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viernes, 15 de febrero de 2019

Un Omé para cerrar la noche


Ayer tenía que haber sido un día feliz. No lo digo por lo comercial y muy conocido ya —eso de San Valentín—. Lo digo porque fui al Gran Teatro Nacional a ver uno de los mejores espectáculos de circo que he visto en mi vida. Y era eso o ver al pelao de Gianmarco. La decisión era evidente. Male y yo salimos muy contentos y nos encontramos con una amiga con la que nos fuimos a comer algo. Elegimos un lugar terrible que fue como una antesala de lo que vino después.

Ya en casa, me di con otra mala noticia: la Sunat me estaba buscando. Y como cualquier mafia que se precie, quería o mi dinero o mis vísceras. Male, no puedo más, le dije cuando leí este correo en la tranquilidad de mi hogar. Me voy a fumar un pucho. Fue raro que ella no pusiera un pero a esta determinación, pero así fue. 

(Paréntesis: Ese día, más temprano, unos amigos búlgaros que conocí por cosas del trabajo, me habían regalado una cajetillas de cigarrillos Omé, originarios de Grecia. Son muy suaves y es siempre un placer echarse uno encima. Fin de paréntesis)

Prendí el pucho nomás llegué al lobby del edificio, salí a la calle y aún estaba esta revuelta, a pesar de que eran casi las doce de la noche. No sabía qué hacer. No soy exactamente una persona muy organizada y ordenada en mis cuentas, pero ahí voy bregando. Mi único mandamiento es temer a dios por sobre todas las cosas. Entiéndase como dios a la Sunat. No me meto con la Sunat, y así la sunat no se mete conmigo. Esta situación no podía vivirla. Me estaba ahogando en mi microtormenta.

Una señora, que salía del edificio a dejar su basura en la calle (sí, en Miraflores aún subsiste esa práctica), me abordó y me preguntó si yo compraba periódico. Como no entendí bien a qué se refería, me quedé en silencio observándola esperando un poco más de información. Me dijo que había leído en el periódico que a su amiga la habían asesinado. Fue el esposo, que con un mazo le rompió la cabeza y luego él intentó suicidarse bebiendo lejía, pero fue salvado en el hospital. Su vecina y amiga era de Los Olivos, de un asentamiento humano donde han vivido casi tres décadas. Entonces pensé ¿y qué hace la señora aquí?

—Mi casa se incendió en marzo del año pasado. Mi esposo sufrió quemaduras que luego se complicaron porque era diabético. Falleció hace unos meses por complicaciones de una bronconeumonía.

—¿O sea que usted aquí vive con...?

—Mi hija, la menor, se mudó aquí dos meses antes del incendio, y es la única que me da amparo.

—...

—Y encima me la matan a mi amiga. Y eso es lo más raro, por es quiero el periódico, para saber qué pasó, porque era un matrimonio feliz ese, que tenían juntos más de veinte años y de noche a la mañana me salgo a enterar de esto y no puede ser. Encima los periodistas fueron a mi casa quemada a preguntar por mi vecina y...

Fueron tres omés lo que duró la charla con la señora. Yo solo asentía, la miraba, trataba de repreguntarle algunas cosas. Poco después se fue... Me dejó con la sensación de que debía sentirme de alguna manera «bendecido» porque mis problemas, al parecer, ni son los más graves, ni son los más importantes. Lo mío con la Sunat es un chancay de a veinte. Justo cuando empezaba a llenar el vaso de agua y a ahogarme en él, apareció la señora —Amelia se llama— y me dio sin darse cuenta una respuesta a mis dudas. Estoy muy agradecido con ella.

Volví al departamento, algo mareado por el efecto de los tres omés, vi a Malena y a la abracé. «Mañana será otro día», pensé.



lunes, 11 de abril de 2011

Réquiem para una tumba sin nombre


El Perú ayer fue a las urnas con resaca, y creo que ese ya era un mal síntoma. Desde Lima, las cosas parecían claras, que una patada en el tablero no es lo más recomendable para una economía que tiene que hacerse más sólida y procurar que la calidad de vida de toda la población mejore. Pero Lima, ya está demostrado, no es el Perú ni mucho menos la ciudad que determina la elección de un presidente. Aquí ganó PPK: la cara de la derecha anquilosada y osteoporótica que la juventud quiso digerir como el gran cambio, del que, en verdad, no tenía nada. Lo mismo se puede decir de las otras dos opciones más parecidas: Perú Posible y Solidaridad Nacional, la misma política que desde el centro siempre tiende hacia la derecha. Esa política siempre reencauchada está llena de todos los pecados capitales, y sobre todo del peor: la soberbia. Si estos hubiesen llegado a un acuerdo de gobernabilidad y hubiesen renunciado a apetitos personales, el porcentaje de sus votos (el que se estuvieron arranchando con dientes entre ellos) hubiese superado el 45 % , es decir, hubiesen estado en segunda vuelta. Pero no, eso, en un país como el nuestro, es imposible. Aquí no se piensa en un programa a largo plazo, aquí se piensa con el estómago y se vota por la carita, por el "pan grande", por el quien da más, por quién le agarra los huevos a quién. Y en tanto nuestra capital se dividía como Berlín luego de mayo de 1945, el resto del país, engañado, pobre, ignorado e ignorante (no por su propia culpa, sino por la mala formación educacional -el cáncer de siempre en todo nivel-), le endosaba su vida al mejor flautista, al que con mucha astucia mamífera ha sabido canalizar todo el descontento, todo el resentimiento y hacer de eso su caldo de cultivo. Ahí, en ese lugar adonde nunca has pensado viajar hay gente molesta, más que antes, contra quienes cree que, desde la capital, han complotado desde siempre para dejarlos al margen, como si fueran un error estadístico. El resultado de este domingo es lamentable, nos ha reventado la burbuja del desarrollo en la cara, la fantasía acabó con final amargo ya cantado incluso por gente como Michael Porter. Propugnar ahora el voto viciado no salva a nadie. Ese también es un mal chiste, una ingenuidad de quienes quieren creer que la segunda vuelta no es más que una «joda para Tinelli». Esto vuelve a pasar. El Perú es el país donde la vida da vueltas pero donde no cambia nada. Un minuto de silencio

martes, 1 de abril de 2008

Reo Libre Unplugged IV recuerda

1995 (pero la canción es de 1992)



La vida está llena de evocaciones de momentos, no precisamente los mejores, pero sí los que más firmemente quedan en la memoria. Para mí 1995 será siempre un año puzzle, donde tengo todas las piezas pero que siempre forman una figura distinta.

La música, dicho sea de paso, por esa época no era precisamente mi fuerte: escuchaba lo que cualquiera en una radio provinciana o en Panamericana (la Panamericana de esos años) podían pasar.

No sé si esta canción sea de este año, pero cuando anoche la escuché desde la pequeña radio del cuarto de mi hermana, regresé a trece años antes, cuando empecé a darme cuenta de todas las cosas de las que me protegió mi familia por tanto tiempo. La pubertad me atacaba furiosamente (que no es lo mismo que cinco dedos de furia, no) y la oscuridad de los atardeceres me sorprendía con el viejo uniforme plomo puesto: mamá andaba mucho de viaje. Lo que no dice nada malo de papá, en verdad, solo que... claro: es papá.

Él, como siempre, muy ocupado en el taller; yo aprendí a caminar de noche con los amigos. Y por donde iba, la canción de Fabulosos Cadillacs, Manuel Santillán, me acompañaba. tal vez solo por coincidencias... alguien por aquí me sopla que esa canción es anterior a 1995, pero eso ahora no tiene mucha importancia (aunque alguno ya dirá que el disco El león de LFC es del año 1992, lo cual es muy cierto). Para mí esa es una de las canciones que más escuchaba, al parecer, con tres años de retraso.

Con ella evoco ese año fraccionado entre una nueva soledad (esta vez influenciada por hormonas revueltas), el colegio en una nueva etapa, la sensación de haber aterrizado de poto en la legión de nerds y bueno... las primeras y terribles inquietudes del corazón.

Rastros de quien era yo, la misma persona de ahora, las tareas de medianoche, el cuaderno de historia al día, el acercamiento y aborrecimiento del álgebra, el temblor de septiembre, Gian Luca... en fin, cosas de mocoso. Ya pasó. Respira hondo.

domingo, 26 de agosto de 2007

Desde la Rue Azángaro: cuando la tierra tiembla

Historias paganas

Charlatanería o no, yo presentía que algo andaba mal, ese 15 de agosto. Desde el haber salido casi atropellando a todos en casa, hasta llevarme mi enorme diccionario alemán-español. Mi presentimiento no iba más allá de un mala sensación, una mala vibra. No fue como lo pensó un borracho que llegó a Azángaro minutos después de que el sol se hundiera en las nubes cáusticas de Lima: no fue que todo el mundo estaba mal, que Satán dictaba nuestro diario quehacer, que todos moriríamos en el Apocalipsis y que tendríamos que arrepentirnos de nuestros pecados. Creo que eso se lo dirigía a los incontables abogados que se arrastraban por la calle favorita de la justicia, ahí donde como prostitutas danzan innumerables notarios ofreciendo sus servicios lascivos.

"¡Pecadores, arrepiéntanse!", decía; "¡Hipócritas!", acusaba; "¡El fin del mundo se acerca y ustedes serán los primeros a la izquierda del Altísimo!", alguien que tropezó con él lo tumbó y cayó sobre un montículo de basura, ahí donde fueron a parar las botellas rotas que hacía unos minutos el señor que nos aprovisionaba de agua había roto. Se levantó, nos señaló por última vez (quiero decir, señaló a los enternados y a los de-cuarenta-soles-el-carnet-de-medio) y se fue, doblando por Roosevelt hacia el Centro Cívico.

7.9
La tensión para mí llegó a su clímax cuando, por un motivo bastante tonto, una compañera y llegamos a dirigirnos la palabra casi gritando. Ahora ni siquiera recuerdo el motivo de tanta alharaca. Solo sé que me tuve que calmar, porque sabía que yo había empezado la estúpida trifulca. Me puse a contar pescaditos jetones en mi cabeza.

Volví a la hoja de corrección: un diccionario jurisprudencial. De hecho, la estaba pasando de lo más bien con él, no era una corrección tan difícil de hacer, pero empezó el movimiento. Para variar, estaba pegado a la puerta de salida. Cuando todos advirtieron el temblor nadie atinó a moverse.
Caímos en el error que pudo costarnos más que un susto: pensar que ya iba a pasar.

Luego de 200 segundos o la vez que los paganos pidieron perdón del Señor al ver la luz.

Un amigo, lejos de ahí, se abanicaba los huérfanos cuando el terremoto lo descubrió en el baño. Salió disparado contra la puerta de su casa y se paró en medio de la pista. Con las rodillas aún temblando le pidió las fuerzas a Dios para poder creer en Él, para tener la certeza de que ante él había un Dios que una vecina aclamaba feliz, como si el fin del mundo fuera la realidad que su iglesia predicaba y mientras ella gritaba lo feliz que era de la llegada de su Dios y del castigo que recibirían los paganos infieles. Mi amigo le creyó, y de nada de lo que su vecina dijo le quepó duda cuando vio el resplandor en el cielo que para algunos fue la tercera trompeta (eta, eta, eta) del Apocalipsis.

Otro amigo estaba afanando a la hermana del primero. Era profesor de academia y enseñaba en la Academia Quéteimporta. La tenía "contra las cuerdas" cuando el movimiento los hizo volver en sí. Bajaron apresurados del octavo piso de su local para llegar a las zonas de seguridad, pero ella tropezó con la manada despavorida de gente que salía sin orden alguno contra la nada, ciegos ante el corte de luz que perjudicó a algunas zonas de la ciudad, ella perdió el conocimiento y del bolsillo de uno de sus pantalones cayó una nota de amor del amigo profesor. Él también creyó que Dios debería existir para evitar que alguien llegara a esa nota antes que él.

En el umbral de mi oficina, otros paganos clamaban a Dios por ayuda. Yo opté por decirle. "Dios, sé que la cagué, espero que algún día me aceptes pagar china hasta el cielo. Saluda a mis abuelitos".

viernes, 27 de julio de 2007

Desde la Rue Azángaro: la muerte del notario.

Jueves en redacción: Tengo los audífonos puestos. Me sirven para aislarme de las voces chirriantes de algunos aquí en la oficina. Si me los quitara, solamente sentiría el monótono tac-tac-tac de los teclados a mi alrededor, pero aún así no me los quito. De fondo, el ruido de una impresora con papel atascado y el chasquido de unos dientes que farfullan una maldición. No mucho después, se abre la puerta de la oficina y entra el editor.

–Ha muerto un notario.

El monótono tac-tac sigue, todos siguen como si nada; como soy nuevo en esta paradisiaca calle, no puedo evitar preguntar. Me asomo a la ventana y veo algunos rostros adustos que acompañan al muerto; algunos optan por un respetuoso silencio. Los detalles aún son un misterio para mí. Le pregunto al editor si sabe algo más sobre el incidente. Él solo opta por sonreír, como si quisiera decirme que esa es cosa de todos los meses. Vuelvo a asomar por la ventana y veo a una mujer vestida de negro; tiene una mirada de dolor inconmensurable y en sus gestos esa impotencia que la muerte nos impone de un certero latigazo en el pecho.
***
Cuando sintió que el pisco empezaba a cocinarle las entrañas decidió levantarse de su silla, o al menos intentarlo. La música de la rocola era estridente; algunos solos de guitarra trataban de imitar algún arpegio de rock progresivo, pero solo parecían lamentos de un mamífero agonizante. En su cabeza, esos sonidos se licuaban con el alcohol, algunas luces enceguecedoras lo hicieron retorceder mientras se hundía en una tromba de aire frío que venía de la calle; no pudo evitar las primeras arcadas mientras caía sobre la mesa de atrás.

Que se lo lleven, no puede andar. Madrecita, un ratito más madrecita. Eso sí que no, carajo. ¡Borrachos! ¡Que se lo lleven! Gervasio, sácalos a estos mierdas. El estiró un brazo, pedía silencio, pero más parecía que hacía el saludo nazi. Avanzó vacilante hacia la señora, con el debido respeto, señora, disculpe usted... yo quiedo esplicale...

Gervasio los sacó a rastras. El notario hizo notar su indignación, y lo maldecía constantemente entre escupitajos de lívida espuma. Vámonos, compadre. No hay nada más que hacer. Déjeme, compadre; yo puedo caminar, déjeme.

***
El cortejo se detiene frente a lo que era su casa; en la quinta no se ven rostros afligidos. Las miradas evaden el cajón y nadie quiere sentir más comprometido que el otro. Los familiares visten de negro y encabezan el grupo que dobla de Roosevelt hacia la décima cuadra de jirón Azángaro. Algunos esperaban desde hace tiempo que él desapareciera, que no molestara más con su presencia.

–Yo alguna vez entré a esa quinta.
–No me digas que por un carnet de medio pasaje.
–No, entré con un compañero de la universidad; su abuela vivía allí. Fuimos para gorrearle comida, pero la señora no había cocinado. Así que entramos en una de esas casitas de la quinta donde preparaban segundo con refresco por dos soles cincuenta. Entre los dos nos compramos uno. Cuando entramos todo parecía normal, y en una de esas mesas estaba él.
–¿Ah, sí?
–Sí. Estaba llenando un certificado de notas de secundaria. Mi pata me dijo que no mirara, pero era la primera vez que veía hacer una cosa de esas.
–Era la primera vez que venías a Azángaro, ¿no?.
–Sí –dije algo ruborizado.

No siguió mirando, pero la señora de la pensión a él sí lo siguió mirando con desconfianza; era la primera vez que lo veía. El notario se levantó de su silla y avanzó hacia la puerta; hizo un gesto con la cabeza a la señora a modo de despedida. Vidal, su amigo, le dijo que no se podía andar por esa quinta de fisgón sin que te hicieran un corte en la cara. Y como a ti, ahora, no te han hecho nada, puedes considerarte un afortunado.

***

Insistió en acompañarlo hasta Palacio de Justicia; no era necesario, compadre. Yo aquí tomo mi taxi solo, todos me conocen, no me van a estar jodiendo. Pero no; esos borrachos de la esquina ya no eran los de antes y él no era visto tampoco como antes. Son cuestiones de negocios, nada más. Todos saben cómo es esto, nada es personal. Si hay que tirar dedo a alguien se le tira dedo a alguien, pero el negocio no se puede ver perjudicado; déjeme compadre, el aire me hace bien. Esos de allá ya se van, ¿ve? Son una sarta de...
***
El cortejo reanuda la marcha y hay palmas desde la quinta. Algunos despiden al notario que se va. Como perros, otros notarios siguen a lo lejos, conversan por lo bajo, husmeando cabeza abajo por la vereda que es un lodazal, hurgando entre los que se van quedando rezagados y no irán al cementerio. Algunos autos que venían de la cuadra nueve quedarían atrapados por el cortejo; los chacales estaban ya ahí, preguntando, ofreciendo, sin compromiso; otros, por algún respeto solo fuman apoyados en la pared de la esquina de Azángaro con Roosevelt.
–Lo atropelló un carro que venía a toda velocidad desde Azángaro, ha lloviznado desde anoche, así que cuando vio a los borrachos ya era muy tarde; por más que frenó, patinó hasta aplastarlo contra el asfalto.
El compadre no pudo reaccionar a tiempo; él salió despedido contra un quiosco. El auto se dio a la fuga y en la comisaría de Cotabambas nadie se dignó buscarlo porque no tenían para la gasolina.
Sigo con la mirada al cortejo un rato más desde la ventana; admito con con algo de indiferencia. El notario está muerto y más de uno cree que por soplón, por delatar al que la policía estuvo por atrapar aquella tarde de los tres balazos de la quinta y que lo consiguió tres días después gracias a él. Supongo que murió en su ley. Los familiares suben al bus que los llevará al cemeterio El Ángel. Al cortejo ahora solo lo acompaña el gris cielo de Lima.

jueves, 26 de julio de 2007

Mensaje a la Nación de Reo Libre

Queridos compatriotas:
Ha pasado exactamente un año desde que, en esta misma página, yo escribí lo siguiente:

"He nacido desarraigado, de un país, de una familia, de un grupo social.
Para una persona como yo, no hay patria que me defina, patria es mi
espacio
,
es Sudamérica quizá, quizá solo el cuarto donde está
esta
computadora donde
escribo
".
Desde aquella oportunidad, he podido conocer el sur del país, he salido de mi patria y he recorrido Bolivia de cabo a rabo, he vuelto a la Argentina, he padecido Chile y la verdad, en algunas cosas, he notado que me equivoqué rotundamente.

Quizás el error más significante lo haya cometido con mi familia. Llevaba tiempo intentando desarraigarme de ella, de escapar y darme un respiro. Claro que me lo di y, luego de dármelo, digo sin temor a dudas: no hay lugar como el hogar. Y eso porque después de una escapada de todo el inferno que me rodeaba (al que yo mismo me había metido) y de estar lejos de todos por muchos días pude darme cuenta de la enorme importancia de mi familia y de todo lo que le debo (cóbrenme luego, por favor, todavía no me pagan la quincena).

Mientras andaba lejos no pude dejar de pensar en ellos un solo instante, pensando en mis padres y mis hermanos, que de lejos y muy bajito seguían repitiendo que terminara la carrera y bueno, no les hice caso. Mandé todo a la mierda, y al hacerlo me mandé a la mierda a mí también. Espalda dada; cuaderno abierto, a escribir algunas cosas bastante viscerales. Y cuando ya nada me salía bien, volví a ellos, con más dudas que esperanzas, con más de inercia que de ganas de correr a ellos; ahí estuvieron, aquí están; nadie se me ha ido y soy yo el que vuelvo. Por lo tanto, no estoy desarraigado de ellos. Esta es la primera patria que adopto. La misma que me dio la vida, la educación, los libros que devoré antes de los diez años, la paciencia a una vocación autófaga, los primeros golpes y las primeras sonrisas. Cómo no abrazar esa bandera después de todo.

A diferencia del año anterior, a este mes de julio he llegado más convencido de mis capacidades, y no precisamente hablo de la estomacal. ¿Alguien me lee desde hace tiempo? Bueno, tampoco haría falta. Bastaría con haberme cruzado por la calle en el mes de julio del año pasado: cómo me sentí por esos días y de cómo les fallé a las otras personas más importanes de mi vida: mis amigos. Si bien es cierto que a ellos les juré y rejuré que jamás volvería a pisar la facultad de Derecho, hace poco les tuve que confesar que ya había faltado a esa promesa. Creo que la alegría que mostraron era completamente auténtica. A ellos, más que a nadie, les debo la crítica a un cuento horrendo o la sincera felicitación cuando algo lo hacía bien, les debo los talleres de cuentos, las borracheras eternas y las conversaciones hasta la última gota. Uno de ellos, acaso al que más le debo, me acompañó a la utopía más grande de mi vida: el viaje hacia el Cono Sur.

De aquel viaje, creo que sacamos una importante lección: aquí, en Lima (es justo aclarar, no he vivido en otras ciudades grandes del Perú), la gente sobrevive entre las mezquindades más inverosímiles que se hayan visto. Y por eso, Lima tiene la configuracion que tiene. ¿Qué puedes pedir de una ciudad que está divorciada de sí misma? Lo mismo pasa con La Paz, entre el sector norte de la ciudad con el sector sur. A pesar de que entre Lima y La Paz, mejor es Lima, uno nota mayor disposición de ayuda en los bolivianos, quizás algo desconfiados con los peruanos, pero no por eso menos atentos. En nuestra ciudad, hay muchas cosas que arreglar, y no hablo de los huecos de la avenida Universitaria, ni de la facha del Centro Histórico, ni de las piletas de Castañeda ni de la nueva Estación Central en el Paseo de los Héroes Navales. No, a Lima hay que salvarla de la ruindad, de la mezquindad, de la incultura y del perreo. De los chicos que no leen, de las familia que no hablan, de los jóvenes que no piensan, de las madres que sobreprotegen, del miedo de terminar de caer en lo que ya la ciudad se ha convertido: un infierno parcelado, un private country de blancos contra no blancos, de cafés del mar, de la peor educación de América Latina (y su nivel bajo de lectura). Hay que salvar al niño que en medio de los arenales reconoce a La Polonesa de Chopin, diferencia a Neruda de Bécquer, una palabra quechua de una aymara, la trigonometría de la geometría.

He vivido en la Argentina, y hay que entender una cosa: está tan pobre como nosotros; e incluso, tiene más crisis, pero, si en algo interesante nos diferenciamos, es que ellos llevan un modo de vida que, pese a sus relativas carencias, los hace vivir bien y no se privan de las cosas más (verdaderamente) importantes de este planeta. Si tienes parientes allá, debes saber algo: ganan tanto como acá, pero allá no andan a la defensiva en la calle, esperan al colectivo en su paradero, saludan cuando tienen que hacerlo y se deshacen en atenciones con los forasteros, no te cobran el baño y no te espantan con horrendo jaladores en las zonas comerciales. Si alguien que ha vivido mucho tiempo fuera de aquí y luego vuelve, sabrá muy bien a lo que me refiero.

De ellos mis amigos, uno no está aquí, está en Londres y quizás lea estas líneas. Ya sabes cómo te espera tu patria, así que, échale huevos nomás.
De Lima no voy a rajar más.
Así, mis queridos compatriotas, este su Reo Libre ha recalibrado su concepto de patria íntima. Esa Patria que ninguna guerra me puede quitar porque no tiene territorio. Claro que si tuviera que luchar por esta, mato y muero por ella. De eso, por favor, que no quepe duda. Y podría morir por ella, como uno más, mientras alguien más arriba arregla nuestras muertes por algunos miles de millones de dólares o euros. No importa. Mientras amigos y familia (al igual que mi trabajo) queden todos juntos aquí, aquí es mi patria, aquí mi tierra, aquí mi porvenir, sobreviviendo, pero tratándole de ganar la partida a la mezquindad, y si no se puede más, siempre hay una salida: el aeropuerto, para despejarme un rato.

Y claro, hijoeputa Alan cumple un año en la casa de Claudio Pizarro bailando el baile del teteo. El muy xu-xu-xu-xa-xa-xa ya la empezó a garcar. Ya les llamó comechados a los mamones del Sutep y en su asqueroso costal metió a muchos maestros injustamente. Nos viene haciendo el avión y moviéndole la colita a los intereses económicos chilenos que ya nos tienen de colonia. ¿Qué nos dirá en su Florinda Meza a la Nación? Incertidumbre. Quizás Calderón de la Barca le vuelva a servir para sorprender a un pueblo que hasta ahora no sabe con exactitud lo que es "La vida es sueño". El pueblo aún seguirá creyendo en él, y creerá que Mantilla es malo y traidor del partido del "gran" Haya. Creerá también que Machu Picchu es eterno y que podrán seguir subiendo tanta gente hasta allá como quieran (eso ya tiene un nombre en Lima: la cultura combi -o la teoría de "al fondo hay sitio"-).
La economía crece pero a nadie le cae la suya. A mí, por otro lado, no me va mal, pero podría irme mejor; para eso, me vuelvo a poner el gancho de ropa en la nariz y a leer libros de Derecho (puta madre). Encuentran petróleo en Iquitos, pero los combustibles suben, los carros contaminan, la gente bota su basura donde carajo se le da la gana y el mar no apesta más por propio pudor. Así hemos llegado al primer año de teteo; ojo que nos faltan 4 más; no desempaquen aún las maletas que prepararon cuando entró Alan. Y esto no es una contradicción con lo dicho líneas arriba, simplemente es una precaución. Elevemos nuestras oraciones al dios del litio.
Compatriotas y asociados: este su Reo Libre ha dicho todo lo que tenía que decir por estas fiestas huérfanas. Feliz Navidad y Próspero Barnitzbah Nuevo.

domingo, 27 de mayo de 2007

Reflexiones en la cola del Hombre Araña 3

A veces, es necesario esperar a que el sol abrigue un poco las sombras para que uno pueda animarse a abrir los ojos. Pero ahora, en junio, es muy difícil encontrar uno de esos días. No creo que haya en este mes uno. Sin embargo, sí creo que todo en esta vida es cíclico, que hay días cálidos y felices y que los hay también gélidos y grises.

Mayo fue un mes feliz: encontré trabajo, me reencontré con buenos amigos y celebré dos de los más importantes cumpleaños para mí. No me puedo quejar; con todo y sus altibajos, mayo fue un mes que cumplió.

Y a diferencia de ese mes, junio empezó más bien con una invitación a reflexionar sore las cosas que en mi vida me destazaron como un cerdo, de las cosas que me quedan pendientes y de las cosas en las que he tenido una inmejorable suerte.

Seamos claros: hace un frío de mierda en Lima, y por eso, putísimo de mí, me encanta quedarme en cama haciendo la de la morsa (goo goo goo joob) y por eso he reflexionado sobre algunas cosas que luego de tanto darle vueltas en la cabeza, y de dedicarle placenteras horas de rásquimbol, no hacen más que provocarme una nostálgica sonrisa antes de que sea hora de salir.

Primera rascada

¿Conocéis a P? Yo sí, tuve la aleccionadora desdicha de acumular más de 1800 días a su lado que acabaron de una manera muy linda: me envió un emilio stefan donde ponía: «Christian, estoy con un abogado de verdad, un abogado de éxito. Tú y yo hemos terminado. Entre los dos hay tantas heridas que el perdón es impensable». Bueno, no me quita el sueño el hecho de que no soy ni un abogado siquiera de mentirita y ya desde hace tres años eso no me pone ni me quita nada. Así que esas palabras, si algo hicieron en mí, simplemente fue que me diera cuenta de con qué clase de persona estuve tanto tiempo. Hasta luego y apaga la luz cuando salgas.

De eso han pasado más de 700 días, pero hace menos de diez volví a ver al abogado de éxito correteando a un abogado menor, profesor pringoso de San Marcos, que suele frecuentar mi laburo. Y haciendo una de las cosas que mejor sé hacer (o sea, hacerme el cojudo) le pregunté a una chica de la chamba: "¿conoces a ese chico (de éxito) que acompaña a ese abogado (de verdad)?". Y me respondió: "Ah sí, es un pelele de dos por medio". Evité sonreír pues de inmediato pensé que el mundo era un pañuelo y tarde o temprano el moco me podía alcanzar a mí también.

Segunda rascada
Este tema trajo su inevitable cola, tan temida y satanizada: terminar la carrera. Así es, amiguitos, me vino la conciencia, y en avalancha responsabilísima. ¡Horror, horror! Este tema está más rayado que mi LP de Popy (el payaso de verdad, no el político hijo de puta) o mi CD pirata de The Cure; también es cíclico, también me vienen crisis existenciales respecto a él, pero por suerte, escribiendo (y aún más, leyendo) se me pasan. Off the record (y off the chacotas) lo haré por mi familia (¡por ti viejita, salud!) que ganó el campeonato nacional de repetición del mantra "termina tu carrera, hijito". Caramba, ciertamente, en ocasiones, hasta yo mismo me sorprendo. Palmas, compañeros...

Tercera y última rascada, generalmente, dos minutos antes de salir de la cama

En verdad, no la hay. Simplemente lo que existe aquí es una queja y una bendición: ¿Por qué tengo que levantarme temprano? Porque tienes trabajo pues, hijito; arrodíllate y da gracias. Gracias. ¿Por qué me tienen que despertar? Porque el desayuno ya está listo, hijito, tu madre acaba de tocarte la puerta del cuarto. ¿Por qué diantres le tengo que ver la cara a la avenida Abancay? Porque la vida no es perfecta. En absoluto. Y tienes que cruzarla casi entera, y verla te recuerda que Lima será siempre la gris y desértica ciudad que cruzaste a los cuatro años enun bus que venía del norte, que en Lima están, conviviendo más o menos en paz, parques y pirañitas, abogados (que casi son la misma cosa) y políticos (grado máximo de mierdificación del ser humano), libros, mochilas y ropa en descuento, bibliotecas vetustas y sepulcrales (claro, con pirañitas a los costados inhalando terokal... gran estampa de nuestra ciudad. Linda y cuidada, Castañeda), películas, discos piratas y la Casona.

Y la gente me empieza a ver como un bicho raro porque estoy sentado en la escalera que lleva al tercer piso del cine y no paro de sonreír, de quedarme con el lapicero suspendido entre mi entrada de las 9:20 de la noche y las hojas de esta agenda. Qué tendrá ese joven. Loquito debe ser.