenta de que lo mío quizás no iba del todo por el camino de la ciencia, aunque la última de esas señales la recibí algunos años después.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Peligroso naufragio en el recuerdo de alguien que se fue


Trabajaba yo en Registros Impúdicos, me sentía bien conmigo mismo. Todo parecía seguir un cierto orden que se podía leer en mi mirada como una secreta y tibia sensación de bienestar, una franqueza en el brillo de las pupilas y una bien anclada certeza de superación (o de saber que he superado una terrible etapa) y la felicidad que una hermosa chica puede otorgar cuando ríe, cuando deja de reír, cuando canta o cuando (gracias a Dios) deja de hacerlo. Pero nunca faltan las nubes, la tormenta cíclica, el karma que vuelve como rejuvenecido por unas largas vacaciones. Y es cierto: las desgracias siempre te las traen las personas más despreciables… esa es su labor en esta pútrida sociedad.

A. P., soberano hijo de las tres mil al que aún algo de gratitud debo guardar, viene, riendo con sus amarillentos y brillosos dientes, a decirme “la última de P.” Maldije la tierra que lo vio nacer, maldije marcar (esto es recurrente) Derecho en vez de Literatura en la cartilla de inscripción al examen de admisión. Pues bien, me traía las últimas de P.: la patada que le dio a su novio en el paradero de la Universitaria, la vergüenza del pobre imbécil ese, que tiene la cara de petate (aquella mirada estúpida que lo hace perfectamente manejable por alguien tan inescrupulosa como ella). Yo, inerte, escuché, sonriendo taradamente como si Melcochita me contara un chiste, y ahogué la voz que dentro de mí gritaba: “Larga a ese pedazo de imbécil, por el amor de Alá”. Pero Alá no me ama, o al menos lo disimula muy bien. Escuché, me reí, disfruté la desgracia ajena. Él se fue ya inoculado el virus del recuerdo. Quise volver a mi curso normal de vida, pero ya no pude. Las cosas que más me trastornan de esta puta vida son dos: su nombre y la facultad de Derecho de San Parcos, dos caras de la misma mierda.

Sobreviví a ese golpe; salí del shock días después, y de los que luego vinieron (que no por posteriores fueron más fáciles de asimilar; como en todo, la experiencia es completamente inútil). Pero la herida volvió a abrirse, las costuras de esa extirpación sangraron escribiendo en cada centímetro de piel ese doloroso nombre, así que tuve que vomitar todo en un conato de novela que el destino (y mi estupidez) se encargaron de borrar de mi fiel PC.

Pasaron los años, nuevas heridas quedaron abiertas, de menor intensidad, luego olvidadas, molestaron por un momento, mas seguí el curso “normal” de mis días y me enterré en la más aséptica rutina que me hizo olvidar su nombre, su rostro y la falsedad de sus palabras. Pero ahora que cuelgo el teléfono vuelve este viejo y conocido fantasma a alterar mi volátil existencia, en esta ocasión, de la mano de un SMS (compruebo apenado lo alcahuete que es el celular) que rezaba: “Adivina con quién me encontré”. A A. H., mi querida ministra, no la puedo culpar del descalabro que causó (es la una y no puedo dormir), pues hemos pasado tanto tiempo lejos uno del otro que era imposible que al menos lo sospechara. Por suerte, ella se portó (delante de P.) a la altura de las circunstancias: evitó el tema, la paseó con evasivas (como Nixon ante Frost) y dijo que me había visto solo una vez y que había pasado mucho tiempo de eso, que no sabía qué era de mi vida. Eso estuvo bien. No me gustan esas defensas tontas que algunos suelen dar: “Le va regio”, “Está genial, muy bien, siempre conversamos…”.

Gracias por eso, creo que esa gratitud es suficiente para poder conciliar el sueño en la siguiente media hora.

sábado, 19 de abril de 2008

Lonche en el parque


¿Sabes? Me parece recordar que era muy común que corriéramos a alguna panadería para comprar algunos panes y algún embutido telúrico y engañar al estómago con ese simulacro de lonche acompañado de algún líquido no transparente. Entiéndase por esto leche, jugo de naranja, yogur o cualquier otra cosa que baje sin macerar dentro de las tripas (es más: la leche te arranca hasta las tenias). Esa práctica tan difundida no la compartí yo con ningún compañero de universidad, o quizás con uno y otro. Más la compartí con los muchachos, sí, ya te los presenté a todos. Bueno, faltaría dos… pero no creo que los quieras conocer.

Pero todos ellos son de Letras, la casa adoptiva, el mar donde van a morir todos los ríos. Disculpa las frases huachafas. A veces no las puedo evitar. Con ellos conocí esta ceremonia, incompleta siempre que no hubiera un buen tema del cual charlar por horas, hasta agotar el litro de leche, el galón de jugo, hasta que hiciera frío o dieran las doce de la noche. Lo primero que llegara.

Pero ya desde hace mucho que no soy universitario, y veo muy nebuloso el camino como para volver a las viejas andadas. Y aun así volviera, ya no sería lo mismo, pues con nadie dentro de ese nido de ratas he creado camaradería como para darme los lujos de caminar sin destino o ir a tirarle piedras al mar cuando el sol asomara somnoliento debajo de la nube de contaminación. Volver a la universidad no será para mí ningún motivo de nostalgia. Por el contrario, será un motivo de permanente angustia.

Pese a que tomé la decisión de vivir cerca de la universidad para intentar economizar en pasajes. Aunque esa decisión también fue tomada porque estaba cerca de mi trabajo. Mas mi trabajo se muda otra vez al centro, y lo que gano en felicidad de volver a la infernal calle Azángaro, lo pierdo al saber que mi pasaje se incremente en un 100%. Gajes no del oficio, sino de la vida. Por favor, pásame ese pan árabe.

No importa, esas cosas se pueden superar. Se pueden superar fácilmente, sin ponerse muy sabrosos pensando en que uno dentro de poquísimos años ya bordeará los treinta y que ya no se es el mismo mocoso de hace ocho años. Por cierto, hace dos días que se cumplieron ocho años exactos de mi primer día de clases en la universidad. No, no soy un rezagado de mi clase, el monse que no patereó con los profes para aprobar. No. Soy el que pateó el tablero, mandó a la mierda esa carrera originaria de ese lugar y se fue a condenar su alma en aras de la literatura. A la que, me avergüenza confesarlo, le estoy fallando mucho. Invítame un poquito de chocolatada.

Volver es simplemente una jugada estratégica, y porque la vida a uno le enseña a tragar mucha basura sin masticar.

Sí pues, hace tiempo que no comparto más que unas cuantas palabras entrecortadas con los muchachos, y nada más. Y contigo sería lo mismo si no fuera por estas escapadas que de vez en cuando nos podemos dar, en el poco tiempo que a mí y a ti nos queda. No, no creo que sea una pena, simplemente es algo circunstancial. Lo realmente provechoso de todo esto es el tiempo que conversaremos de nosotros mismos, total, sobre eso se dice que se construye algo, por más que ahora tenga más ganas de destruir… sí, no me volvieron a pagar. Tengo serios motivos para no volver a poner un lugar fuera de mi cuarto. Sí, ese también es un motivo, pero hay otros más urgentes. Ya te dije, ese también es importante para mí, porque es algo muy especial que me comprometí a darte.

Lo importante de esta vez es que tú estás más atenta a los detalles que a mí se me escapan sobre todo por apatía. Sí pues, apatía de no querer vivir. No me mal interpretes… es algo que no quisiera explicar ahora. Es solo preocupación y tú lo sabes. Una de esas veces que me abstraigo y no veo, por ejemplo, un cartel de una habitación en Pando III donde se ofrece hasta baño propio, ¿puedes creerlo? Bueno, bueno, ¿quieres ir a verlo? Vamos pues.

lunes, 14 de abril de 2008

Dos años y estos son los resultados


La llegada a mis oídos de la canción “Ya no sé qué hacer conmigo” del Cuarteto no ha podido ser más precisa, no solo por la letra, con la que me identifico en algunas cosas, sino porque renueva un poco el espectro de sonidos que han venido resonando en mis constipadas orejuelas. Constipadas por la gripe, ¿no he dicho aún que tengo gripe? Producto de la desesperación, del no querer ser, de la anulación automática de toda esperanza. Así he llegado, como obligado a una misa. Perdón, padre.

Tengo espíritu de buhardillero, pero esto no es París, mucho menos una fiesta, es Lima, y es una mierda, ese escupitajo no es al cielo, tampoco al lugar donde trabajo. Es solo retórica, barata, escuálida, callejera, putrefacta. Pero el espíritu lo tengo, y la rabia también, ahí no vemos cuando viva solo, dentro de pocos días, con frío, con hambre y sin internet. Lo otro a la mierda, pero… ¿y sin internet? ¿Por qué? Tranquilidad joven, joven padawan, aún hay solución para eso. Solo hay que esforzarse un poco más que de costumbre. No, no es la muerte, es algo más sublime, quizás. Alguien dentro del público dice disciplina, hay, la palabra causa un poco de comezón, urticaria, urinaria mejor, acabo de recordar que tengo que ir al baño… Toledo, espérame.

Con la conciencia ya tranquila vuelvo a estas líneas, sí, sí me lavé las manos, qué creen, si no, no agarro el teclado, habrasen visto, lisura, a prender fuego a dos velas a incinerar 731 días de Reo Libre, Náugrafo en la web, pero, a manera de autocelebración recordaré que:

En mayo publiqué un cuento que todos pensaron que era
algo que le hice a mi hermana.

En junio publiqué una nota que me gustó mucho vivirla, en la
Rue Azángaro del centro.

En julio recordé que alguna vez la vida fue
color de rosa, pero guardad el secreto.

¿Cómo olvidar que
agosto nos dejó un gran susto, gran dolor para otros en este mes?

Horrible mes el de septiembre,
salud por eso.

En octubre
me tomé un jugo gratis.

En noviembre empecé una relación que me hace
soñar a veces demasiado.

Y por eso en diciembre era el
rey, de la chatarra.

En enero me tomé un tiempo para volver
al origen.

No solo vi a Collective Soul, también vi
pandilleros peleándose, pero eso no era novedad.

Sin mp4, me dediqué a devorar la música que cayera en mis orejuelas, aunque doliera. Fue el mes de marzo el que más notas produjo.

Y en abril
empezó una campaña urgente de búsqueda de casa.

Así llegué al segundo año de blogueadas y mongueadas, entré al ranking de Perúblogs, y ahora fluctúo por el puesto 348, aunque llegué a la increíble cifra de 302, pero fui tan piña que solo duró unas cuantas horas. En fin, a qué se deberá, no sé, la gente entra, lo veo en las cifras, pero no comenta, o sea que entra de champa y salen espantados… no los culpo.

Pero qué importa. Son dos años, y seguirán, aunque ya no tenga internet en casa. Hasta mañana.

martes, 1 de abril de 2008

Reo Libre Unplugged IV recuerda

1995 (pero la canción es de 1992)



La vida está llena de evocaciones de momentos, no precisamente los mejores, pero sí los que más firmemente quedan en la memoria. Para mí 1995 será siempre un año puzzle, donde tengo todas las piezas pero que siempre forman una figura distinta.

La música, dicho sea de paso, por esa época no era precisamente mi fuerte: escuchaba lo que cualquiera en una radio provinciana o en Panamericana (la Panamericana de esos años) podían pasar.

No sé si esta canción sea de este año, pero cuando anoche la escuché desde la pequeña radio del cuarto de mi hermana, regresé a trece años antes, cuando empecé a darme cuenta de todas las cosas de las que me protegió mi familia por tanto tiempo. La pubertad me atacaba furiosamente (que no es lo mismo que cinco dedos de furia, no) y la oscuridad de los atardeceres me sorprendía con el viejo uniforme plomo puesto: mamá andaba mucho de viaje. Lo que no dice nada malo de papá, en verdad, solo que... claro: es papá.

Él, como siempre, muy ocupado en el taller; yo aprendí a caminar de noche con los amigos. Y por donde iba, la canción de Fabulosos Cadillacs, Manuel Santillán, me acompañaba. tal vez solo por coincidencias... alguien por aquí me sopla que esa canción es anterior a 1995, pero eso ahora no tiene mucha importancia (aunque alguno ya dirá que el disco El león de LFC es del año 1992, lo cual es muy cierto). Para mí esa es una de las canciones que más escuchaba, al parecer, con tres años de retraso.

Con ella evoco ese año fraccionado entre una nueva soledad (esta vez influenciada por hormonas revueltas), el colegio en una nueva etapa, la sensación de haber aterrizado de poto en la legión de nerds y bueno... las primeras y terribles inquietudes del corazón.

Rastros de quien era yo, la misma persona de ahora, las tareas de medianoche, el cuaderno de historia al día, el acercamiento y aborrecimiento del álgebra, el temblor de septiembre, Gian Luca... en fin, cosas de mocoso. Ya pasó. Respira hondo.

jueves, 20 de marzo de 2008

Nach Russland mit Nostalgie (Для Джонатан Мендоса, с любовью)

En el colegio, muy de vez en cuando, solía sentarme con Jonathan a la hora de arte. Antes de que nos juntaran en un salón, en tercero de secundaria, poco o nada sabía de él; luego nos hicimos amigos.

No sé si instado por otros amigos míos, o por propia iniciativa, Jonathan hizo algo que no esperaba jamás de alguien, un gesto de amistad que, a pesar de la expresión adusta que tuvo en el rostro cuando me lo dijo, no se obtiene así nomás de ninguna persona. Ese año fue el último que lo compartí con él. Corría el mes de septiembre de 1999.

Tiempo después me enteré de algo extraordinario: Jonathan había ganado una beca para estudiar Medicina en Rusia, en la Universidad I. M. Sechenov, de Moscú. En el aeropuerto, cuando unos amigos más y yo lo despedimos, tenía una triste certeza de que jamás volvería a verlo. Quizás eso y mi creciente dejadez por mantener lazos de amistad con gente que realmente importaba hizo que yo, cuando él me escribía aún desde Moscú, contándome entusiasmadamente sobre cómo le estaba yendo en sus estudios de Biología (en ruso), de cómo se iba sacando la дерьмо para aprobar los cursos que solo se dictaban en ruso, idioma que aún no dominaba del todo, yo no contestara sus correos.

Ese silencio duró algunos años, dos para ser precisos, cuando (el mundo es muy chico) su tía, vecina mía, compañera también de colegio y vieja conocida, que estudiaba en la misma facultad que yo, me avisó que Jonathan estaba en Perú y estaba de vacaciones. Lo llamé pero él prefirió que no nos viéramos, ya que tenía poco tiempo. Creo que me lo tenía bien merecido: dejé que el tiempo pasara sin escribirle una sola слово. Cuando lo vi en Panorama me preocupé, no eran buenos tiempos para los peruanos allá en Rusia, había pasado poco tiempo desde que una
bailarina peruana había sido asesinada allá. Aún así no le volví a escribir.

Han pasado ya casi ocho años desde la última vez que lo vi, despidiéndo
se de su mamá, de su hermano, y de nosotros en el aeropuerto Jorge Chávez, más de cinco años desde la última vez que pude terminar un intento de escribirle una carta y desde que me choteó (merecidamente) por el teléfono y abrí un domingo (el 16 de marzo de este año) El Comercio y me doy con la amarga sorpresa de que las miopes autoridades de educación peruana podrían no aceptar el título de médico que mi recordado amigo traerá desde Moscú. Y eso me parece una дерьмо imperdonable. En buen limeño: Una MIERDA imperdonable.

Tenía noticias de que esto había pasado ya anteriores veces con gente que venía de posgrados en el extranjero y que eran rechazados aquí en el país por un absurdo trámite burocrático. Muchos de ellos trabajan ahora fuera del país, en lugares que sí aprecian el verdadero valor de la educación. Como Jonathan, que siempre tenía una pregunta, hasta de lo más graciosas. La injusticia con la que el país lo trata quizás ya no le importe mucho. Lo peor para mí es que creo que ese terrible presentimiento de la adolescencia se cumpla, y te seguiré debiendo el favor en Huaraz, Jonathan, seguiré preguntándome por qué a ti sí te salía pintar un lago y a mí ni mi más osado intento, seguiré diciendo que only no es el adjetivo alone.

Seguiré, porque no me queda al parecer más remedio, recordando la encerrona con Rafa, Gis y él, cuando participamos en un ridículo concurso de carteles en el concierto, que por cierto perdimos. Los cuatro con inclinaciones artísticas, jamás pudimos ponernos de acuerdo (del todo) para plasmar una idea en el cartón. Pero al final pudimos armar algo. Que qué es lo rescatable de esa tarde: la más preciosa conversación que jamás tuve en el colegio con los tres amigos que perdí, la única de nosotros cuatro juntos y sin nadie más para interrumpirnos. A ninguno de ellos veo ahora, y ninguno de ellos lee esta columna, lo que no es raro, para ser sinceros.

Rafa ahora es periodista; Gis, profesora de inglés; Jonathan, pronto médico graduado en Moscú, varado en esa hermosa ciudad, y yo… escribiendo esto, desde Lima, con amor.
Nota: El título está en alemán y ruso, a ver si mi amigo da con la nota.

domingo, 2 de marzo de 2008

Fall is coming soon

El salvaje mes de febrero ha terminado. Con él dos de los conciertos que pueden mantener tranquilas a las hordas rocanroleras por un buen tiempo: el concierto de Deep Purple y el de Collective Soul. Pero no se preocupen, hay más. Una banda ochentera nos visita: The House of Love. Este dato ya lo había leído en Correo hace unas semanas, pero igual comparto la nota que encontré en lo de Manzarock.

Otra banda, pero esta ya caserita, es
Lucybell, que viene otra vez, ahora para promocionar nuevo disco. Y no queda ahí: Moenia, al mes siguiente. Así que el que quiera, tiene por donde escoger. Estas tres bandas se presentan en el Vocé. Más información en http://www.popartperu.com/. Ah, verdad, también llega Sepultura, con el vocalista original, no sé, ya... tarea para la casa.

Espero que igual se confirme lo de The Cure. Ahí sí que voy calato. Creo que es ya lo dije demasiado.

Así que musicalmente estamos de suerte, espero que esta suerte también nos acompañe en otras cosas. Por lo pronto yo estoy saliendo de la vorágine del verano y de las amanecidas chambeando y me meto a otra más peligrosa: la universidad. Esta decisión de retomar los estudios es algo que no me dejará tranquilo jamás. Mataré esa pulga rebelde escribiendo un poco.

Fall

Y bueno, el otoño ya está cerca. De fondo escucho esa canción de Fossil que tanto me gusta: Fall
.





Aquí un extracto de la letra:


leaf crawl
insect
perfect
gloves, a scarf and hat
bone
crack
hollow
wind blow
sunlight daydreams the past
fall is here
again
stirring up the leaves
my heart and head...


En fin, este mes marca el inicio de una nueva etapa que no sé si me caerá bien o no, pero ya me lancé otra vez a la piscina. Se revuelven las hojas en mi cabeza y mi corazón.

jueves, 14 de febrero de 2008

Valentín con todo y plumas


Y no hay mejor aliado a mi mortal carrera hepática hacia la cremación que aceptar (casi impositivamente) una fecha del todo artificial, superflua y prescindible, motivo absurdo solamente para gastar y gastar (siempre y cuando te dejes “gastar”, claro): el querido Valentín.

–Be my Valentine! –Shut the fuck up you mother fucker!

Tranquilo, Christian, ya no reniegues tanto, que te puedes herniar. Es que son las fechas… carnavales, Valentín, playa contaminada… es demasiado. Pero el año pasado estuve bastante lejos de todo eso. En Córdoba, la segunda ciudad más importante de Argentina, las cosas fueron muy tranquilas para mí. Más que tranquilas, catastróficas. Déjenme exponerlo así: una ciudad plagada de chicas hermosas, inmigrante misio, sin muchos conocidos, solo en el día de San Valentín, con un amigo (peruano, misio, cohabitante del mismo cuarto) al lado. No me quejo de la compañía, pero... creo que no era la más idónea.

–¡Pero también es el día de la amistad!
–Por favor, alguien mate a ese que grita esas cosas y luego, cúlpeme.


Ciertamente, L6, así que vamos a tomar unos vinos a Nueva Córdoba. Dale, vamos. El ambiente por el dichoso Valentín no fue muy distinto a cualquier otro día: los vendedores ambulantes no atiborraron la ciudad, el centro ya está bastante nutrido de ellos, los vendedores de flores eran los mismos, y vendieron también lo mismo. El vino nos llama.


Ese tipo de soledad importaba muy poco si pensábamos que solo teníamos cuatro días de vivir en la ciudad de Córdoba, y que todo era muy nuevo como para rechazarlo. Feliz día de la amistad, chalaco.


Un año después, es la primera vez que me agarra esta fecha con alguien al costado (el 2006 estaba solo; antes de eso, prefiero no recordar), y aunque traté de convencerla de lo frívolo, vulgarmente consumista, imperialista, capitalista, convencional e innecesaria que es esta fecha, con una sonrisa y una mirada, me apuñaló con una flecha de Cupido. Perdonen la salivacíón... no es oligofrenia.


Dicen que el peligro de enamorarse es altamente económico. Pues yo creo que el mayor peligro de enamorarse es darse cuenta que todas las "convicciones" que uno puede tener se pueden ablandar terriblemente tan solo por ver a la persona que quieres sonreír. ¿Será así o es que me estoy quedando sin voluntad? Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.


Maldito Valentín para quien quiera. ¿Alguien se acordara del mártir cristiano que dio origen a esta fecha? Al menos, préndanle una velita misionera, donde sea, en una iglesia, en un mac donald, en el lugar de cable y agua caliente, en el cine, en el restorán. Acuérdate, no seas ingrato.

lunes, 7 de enero de 2008

Macondo


Volví al origen luego de mucho tiempo: Paramonga, aunque solo por unas horas, nada más. Yo siempre he afirmado que soy paramonguino, pero me sentí vergonzosamente limeño cuando creí que escucharía la Charla Dominical de Filarmonía durante el viaje: ya en Pasamayo solo escuchaba estática en donde deberían estar las emisoras limeñas. Lo pensé mejor: no, limeño, no; quizás sí un poquito desubicado.


Y olvidadizo, pues ya no recordaba la ruta hacia el Norte. Los desiertos y la gente de carretera, los vendedores de comida de los pueblo y las ya clásicas señoras de los alfajores. Sentir otra vez el aire desértico del mediodía, y ver cómo los pueblos pasaban en una triste procesión a ambos lado de la Panamericana me hicieron recordar viejas jornadas en el carro de mi hermano, cuando conducía hacia Lima, o yendo más atrás en el tiempo, las veces que con papá salíamos temprano los domingos hacia Lima para visitar a mis hermanos en la vieja casa de Palau. Como se habrán podido dar cuenta, soy bastante nostálgico, no me avergüenza admitirlo.


Pero mi viaje a Paramonga de romántico solo tuvo unos cuantos minutos, porque cuando comprobé que lo que conocía seguía en lo mismo, solo que desgastado o habia cambiado, y para mal, todo volvió a ser como los anteriores viajes que me llevaron de regreso al pueblo que me vio nacer. Aunque ver a mi familia ahí, quemándose con el sol y pasando bonitos días de verano todos juntos me hizo creer que era la misma Paramonga de siempre.


Sin embargo, los ecos de las paredes vacías de mi casa me recordaron que casa ya no es mi refugio de los días de colegio, mi castigo los fines de semana, mi palacio cuando dibujaba, que ya no era el hogar de 1998, que todo estábamos ahí de paso, que todo era ya impersonal, aun estén los simios ahí. Eso sí, me alegra que los primates ya conozcan Paramonga, y que sepan algo del origen familiar. Ojalá disfruten su semana allá.


Por mí ya no me preocupo, lo tengo claro: la Paramonga que quiero solo habita en mis recuerdos.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Wir lieben Maja (Ein klein Abschied)



En algún punto de mi historia infantil me enamoré de la Abeja Maya. Sin saber que era alemana, y antes que empezara a detestar a los que profanaban su nombre con el popular sonsonete «Maya, Maya, se tira un pedo y se desmaya», supe que ella era buena, supe que la quería, que si la abejita lloraba, yo lloraría con ella.

En otro punto, también lejano, alguien puso en mis manos uno de esos antiguos peluches, que estaban rellenos de bolitas de tecnopor, claro está, era un peluche de Maya. Lo cargaba a todos lados, hasta convertirla en mi juguete preferido. Así empezó todo con Maya: la tele, en los lejanos 80 y ella, el peluche, saltando entre los sueños de mi cabeza.

Pero como todo en la niñez pasa, también pasó ella. Las mañanas del canal cuatro pronto se vieron vacías de abejas, que fueron reemplazadas por mosqueperros, gatos samurai, focas bebé y sirenas enamoradas. Fábulas del verde bosque al carajo, yo quería mi abeja. El peluche, como todo lo que caía en manos de mamá, fue a parar a la cápsula del tiempo de los recuerdos familiares.

La primaria, Liveman, Saint Seiya y Fujimori me hicieron olvidarte, Maya, y no fue hasta hace poco que investigando en este aparatejo supe que ella seguía viva, que en Alemania no había perdido la vigencia que aquí tantas oleadas de mugre hicieron que la perdiera. Maya descansón tranquila hasta que en 1999 la encontré de nuevo, sin un ojo, pero aún con su sonrisa primaveral intacta. Maya, querida Maya. Ay de aquellos que profanaron tu nombre.




La universidad, el sexo, el alcohol, el puto Derecho, la mierda de San Marcos (o sea, su mezquina Facultad jurídica) y el roche de tener más de 18 años te volvieron a hundir en el olvido, Maya. Una vez más, una mano diligente te resguardó del polvo, del vejamen, de la infamia. Pero no de las polillas, querida.

Como alguien alguna vez mintió, recordar es vivir, le pregunté a mamá, si allá en la lejana y nostálgica Paramonga había aún una abeja que esperara por mi llegada, y me dijo que las polillas habían dado un trágico fin a mi abejita, como si fueran moiras ácidas, la devoraron, intentando quizás también arrancarla de mis recuerdos. Pero no podrán... ¡No podrán matarla!

Liebe Maja, ahora descansas en paz. No me quedas tú, ni Chubaquita, que debe andar con gonorrea deambulando por el mundo. Solo me queda un frío muñeco He-Man. Maldito sea el que se llevó mi Skeletor. He intentado olvidarte y no lo consigo. Menos aún si Seinfeld produce una película de abejas que tuve la dichosa idea de ir a ver.

Nada que ver contigo, tierna Maya. Estas abejas eran muy posmodernistas. Muy s. XXI, muy Fukuyama, muy Disney, muy download of this page. Muy tierna a veces, tan leguleya en otras, terriblemente neoyorquina en muchas oportunidades. Tan Seinfeld, tan gringo, graciosa sí, pero tan de ahora que no hacen más que agigantar el vacío que has dejado, Maya, al menos en esta parte del Hemisferio Sur.


sábado, 6 de octubre de 2007

Mantilla y su cabeza de perro


Yo no conocí a Mantilla, pero si me hubiese topado con él, es muy probable que me hubiese quedando observándolo con la boca abierta. como un mocoso asustadizo y curioso que no puede apartar la mirada de aquello que lo aterra y por lo que no puede evitar sentir alguna fascinación... y también repudio, pero eso vino después.
Cuando escuché su historia (es decir, aquello que ahora me tiene aquí a medianoche contándotela), yo llevaba unos veinte años sin volver al pueblo. Mi hermano se estableció allá, cerca al mar, con una vista que antes hubiese parecido muy alentadora (una fábrica produciendo y produciendo productos cáusticos que le dieron de comer a toda su familia), y que ahora, solo es un cielo rojo, una fábrica oxidada que se hunde a orillas de un mar verde, oscuro y espeso. Sé que mi hermano debe estar viendo ahora por su ventana, con sus pulmones llenos de mercurio, con las uñas escamosas y recordando cuando corría por la playa entrenando básquetbol en el mismo equipo que Mantilla. Oh, sí, lo debe estar recordando porque luchaba con él el mismo puesto de pivote de la selección del colegio.
A todo esto, hasta ahora no me dices por qué preguntas tanto por Mantilla. La verdad que si no hubiese sido por eso su vida no tendría relevancia alguna para el mundo. Sí, ya sé que es duto escucharlo, pero alguien te tendría que decir la verdad. Hay muchos poetas más interesantes que él en un bar, en un puterío, o en un salón de clases. Y no es para que me mires de ese modo, te digo las cosas no como las pienso yo sólo. Desde ese entonces su poesía, me decía mi hermano, era mal vista, sobre todo porque se puso terco en escribir sobre muerte y necrofilia en un colegio de monjas. Puta... no jodas, pues. No es que sea un mojigato. Que la poesía se expanda y encuentre nuevo rumbos me tiene sin cuidado. Me llega, me da igual si se escribe sobre la bella silueta de una mujer o sobre la cabeza aplastada de un animal muerto sobre el asfalto. No me jodas. Pero jamás aprobaré eso que hizo.
Casi me olvido, ¿ves cómo me distraes? Mi hermano, en esos tiempos que se levantaban a las cinco de la mañana para recorrer los seis kilómetros de litoral que habiá en el pueblo. Por ese entonces la fábrica no paraba nunca y el mar no estaba tan contaminado. Al menos tenían la decencia de no botar sus desperdicios ahí, sino en algún tipo de pozo, no recuerdo bien. Sin embargo había una zona de la playa que literalmente olía a muerte. El entrenador evitaba siempre pasar por ahí, así que cuando estuvieron muy cerca ordenó a la muchachos detenerse, descansar, y luego seguir el recorrido en la dirección contraria.
Sin embargo estaban lo suficientemente cerca como para que se sintieran los pútridos vapores de los cuerpos descomponiéndose entre sales, gallinazos y algunos restos de soda cáustica. Dicen que Mantilla no pudo soportar la tentación de acercarse. Pese a las llamadas de atención del entrenador, él sorteó las resbalosas rocas de la orilla hasta llegar al lugar. Por el como quedó contemplándolo todos pensaron que se arrodillaría fascinado. Muchos ahí sintieron asco de él y siguieron con el trote, el mismo entrenador prefirió dejarlo ahí. Pero mi hermano no podría creer que alguien así pudiese existir y fue a buscarlo. Desde esta parte no recuerdo muchos detalles de lo que me contaron. Sé que mi hermano estuvo cerca y que puedo coger un par de piedras para espantar al perro que se abalanzó sobre Mantilla cuando este se le acercó creyéndolo muerto. Su grito de dolor hizo regresar al grupo que ya estaba muy lejos, lo que debe darte una idea de qué tan fuerte se escuchó su grito por todo el litoral. Mi hermanó lo ayudó a desprenderse del perro y se lo llevó casi a rastras. Cuando el entrenador llegó, se lo llevaron con urgencia al hospital.
Claro, hasta aquí parece que esa historia no tiene mucho de interesante, y no te culpo por pensarlo. Pero debiste haber estado ahí para ver lo que siguió. Ya no iba a la escuela y mucho menos a entrenar. A sus padres las habría importado poco, porque jamás asomaron por el colegio llevándolo o excusando sus inasistencias. Nunca más lo vieron por la escuela... las monjas debieron haberlo expulsado si es que acaso se enteraron lo que pasó.
¡Pues que no hay nada interesante, te lo dije, salvo eso! Su vida transcurrió en un ambiente muy oscuro y casi no asomaban la cabeza fuera de los entrenamientos. ¿Que cómo lo sé? ¡Ya te dije cómo lo sé, por mi hermano! Vienes aquí a preguntar por un ser repugnante y te enojas cuando te digo que en verdad es nada interesante y que más corrió la leyenda urbana de el poeta necrófilo que sacrificaba perros a la medianoche. Eso es una estúpida farsa. Nadie lo creyó capaz de esas cosas, quizás porque era muy cobarde.
Años después mi hermano se encontró con él mientras iba a visitar a su novia; lo encontró fumando un porrito debajo de la débil luz de un poste. Que qué se había hecho, que hace tiempo que te habías olvidado de los amigos, Perales, que date una vuelta por la casa, vamos, que te invito unos tragos, y por más que mi hermano quiso zafarse de su compañía, le resultó menos incómodo decirle que sí y aceptar su oferta que rechazarla.
El desorden de esa casa solo podía ser opacado por el hedor que impregnaba todo. Mi hermano intentó no poner una cara de asco y dejar que las náuseas le ganaran. Se sentaron donde pudieron, pero su incomodidad fue cada vez más grande. De la conversación, me contó muy poco, pero era inevitable que le preguntara por lo que le había pasado luego del incidente del perro. Así que él empezó a contarle que desapareció los días siguientes del planeta porque necesitaba escribir algo acerca de aquel perro y de su ataque, y le tuvo que soportar todas sus tonterías de poemas de perros que volvían de la muerte, del otro lado de la vida de los perros y del destino de los que eran mordidos por perros así. ¿Alguna vez te ha mordido un perro, Perales? Mi hermano le dijo que no. Entonces no sabes lo que es, a qué estamos destinados los que pasamos por esa experiencia fuera de lo común. Según le siguió diciendo, escribió desesperadamente todos esos días, en asquerosos "poemas" que le leía en voz alta. Cuando mi hermano ya se disculpaba para despedirse y largarse de ahí rápidamente, él lo atajo y le dijo si quería saber qué fue del perro que lo había mordido. Pero qué te pasa, Perales, que te veo pálido, le decía, deja que te cuente lo que pasó que no fue nada del otro mundo. Algo muy sencillo. Tenía que estar seguro de que ese maldito animal no tenía ningún bicho que me pudiera contagiar, así que fui a buscarlo aquella misma tarde y no paré haste dar con él. Caminé mucho, me costó, pero di con él. Esperó a que el perro de distrajera con algún resto de basura y se fue contra él con una botella rota entre las manos. Lo desangró... Sí, lo desangré, vi cómo se iba muriendo como iba moviendo sus patas hasta que ya no se movió más y su hermoso cuerpo inerte quedó ante mí, como una pieza de algún museo de rarezas. Sí, era hermoso, Perales, la cosa más hermosa que te puedas imaginar. Pero su destino ya estaba escrito, tenía que cortarle la cabeza y llevarla a algún doctor para que la examinara para saber si no tenía rabia o alguna otroa enfermedad que me pudiera pegar. Pero, qué te pasa, Perales, acaso no crees que hice lo correcto...
Luego ofreció enseñarle la cabeza del animal, que desde entonces guardó disecada en la cocina de su casa, pero el asco de mi hermano pudo más y se fue corriendo y tropezando con las mugres de esa casa en la clarioscuridad de la noche, se alejó hacia la casa de su novia.
Eso fue lo último que se supo de él. Mi hermano me contó esa hisotira hace unos años. Desde entonces tengo unos sueños enfermizos con la cabeza de ese perro y sobre esos poemas de Mantilla que no leí, pero que sé que fueron atroces y horrendos, algo que no era dignos de llamarse poesía. ¿A ese tipo de gente quieres buscar?, ¿crees que cuanto tu padre y yo te decíamos que no lo intentaras iba eso en broma? Pues tienes muchas cosas que aprender aún.

lunes, 6 de agosto de 2007

Ya son 25... Una autorreventada de "cuetes"

Señores: Reo Libre cumple el día de hoy 25 años de existencia, y no es que tenga muchas ganas de celebrarlo, pero a modo de "autohomenaje" quiere hacer un pequeño recuento de los acontecimientos más importantes de su vida año a año. O al menos de los más curiosos.

Aquí va entonces.

1982: echen paja

Evidentemente, nacer, qué otra cosa si no. El 6 de agosto, el último de cuatro hermanos. El último pujo, dijeron algunos. Que ni siquiera fue pujo. Mi mamá ya tenía más de nueve meses de gestación y yo aún no quería salir del vientre, de ahí viene mi afición por quedarme en cama durmiendo (o leyendo). El médico le dijo que yo ya tenía que dejarme de h... No, en verdad, el médico no le dijo eso, pero por poco. No estaba en posición y por eso a mi mamá le tuvieron que hacer una cesárea, así que abrieron a mamá como un melón para sacarme de mi letargo acuoso. Para mi mal.

1983: la primera fiesta

De esta fiesta... qué puedo recordar, no sean malos, cumplía recién uno. Pero de las fotos, puedo rescatar la imagen de Silvia, la chica que me cuidaba. Me tuvo impecable todo el tiempo. Pero claro, a mí nunca me gustó lo apolíneo, así que me entregué generoso a las manchas cumpleañeras. ¿Qué será de la vida de Silvia ahora? Ya debe tener unos 37 años.

1984: ay, madre, que me matas

Madre solo hay una, menos mal. En el viejo sofá de Paramonga estaba jugando yo, con algún juguete anónimo que torpemente dejé caer entre el parlante de madera del equipo y el sofa donde yo estaba. Como me estiré para sacarlo quedé suspendido de cabeza patas arriba. Mi madre y mi tía al verme fueron a mi auxilio, esto último es solo un decir. Mamá, en su desesperación, creyendo que me ayudaba, sacó el parlante... y fui a dar de cabeza al piso. Algunos atribuyen a ese golpe mi cara de lorna.

1985: y que sigan los dolores

Bueh, si mal no recuerdo, me quemé la pierna con el tubo de escape de la moto de mi papá. De mi grito si me acuerdo. Lo curioso es que todo que recuerdo, todo, me lleva a creer que fue en la pierna derecha. Sin embargo, la cicatriz está en izquierda. Misterios de la ciencia. Recuerdo también la reunión familiar en mi casa, por el matrimonio de mi tío Tito. Nunca vi tanta gente en la casa. Nunca antes había paseado tanto, con las primas y los pocos primos que tenía.

1986: el nido

Como a casa iban tres niños en primer grado de primaria (Beto, mi primo, Osbert, hijo de la chica que luego me cuidó y Gino, hijo de la señora Rosa, que cocianaba y limpiaba), pude ya leer perfectamente antes de cumplir lo 4 años. Así que en el nido era la estrella, casi el auxiliar, porque me leía todos los cuentos.

1987: primer lío con las monjas

Las monjas como siempre, nacieron muchas de ellas para joder. No me quisieron aceptar en su Inicial porque era muy chiquito. Aceptaban hasta los nacidos en junio de 1982. Maldita sea. Me rebelé y le dije a mi mamá que me quería ir a otro colegio. Creo que a la monja no le gustó que se lo dijera en su cara. ¿O sea que no tenía ninguna importancia que supiera leer? Ya chibolo, a tu Caperucita Roja nomás [Nota para los lectores: "Caperucita Roja" es el nombre de la escuela inicial del Estado en Paramonga].

La playa:

Y conocí el mar. Mamá dice que me llamó mucho la atención que la gente andara con poca ropa. Así que cuando me dijo que era para meterse al mar, yo le pedí que me sacara mi ropa para meterme. Dicen que casi no me alcanzan porque me iba corriendo hacia el gran Pacífico. Luego papá se encargó de enfermarme de susto al mar. Gracias, papá.

1988: ¿por qué todos están de negro?

Ya en Inicial, en el colegio de las monjas, en el mes de abril, mi madrina de bautizo fallece. El velorio fue en mi casa y era la primera vez que veía un muerto. Poco a poco fui aprendiendo lo que era la muerte

1989: ¿no les digo?

Mamá Ofelia, mi abuela, la única que conocí, pues los demás fallecieron antes de 1982, muere a los 74 años de edad. Ya estaba en primer grado de primaria.

1990: ¿Por qué, Diego?

Mi equipo favorito, Argentina, no llegó a campeonar en el mundial. Llora Diego, yo lloro con vos.

1991: esta enfermedad la padezco de hace tiempo

La chica que me gustaba desde Inicial, el ángel que alumbraba mis recreos (con mi lonchera de los Thundercats) volvió al colegio de monjas luego de un largo año de no verla en el segundo de primaria. Ay, mi corazón, cómo palpitaba por ella. Tenían que verla. Uno no podía estar indiferentes ante su belleza.

1992: mi primera comunión

Ruptura familiar, ambiente de tensión, terrorismo en Paramonga y mis hermanos no se hablaban. Así recibí el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en noviembre.

1993: el encuentro de mimos

Para ese entonces, ya me gustaba el teatro y soñaba con pertenecer al grupo de mi colegio. En los juegos florales de ese año llegamos a la final de mimos y mi contrincante fue Rafa. Perdí, el grupo de Rafa tuvo suerte. Ja, ja. No, fue mejor, lo admito. Rafa, ya anticlerical, mató a un cura de un ataque al corazón en su puesta en escena. Pero pasó la censura monástica. No sería la última vez que nos enfertaríamos a ella.

1994: Arte Joven, por fin

La primera actuación para el grupo del colegio. A ese grupo le debo haber dejado de ser un chuncho absoluto y pasar a ser uno relativo. Era la primera vez que me disfrazaba de león, y no sería la última. Eso y el viaje a Trujillo fueron las mejores cosas que pasaron, aunque a la tutora del sexto grado de primaria ya la detestaba por completo. Donde quieras que estés, Alicia, ya sabes cómo te odiaba.

1995: secundaria, más respeto, chibolo

Pasé orgullosamente al grupo de lornas del colegio, al grupo de los que siempre son señalados como "nerds". Este y el siguiente año fueron terribles. Sin embargo, como para compensar, el hielo que cubrió a la familia, se disolvió, como suelen disolverse este tipo de hielos: con el nacimiento de un niño. Este año nació Eduardo, la razón por la que los hermanos volvieron a hablarse. Claro que perdí la atención de todos en la casa, pero no importa.

1996: yo no fui

El año de las conversaciones interminables por teléfono. La cuenta del teléfono llegó a la frivolera cifra de 800 soles. Lo usual para un adolescente.

1997: abril 13

Una especial noche, un domingo, en mi casa, no fui a misa... y no me arrepiento.

1998: contigo en la playa

El romance veraniego más bonito del primer cuarto de siglo. Luego, el colegio se encargaría de borrar las huellas, ayudado por una mujer que me tuvo idiota desde 1995. Pero tampoco me olvido del 7 de noviembre, por si lees estas, líneas, querida.

1999: ¡Mierda!

Ese era el grito de batalla que el grupo de Arte Joven elevaba antes de salir a escena. Ese año, fueron los últimos mierdas que pronuncié. Y bueno, el viaje a Huaraz. De ese viaje, quisiera recordar poco.

2000: San Marcos

Lejos de toda la gente del cole, me enfrenté a la gran capital (ya lo conozco la capetal, añañañaña) e ingresé a Derecho. Hubiese tenido los huevos para meterme a Literatura. Alguien lapídeme. En esa facu...

2001: los muchachos

Como empecé a trabajar en la Biblioteca Central de San Marcos, conocí ahí a Edgar y Marlon. Grandes amigos, que pese a la separación de cuatro años, pudimos retomar la amistad que hasta ahora me brindan. Gracias por el vino, muchachos.

2002: Chile

Viaje a Valparaíso. Bonito, Valparaíso. Bonito Viña. Bonito yo, sin vos y con fiebre por el puto viaje. De solo recordarlo me duele la espalda. Nace Josecito.

2003: Argentina

Primer viaje a Argentina. Ahí empezó el idilio. Nace Liliana, terrible muchacha. Ya no me pegues, por favor.

2004: El principio del fin

Por mí, este año, el Derecho y la facultad de San Marcos pudieron haberse ido a la mierda para nunca más volver.

2005: Los muchachos regresan

Y la literatura también, para mi fortuna, o mi desgracia, no sé, pero a estas alturas, el Derecho ya se había ido a la mierda. Primer cumpleaños como solista. Perdí en el Concurso de Miraflores, sería la primera de las derrotas. Pero eso tampoco importa.

2006: Año feliz

Porque quiero y porque sí. Porque escribí, ahorré, hice el blog, escribí más, a veces peor, otras veces peor aún, y ya estaba con la mira en el Sur, aunque, me hubiese gustado llevarte. Otra vez, porque quiero y porque sí.

2007: Volví sin ningún rasguño

Me fui y volví de mi viaje "cheguevarístico invertido" hacia Chile, Bolivia y Argentina, con todos los dolores y mi maletota, conocí a Puig, Bolaño, redescubrí Balzac y Miller, Vargas Llosa, Flaubert y Bryce. En verdad volví rasguñadísimo, con mucho rock, con muchos temas para escribir, a una nueva chamba y al Derecho, otra vez. Por eso, no es bueno pronunciar la palabra "nunca".

Feliz cumpleaños, Reo Libre.

No hay fotos, así que estamos piñas.