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miércoles, 12 de enero de 2011

«Araceli llamó de Francia»

La familia es una farsa.

Es la última cosa que me dijo antes de meterse en el avión y partir hacia Bélgica, a la maldita pasantía que le salió en combo con marido heroinómano (holandés, claro, el sueño de su madre) y una hijita, la que ahora la sigue a todos lados y que le sirve de intérprete, pues resulta que la nena habla fluidamente siete idiomas, además del de su madre, que es una mezcla de cosas inconexas que solo ella sabe interpretar. Yo no, pues por eso nos separamos cuando aún estábamos en la universidad. Yo tenía la necesidad de siempre hablar con sentido.

Y se fue, no miró hacia atrás. Supongo que el dolor era más grande, que el perdón era impensable. Se lo conté a mamá poco después. No sé por qué vio ella la necesidad de destapar una botellas de champán. Ahora me parece raro, que no recuerde ni su nombre, ni lo que ella fue en mi vida, para que me diga, cuando regreso de pelearme con la mitad de la ciudad en las calles, conduciendo un auto que si no me mata de aplastamiento me provocará una angina, que me llama Araceli, que ha vuelto de Francia.

Ni siquiera necesité una aclaración, sabía que se refería a Patricia, que había llamado desde Brujas, y que volvía a Perú para el sepelio de su padre, el que como buen poeta y mejor persona nunca tocó el tema de su hija conmigo. Hablábamos de cualquier cosa, menos de ella, ni de su políglota hija Ingeborg, quien observaba con frialdad escandinava cómo se hundía el féretro de su desconocido abuelo, premio nacional de poesía de 1976.

Patricia recibió el saludo con desinterés, casi con un diplomático asco.

Yo no entiendo, si la familia es una farsa, por qué algunos se esfuerzan por seguir sosteniéndola.



Abriendo los ojos

La familia, mi familia, es una farsa. no tengo más que decir.

martes, 1 de abril de 2008

Reo Libre Unplugged IV recuerda

1995 (pero la canción es de 1992)



La vida está llena de evocaciones de momentos, no precisamente los mejores, pero sí los que más firmemente quedan en la memoria. Para mí 1995 será siempre un año puzzle, donde tengo todas las piezas pero que siempre forman una figura distinta.

La música, dicho sea de paso, por esa época no era precisamente mi fuerte: escuchaba lo que cualquiera en una radio provinciana o en Panamericana (la Panamericana de esos años) podían pasar.

No sé si esta canción sea de este año, pero cuando anoche la escuché desde la pequeña radio del cuarto de mi hermana, regresé a trece años antes, cuando empecé a darme cuenta de todas las cosas de las que me protegió mi familia por tanto tiempo. La pubertad me atacaba furiosamente (que no es lo mismo que cinco dedos de furia, no) y la oscuridad de los atardeceres me sorprendía con el viejo uniforme plomo puesto: mamá andaba mucho de viaje. Lo que no dice nada malo de papá, en verdad, solo que... claro: es papá.

Él, como siempre, muy ocupado en el taller; yo aprendí a caminar de noche con los amigos. Y por donde iba, la canción de Fabulosos Cadillacs, Manuel Santillán, me acompañaba. tal vez solo por coincidencias... alguien por aquí me sopla que esa canción es anterior a 1995, pero eso ahora no tiene mucha importancia (aunque alguno ya dirá que el disco El león de LFC es del año 1992, lo cual es muy cierto). Para mí esa es una de las canciones que más escuchaba, al parecer, con tres años de retraso.

Con ella evoco ese año fraccionado entre una nueva soledad (esta vez influenciada por hormonas revueltas), el colegio en una nueva etapa, la sensación de haber aterrizado de poto en la legión de nerds y bueno... las primeras y terribles inquietudes del corazón.

Rastros de quien era yo, la misma persona de ahora, las tareas de medianoche, el cuaderno de historia al día, el acercamiento y aborrecimiento del álgebra, el temblor de septiembre, Gian Luca... en fin, cosas de mocoso. Ya pasó. Respira hondo.

lunes, 7 de enero de 2008

Macondo


Volví al origen luego de mucho tiempo: Paramonga, aunque solo por unas horas, nada más. Yo siempre he afirmado que soy paramonguino, pero me sentí vergonzosamente limeño cuando creí que escucharía la Charla Dominical de Filarmonía durante el viaje: ya en Pasamayo solo escuchaba estática en donde deberían estar las emisoras limeñas. Lo pensé mejor: no, limeño, no; quizás sí un poquito desubicado.


Y olvidadizo, pues ya no recordaba la ruta hacia el Norte. Los desiertos y la gente de carretera, los vendedores de comida de los pueblo y las ya clásicas señoras de los alfajores. Sentir otra vez el aire desértico del mediodía, y ver cómo los pueblos pasaban en una triste procesión a ambos lado de la Panamericana me hicieron recordar viejas jornadas en el carro de mi hermano, cuando conducía hacia Lima, o yendo más atrás en el tiempo, las veces que con papá salíamos temprano los domingos hacia Lima para visitar a mis hermanos en la vieja casa de Palau. Como se habrán podido dar cuenta, soy bastante nostálgico, no me avergüenza admitirlo.


Pero mi viaje a Paramonga de romántico solo tuvo unos cuantos minutos, porque cuando comprobé que lo que conocía seguía en lo mismo, solo que desgastado o habia cambiado, y para mal, todo volvió a ser como los anteriores viajes que me llevaron de regreso al pueblo que me vio nacer. Aunque ver a mi familia ahí, quemándose con el sol y pasando bonitos días de verano todos juntos me hizo creer que era la misma Paramonga de siempre.


Sin embargo, los ecos de las paredes vacías de mi casa me recordaron que casa ya no es mi refugio de los días de colegio, mi castigo los fines de semana, mi palacio cuando dibujaba, que ya no era el hogar de 1998, que todo estábamos ahí de paso, que todo era ya impersonal, aun estén los simios ahí. Eso sí, me alegra que los primates ya conozcan Paramonga, y que sepan algo del origen familiar. Ojalá disfruten su semana allá.


Por mí ya no me preocupo, lo tengo claro: la Paramonga que quiero solo habita en mis recuerdos.

lunes, 8 de octubre de 2007

Bueno... octubre otra vez


Me desperezo. Abro los ojos y sé que ya es lunes, pero como es feriado, tendría que quedarme un rato más en cama, pero no. Hay que desayunar. Así que me rasco, y descubro un bulto extraño que sale de mi cuello. Luego respiro aliviado: era mi cabeza. En el baño saco la lengua y me doy cuenta de que es roja y húmeda, muy peligrosa también, así que prefiero no verla más. Me evito así un disgusto inútil. Me baño, sí, me baño, y lo disfruto. Sigo el día con la parquedad que me ha caracterizado todo este invierno. Por un lado, no madrugar para ir al Goethe es algo bueno, pero es un día más sin salir de casa.

Llegó octubre, maldición, eso ya se sabe desde hace ocho días. Es el segundo mes más detestado luego de febrero. Y eso ya lo he explicado antes: la procesión. Si en verdad la procesión debería ir por dentro, entonces, que eso hagan todos los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros y demás feligreses. Sí, sí, ya sé: la tradición. Pero ¿sería mucho pedir que las procesiones sean solamente los domingos? Creo que no sería mucho pedir. Pero claro, como solo eso afecta a los distritos marginales como San Juan de Lurigancho y el Rímac, y de ellos, solo a los que tenemos que salir muy temprano a trabajar (o a estudiar) a nadie le importa de verdad... Las fechas deben respetarse.

No tengo nada en contra de este rito. Nada verdaderamente en contra, pero, ya pues, hay personas que trabajamos o tenemos que salir temprano y tener que toparse con la avenida Tacna cerrada y con todo el centro convulsionado desde muy temprano es algo fatal para el humor del resto del día. Pero es el clamor del pueblo, y la voz del pueblo es la voz de Dios. Pienso entonces en lo muy mal que me cae la voz humana, y en que la voz de Dios, al menos eso creo, me parece que es algo mucho más dulce, algo que solo los músicos pueden leer de los propios labios del Altísimo.

Ahora saldré a comer con mi mamá. Solo me dedicaré a disfrutar el feriado. Quizás me vuelva a preguntar por qué no fui a misa. Por cierto, ella no va a procesiones.

lunes, 27 de agosto de 2007

Desde la Rue Azángaro: Cuando no caen los edificios

Lo que vino después

Tengo la curiosa suerte de trabajar sin madres. A excepto de una, que en un ataque de nervios salió despedida a la calle para ir a ver a sus hijos. Me imaginé lo mucho que había estado sufriendo mientras la atajábamos y evitábamos que saliera despedida a la calle en pleno movimiento. Podría incluso hasta pasarle un carro encima y sus hijos ya no tendrían quién se preocupara por ellos. Sin embargo, se escapó y yo salí tras ella para evitar que se pegara un golpe en las tinieblas que habían en el primer piso del edificio.

Afuera, hacía mucho que el borracho malagüero se había ido. La gente, en pánico estaba en medio de la calle e impedía el tránsito libre de los carros que por ahí querían cruzar. Algunas librerías sufrieron los desplomamientos de sus estantes y estaban limpiando y recogiendo los libros. Mucha gente tenía el miedo dibujado en el rostro. Volví a subir por mis cosas a la oficina. Allá arriba las cosas no eran muy distintas. Salimos todos para nuestras casas.

En sus ojos... impotencia

Cuando pude salir de ahí, con mi diccionario tamaño ladrillo Rex a cuestas, el panorama había empeorado. La alegre Azángaro casi no se había visto afectada, sin embargo, la gente seguí copando la pista y pasaban pocos carros. Los tramitadores –algunos, no todos– habían vuelto a sus labores. Intenté llamar a mi casa, otra vez, pero no había señal ni en teléfonos públicos, ni en celulares ni en locutorios. La capital era un caos. El Palacio de Justicia se veía más tétrico que de costumbre. La gente corría de un lado a otro lo que me dio la sensación de estar en medio de un saquo generalizado. "Deberían saquear ese palacio de mierda", pensé. Volví a intentar llamar a mi casa pero no lo conseguí. Ya me había empezado a preocupar.

Seguí caminando como pude, aún sentía un ligero temblor en las piernas. M primera preocupación era llegar a mi casa y ver a mi familia, claro, era la evideten preocupación de todos los que andábamos dando vueltas por el centro incomunicados y asustados. Como un compañero del trabajo, que encontré parado en la nada, mirando hacia cualquier punto muerto de su imaginación. Me acerqué a él, más que por solidaridad, por la necesidad de tener que decirle algo a alguien, pero él fue el primero que habló.

–Necesito llegar a mi casa, necesito un taxi.

Y yo necesito vivir fuera de ese barrio de mierda donde vivo, en donde sea, menos en ese lugar, pero no le dije nada. Algunos de las fotocopiadoras del centro aún no cerraban, y parecía que no lo iban a hacer. ¿Acaso esperaban que alguien en esos momentos le preocupara sacar copia a algún libro o a algún documento?

–Ven, te acompaño –le dije pensando en cualquier cosa.

Rodeamos el Paseo de los Héroes y no tuvimos suerte. Le propuse ir hasta la Plaza San Martín donde siempre había taxis, pero antes de que llegáramos ya habíamos conseguido taxi para él. Ates de subir, le pregunté al taxista si me podía llevar luego a mí, y di mi dirección. "No chino, no voy por ahí". Embarqué al compañero que esbozó una disculpa, supongo que se habría sentido mal de dejarme en el caos del centro. "Está todo bien", le mentí, "ya conseguiré yo otro taxi". Que por cierto, no conseguí en la Plaza San Martín, tampoco en el Metro de jirón Cusco, donde todo parecía andar normal. Y donde encontré unos taxis vacíos que parecía abandonados por sus conductores.

Regresé al Jirón de la Unión; los bocinazos se escuchaban de todos lados. Pasó una ambulancia que me dejó más nervioso. Me acerqué a un grupo de personas que veía la tele y escuchaban los primeros informes de los muertos en el sur: 17 víctimas y parece que la cifra aumentaría. ¡Vaya forma que tuvo de aumentar!

Caminando con un diccionario REX

Cuando llegué a Chabuca Granda, luego de sortear otros atolladeros más, sabía que ya podría tomar carro alguno. El puente Trujillo estaba atorado y el embotellamiento se prolongaba hasta casi llegar al puente Huánuco. La última vez que había caminado desde el centro hasta mi casa fue cuando me había quedado sin dinero y estaba estudiando en la universidad. Aquella vez no se comparaba a esta. Primero, por el diccionario y luego por la gente volcada sobre las pistas, que caminaban hacia San Juan a falta de movilidad. Así que la ruta que hice no la hice del todo solo.

Y al llegar, en casa todos estaban completos. La familia en Paramonga también estaba bien y en Trujillo ni qué decir. Para nosotros (incluso para mí, que padezco la rajadura de mi habitación), el terremoto no fue más que un gran susto.

Sin embargo...

Las noticias que vinieron del sur no eran alentadoras. Al día siguiente los diarios comentaban sobre la aparición de los primeros muertos que ya sumaban más de 120 personas, miles de damnificados y millones de soles en pérdidas. En su discurso, Alán se lanzó contra la empresas de comunicaciones, indignadísimo por el colapso de toda la red hasta muchas horas después de lo ocurrido. Camino a casa, a la altura de la Plaza de Acho, la gente se exponía a que cualquier ladrón –aun los menos diestros– pudieran robarles los diminutos aparatos en un santiamén.

En el extranjero quizás sobredimensionaron la noticia pues muchos creían que todo el país había quedado derruido por el desastre. Llamaron todos los familiares, y a parecer al mismo tiempo porque ninguna llamada entró. Cuando por fin se pudieron comunicar todos estaba amaneciendo el día viernes y los reportes de los periódicos, la magnitud de las pérdidas y los rostros de impotencia reflejados en las cámaras de los reporteros hacen que uno se sienta tan minúsculo ante la furia de la naturaleza. Tan poca cosa ante la tierra cuando tiembla.

domingo, 26 de agosto de 2007

Desde la Rue Azángaro: cuando la tierra tiembla

Historias paganas

Charlatanería o no, yo presentía que algo andaba mal, ese 15 de agosto. Desde el haber salido casi atropellando a todos en casa, hasta llevarme mi enorme diccionario alemán-español. Mi presentimiento no iba más allá de un mala sensación, una mala vibra. No fue como lo pensó un borracho que llegó a Azángaro minutos después de que el sol se hundiera en las nubes cáusticas de Lima: no fue que todo el mundo estaba mal, que Satán dictaba nuestro diario quehacer, que todos moriríamos en el Apocalipsis y que tendríamos que arrepentirnos de nuestros pecados. Creo que eso se lo dirigía a los incontables abogados que se arrastraban por la calle favorita de la justicia, ahí donde como prostitutas danzan innumerables notarios ofreciendo sus servicios lascivos.

"¡Pecadores, arrepiéntanse!", decía; "¡Hipócritas!", acusaba; "¡El fin del mundo se acerca y ustedes serán los primeros a la izquierda del Altísimo!", alguien que tropezó con él lo tumbó y cayó sobre un montículo de basura, ahí donde fueron a parar las botellas rotas que hacía unos minutos el señor que nos aprovisionaba de agua había roto. Se levantó, nos señaló por última vez (quiero decir, señaló a los enternados y a los de-cuarenta-soles-el-carnet-de-medio) y se fue, doblando por Roosevelt hacia el Centro Cívico.

7.9
La tensión para mí llegó a su clímax cuando, por un motivo bastante tonto, una compañera y llegamos a dirigirnos la palabra casi gritando. Ahora ni siquiera recuerdo el motivo de tanta alharaca. Solo sé que me tuve que calmar, porque sabía que yo había empezado la estúpida trifulca. Me puse a contar pescaditos jetones en mi cabeza.

Volví a la hoja de corrección: un diccionario jurisprudencial. De hecho, la estaba pasando de lo más bien con él, no era una corrección tan difícil de hacer, pero empezó el movimiento. Para variar, estaba pegado a la puerta de salida. Cuando todos advirtieron el temblor nadie atinó a moverse.
Caímos en el error que pudo costarnos más que un susto: pensar que ya iba a pasar.

Luego de 200 segundos o la vez que los paganos pidieron perdón del Señor al ver la luz.

Un amigo, lejos de ahí, se abanicaba los huérfanos cuando el terremoto lo descubrió en el baño. Salió disparado contra la puerta de su casa y se paró en medio de la pista. Con las rodillas aún temblando le pidió las fuerzas a Dios para poder creer en Él, para tener la certeza de que ante él había un Dios que una vecina aclamaba feliz, como si el fin del mundo fuera la realidad que su iglesia predicaba y mientras ella gritaba lo feliz que era de la llegada de su Dios y del castigo que recibirían los paganos infieles. Mi amigo le creyó, y de nada de lo que su vecina dijo le quepó duda cuando vio el resplandor en el cielo que para algunos fue la tercera trompeta (eta, eta, eta) del Apocalipsis.

Otro amigo estaba afanando a la hermana del primero. Era profesor de academia y enseñaba en la Academia Quéteimporta. La tenía "contra las cuerdas" cuando el movimiento los hizo volver en sí. Bajaron apresurados del octavo piso de su local para llegar a las zonas de seguridad, pero ella tropezó con la manada despavorida de gente que salía sin orden alguno contra la nada, ciegos ante el corte de luz que perjudicó a algunas zonas de la ciudad, ella perdió el conocimiento y del bolsillo de uno de sus pantalones cayó una nota de amor del amigo profesor. Él también creyó que Dios debería existir para evitar que alguien llegara a esa nota antes que él.

En el umbral de mi oficina, otros paganos clamaban a Dios por ayuda. Yo opté por decirle. "Dios, sé que la cagué, espero que algún día me aceptes pagar china hasta el cielo. Saluda a mis abuelitos".

jueves, 26 de julio de 2007

Mensaje a la Nación de Reo Libre

Queridos compatriotas:
Ha pasado exactamente un año desde que, en esta misma página, yo escribí lo siguiente:

"He nacido desarraigado, de un país, de una familia, de un grupo social.
Para una persona como yo, no hay patria que me defina, patria es mi
espacio
,
es Sudamérica quizá, quizá solo el cuarto donde está
esta
computadora donde
escribo
".
Desde aquella oportunidad, he podido conocer el sur del país, he salido de mi patria y he recorrido Bolivia de cabo a rabo, he vuelto a la Argentina, he padecido Chile y la verdad, en algunas cosas, he notado que me equivoqué rotundamente.

Quizás el error más significante lo haya cometido con mi familia. Llevaba tiempo intentando desarraigarme de ella, de escapar y darme un respiro. Claro que me lo di y, luego de dármelo, digo sin temor a dudas: no hay lugar como el hogar. Y eso porque después de una escapada de todo el inferno que me rodeaba (al que yo mismo me había metido) y de estar lejos de todos por muchos días pude darme cuenta de la enorme importancia de mi familia y de todo lo que le debo (cóbrenme luego, por favor, todavía no me pagan la quincena).

Mientras andaba lejos no pude dejar de pensar en ellos un solo instante, pensando en mis padres y mis hermanos, que de lejos y muy bajito seguían repitiendo que terminara la carrera y bueno, no les hice caso. Mandé todo a la mierda, y al hacerlo me mandé a la mierda a mí también. Espalda dada; cuaderno abierto, a escribir algunas cosas bastante viscerales. Y cuando ya nada me salía bien, volví a ellos, con más dudas que esperanzas, con más de inercia que de ganas de correr a ellos; ahí estuvieron, aquí están; nadie se me ha ido y soy yo el que vuelvo. Por lo tanto, no estoy desarraigado de ellos. Esta es la primera patria que adopto. La misma que me dio la vida, la educación, los libros que devoré antes de los diez años, la paciencia a una vocación autófaga, los primeros golpes y las primeras sonrisas. Cómo no abrazar esa bandera después de todo.

A diferencia del año anterior, a este mes de julio he llegado más convencido de mis capacidades, y no precisamente hablo de la estomacal. ¿Alguien me lee desde hace tiempo? Bueno, tampoco haría falta. Bastaría con haberme cruzado por la calle en el mes de julio del año pasado: cómo me sentí por esos días y de cómo les fallé a las otras personas más importanes de mi vida: mis amigos. Si bien es cierto que a ellos les juré y rejuré que jamás volvería a pisar la facultad de Derecho, hace poco les tuve que confesar que ya había faltado a esa promesa. Creo que la alegría que mostraron era completamente auténtica. A ellos, más que a nadie, les debo la crítica a un cuento horrendo o la sincera felicitación cuando algo lo hacía bien, les debo los talleres de cuentos, las borracheras eternas y las conversaciones hasta la última gota. Uno de ellos, acaso al que más le debo, me acompañó a la utopía más grande de mi vida: el viaje hacia el Cono Sur.

De aquel viaje, creo que sacamos una importante lección: aquí, en Lima (es justo aclarar, no he vivido en otras ciudades grandes del Perú), la gente sobrevive entre las mezquindades más inverosímiles que se hayan visto. Y por eso, Lima tiene la configuracion que tiene. ¿Qué puedes pedir de una ciudad que está divorciada de sí misma? Lo mismo pasa con La Paz, entre el sector norte de la ciudad con el sector sur. A pesar de que entre Lima y La Paz, mejor es Lima, uno nota mayor disposición de ayuda en los bolivianos, quizás algo desconfiados con los peruanos, pero no por eso menos atentos. En nuestra ciudad, hay muchas cosas que arreglar, y no hablo de los huecos de la avenida Universitaria, ni de la facha del Centro Histórico, ni de las piletas de Castañeda ni de la nueva Estación Central en el Paseo de los Héroes Navales. No, a Lima hay que salvarla de la ruindad, de la mezquindad, de la incultura y del perreo. De los chicos que no leen, de las familia que no hablan, de los jóvenes que no piensan, de las madres que sobreprotegen, del miedo de terminar de caer en lo que ya la ciudad se ha convertido: un infierno parcelado, un private country de blancos contra no blancos, de cafés del mar, de la peor educación de América Latina (y su nivel bajo de lectura). Hay que salvar al niño que en medio de los arenales reconoce a La Polonesa de Chopin, diferencia a Neruda de Bécquer, una palabra quechua de una aymara, la trigonometría de la geometría.

He vivido en la Argentina, y hay que entender una cosa: está tan pobre como nosotros; e incluso, tiene más crisis, pero, si en algo interesante nos diferenciamos, es que ellos llevan un modo de vida que, pese a sus relativas carencias, los hace vivir bien y no se privan de las cosas más (verdaderamente) importantes de este planeta. Si tienes parientes allá, debes saber algo: ganan tanto como acá, pero allá no andan a la defensiva en la calle, esperan al colectivo en su paradero, saludan cuando tienen que hacerlo y se deshacen en atenciones con los forasteros, no te cobran el baño y no te espantan con horrendo jaladores en las zonas comerciales. Si alguien que ha vivido mucho tiempo fuera de aquí y luego vuelve, sabrá muy bien a lo que me refiero.

De ellos mis amigos, uno no está aquí, está en Londres y quizás lea estas líneas. Ya sabes cómo te espera tu patria, así que, échale huevos nomás.
De Lima no voy a rajar más.
Así, mis queridos compatriotas, este su Reo Libre ha recalibrado su concepto de patria íntima. Esa Patria que ninguna guerra me puede quitar porque no tiene territorio. Claro que si tuviera que luchar por esta, mato y muero por ella. De eso, por favor, que no quepe duda. Y podría morir por ella, como uno más, mientras alguien más arriba arregla nuestras muertes por algunos miles de millones de dólares o euros. No importa. Mientras amigos y familia (al igual que mi trabajo) queden todos juntos aquí, aquí es mi patria, aquí mi tierra, aquí mi porvenir, sobreviviendo, pero tratándole de ganar la partida a la mezquindad, y si no se puede más, siempre hay una salida: el aeropuerto, para despejarme un rato.

Y claro, hijoeputa Alan cumple un año en la casa de Claudio Pizarro bailando el baile del teteo. El muy xu-xu-xu-xa-xa-xa ya la empezó a garcar. Ya les llamó comechados a los mamones del Sutep y en su asqueroso costal metió a muchos maestros injustamente. Nos viene haciendo el avión y moviéndole la colita a los intereses económicos chilenos que ya nos tienen de colonia. ¿Qué nos dirá en su Florinda Meza a la Nación? Incertidumbre. Quizás Calderón de la Barca le vuelva a servir para sorprender a un pueblo que hasta ahora no sabe con exactitud lo que es "La vida es sueño". El pueblo aún seguirá creyendo en él, y creerá que Mantilla es malo y traidor del partido del "gran" Haya. Creerá también que Machu Picchu es eterno y que podrán seguir subiendo tanta gente hasta allá como quieran (eso ya tiene un nombre en Lima: la cultura combi -o la teoría de "al fondo hay sitio"-).
La economía crece pero a nadie le cae la suya. A mí, por otro lado, no me va mal, pero podría irme mejor; para eso, me vuelvo a poner el gancho de ropa en la nariz y a leer libros de Derecho (puta madre). Encuentran petróleo en Iquitos, pero los combustibles suben, los carros contaminan, la gente bota su basura donde carajo se le da la gana y el mar no apesta más por propio pudor. Así hemos llegado al primer año de teteo; ojo que nos faltan 4 más; no desempaquen aún las maletas que prepararon cuando entró Alan. Y esto no es una contradicción con lo dicho líneas arriba, simplemente es una precaución. Elevemos nuestras oraciones al dios del litio.
Compatriotas y asociados: este su Reo Libre ha dicho todo lo que tenía que decir por estas fiestas huérfanas. Feliz Navidad y Próspero Barnitzbah Nuevo.