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jueves, 17 de abril de 2008

Lágrimas de cortesía

Hoy quise estar de estreno y estrené granito en la frente. Sheyla también, pero de eso no he venido a hablar. El producto que les vengo a ofrecer... perdón, cambiaré de floro.

Mejor, empecemos desde un inicio. Adán y Eva.

Ya... Ahora sí:

Sheyla y yo fuimos hoy (jueves) al cine, a ver cualquier cosa que yo ya haya decidido de antemano ver, je, je, je, qué autoritario. En verdad, quería ver con ella una película cuyo argumento me había atraído bastante: Posdata: Te amo.

Esta película trata sobre como una muy joven y atractiva viuda (Hillary Swank) va intentando salir de la profunda depresión en la que quedó luego de que su esposo Gerry (Gerard Butler) muriera tras una espantosa enfermedad. Y precisamente es ayudada por su esposo, quien antes de morir le dejó escritas unas cartas que serán como guías para ella para salir de aquel estado de soledad que la envolvía. Sin embargo, sacudirse de su recuerdo no sería muy fácil, mucho menos debido a las cartas, cuya razón no atinaba aún a comprender, pero que luego ella va con claridad, continuando así con su vida.

Bueno, el producto final de la película no era lo que yo esperaba; me habían atraído detalles del argumento que creí que tomarían una dirección distinta a la que tomó. Evidentemente, debí esperar una comedia romántica, que lo fue. Claro que con un tono original, pues al final el rehacer la vida de Holly (Swank) no era precisamente el que todo el mundo puede imaginar cuando se habla de ese tipo de problemas.

Aún así, creo que los actores estuvieron muy bien en sus papeles. De Butler podía esperar una buena performance, siempre, claro que sea una película con ambientes europeos, como Dear Frankie, por ejemplo. En donde él hizo un papel totalmente distinto, pero igual de entrañable. Más entrañable aún la mamá de Frankie, pregúntenle a Chris Wilton de Match Point. Mejor no. Scarlett, ¿por qué no estás aquí?

Perdón, empecé a disvariar: control zeta.

Igual es recomendable irla a ver de a dos, que es la única forma de disfrutarla de verdad, aseguro que la carcajada no faltará, y tampoco una que otra "basurita en el ojo". No se olviden de ir al baño antes: son dos horas de película.

lunes, 25 de febrero de 2008

Gangs of Water Box


No soy de Lima, y quizás sea uno de esos provincianos nostálgicos que creen que todo tiempo pasado fue mejor y que las costumbres de su pequeño pueblo eran mucho más sanas que las que uno presencia en la ciudad capital, al menos en el populoso distrito (que quiere ser provincia) de San Juan de Lurigancho y en su escape obligatorio: El Rímac. Puede que sea una visión miope de las cosas. Más o menos así: "Recuerdo que cuando yo era niño los carnavales eran solamente tirarse agua salvajemente desde las ventanas o las azoteas o ir por ahí con las manos embarradas de betún, pintura, talco y manchar a las chicas que pasaban, y de yapa que te ganabas alguito. ¡Oh, qué bellas épocas!".

Febrero es uno de los meses más calurosos del año. Más aún en una ciudad hacinada y mal gastada como Lima. Salir los domingos para cualquiera que no comparta el carnaval es un suplicio, así que era mejor quedarse en casa trabajando. Y aquí en Caja de Agua, lo he visto pasar ya durante tres semanas seguidas los muchachos del barrio creen que jugar los carnavales es formar dos bandos (a lo Pandillas de Nueva York), quitarse los polos, y atacar al otro grupo contrario, tan desnudo, pintarrajeado, sucio y salvaje como el otro, en plena vía pública y frente a mi casa.

La pregunta es ¿por qué? Ahora trabajaba tranquilo, pensando que ya con que las veces pasadas haya pasado la policía espantando a la muchachada había bastado para al menor simular que se vive en un barrio calmado, y de pronto, el primer alarido, la corrida en tropel y la conchasumadreada generosa... ¡Canta, oh pélida, la cólera del piraña enardecido! Empezaron a atacarse, bajando desde la zona alta de la urbanización hasta la altura de mi casa, que es la salida de toda la cloaca, desnudos, embarrados, etc., etc., con los polos enrollados, hechos nudo en un extremo humedecido (supongo que con agua) o untado de pintura o talco (o cal, ya ni sé), con el que golpeaban, griegos a troyanos, kantianos a hegelianos, vargasllosianos contra garcimarquecinos... estos muchachos se toman las peleas doctrinarias muy en serio.

Un mendigo loco en la calle, inmovilizado por la pelea épica simulaba quizás ser un Homero degenerado. Y pasó la polícía, y huyeron, y volvieron y siguieron. hasta que los que se ubicaban en la parte más pegada a la avenida Próceres de la Independencia cojieron a uno que arrastraron unos metros mientra un station wagon casi los atropella a todos. Más tarde un mototaxi arrolló a uno de ellos. Lo más sorprendente es la actitud de los vecinos, que, quizás acostumbrados a este tipo de espectáculo, o quizás creyendo que es una manifestación cultural de la subcultura Caja de Agua, solo miraban, incluso desde sus ventanas, me incluyo. Solo una madre, que reconocío a su hijo en medio del jolgorio, empezó a carajearlos como se debe.

–¡Christian, no tomes fotos! ¡No te metas!

En el fondo, la preocupación de mi familia es (en esta parte del globo) tristemente racional: si no te metes con ellos, ellos no se meten contigo, es decir, podrás seguir llegando tarde a casa sin que te asalten, podrás dormir con la ventana abierta sin que te salten las lunas rotas al rostro, podrás traer a tu flaca sin que la espanten.

Esa es la sociedad que nos rodea, en la parte más populosa de Lima. Hace unos días vi un reportaje en la televisión donde se mencionó que la policía incluso había empezado a detener personas que jugaban salvajemetne el carnaval y que molestan a los transeúntes. La mayoría de las imágenes no eran precisamente de SJL, sino más bien del Rímac, ruta obligada de todos los que vivimos aquí y tenemos que salir a trabajar por ahí. No hablemos del pésimo estado de las pistas de ese distrito, solo del gran peligro que significa estar en un bus, en una combi, a pie o como sea al mediodía, en el cruce de las avenida Prolongación Tacna y Francisco Pizarro.

Regreso a mi nostalgia provinciana (con el respeto de un tal Cachuca, artista caldodegallinecero) cuadno recuerdo esa parte del reportaje donde se mencionaba la sana forma de cómo se celebra el carnaval en Lurín, entonces pienso que tan equivocado no estoy. ¿Por qué permitimos estas cosas? Sin mencionar que gastar así el agua me parece incorrecto, se demuestra con esto que nuestor nivel cultural ha dado una peligrosa curva descendiente que nos ubica muy cerca al primitivismo. Si hay una manera de salvar la ciudad, es salvándola de este tipo de espectáculos. ¿O solo esto pasa en Caja de Agua? No: el salvajismo se convirtió en sinónimo de carnaval, la matachola nos condena. Y mi nostalgia me engaña: los desmanes han sido parte del carnaval siempre.

Voz en off (lo tomo de la página de la Munipalidad Metropolitana de Lima): "En la década de 1920 bajo un discurso modernizador se renovaron las fiestas de los carnavales. Se había criticado constantemente a esta fiesta por sus 'celebraciones violentas que atentaban contra las buenas costumbres' incluso se mencionaba que el Carnaval de Lima se encontraba en una etapa de 'decadencia'. En 1923 la Municipalidad de Lima reorganizó el Carnaval, durante tres días se realizaron corsos multicolores, bailes y retretas. Se reprimió el juego con agua siendo reemplazado por las serpentinas y chisguetes, en fin, Lima se convertía en una fiesta general. El Municipio encargó la filmación de la película del antes y el después de la fiesta a una compañía norteamericana..."

En fin, mientras seguiré siendo un neoyorquino más de las Cinco Esquinas.


Cuando las hordas se van, la calma vuelve

Fuente de la foto en sepia: Biblioteca de la Munipalidad de Lima

sábado, 23 de febrero de 2008

Sin lugar para quién, oiga


Sentirse viejo no es sinónimo de ser débil, creo yo. No en todos los casos. Una persona débil, generalmente, siempre fue débil. Incapaz de hacerle frente a un gran reto o un gran problema que amenzace con ensombrecerlo. Simplemente deja que todo pase y que algo lo pueda sacar del eclipse. el que ya es viejo, de cuerpo (y si quieren también de espíritu, ese no es el tema ahora) es alguien que por el paso del tiempo se ha debilitado 'fatalmente', 'irredemediablemente', porque el tiempo es cruel y no te deja lugar en una selva donde solo los que aún el tiempo los ha condenado al retiro.


El sheriff de No country for old men, efectivamente, no fue un hombre débil. En lo absoluto. Fue un hombre que, como lo dice al principio de la historia, desde muy joven estuvo dedicado a esa labor y que, luego de tanto tiempo ya las fuerzas poco a poco lo van dejando, pero que él (hombre fuerte, claro) se niega a dejar. Por eso, la traducción del título de esta película está totalmente injustificado, pues traiciona el espíritu de la película.


Es la primera que veo de los hermanos Coen, aunque tengo descansando en mi piratateca otros dos títulos de ellos, y no puedo haber salido más satisfecho de la sala del cine de ver una buena puesta en escena. Grande Bardem como el psicópata asesino que va de condado en condado matando con su moneda (al mejor estilo de Godínez de El chavo del 8 dando su examen), decidiendo con un pedazo de metal quién vivía y quién no.


La película no está desprovista de un sutil mensaje: el dinero fácil mata. Los negocios turbios andan plagados de psicópatas para quienes las drogas o el dinero son lo de menos, una circunstancial excusa para matar sin piedad a la gente que se atraviesa en el camino. la reflexion final también pertenece al sheriff que siente el disgusto de retirarse sin haber podido con Anton Chigurh, (a) Willy Wonka (cfr. la columna del Búho, en El Trome del día de ayer), que salió caminando, como a lo largo de todo el recuento de quien me pareció narró la historia (Tommy Lee Jones)


Estos días previos a aparecerme en la sala del cine leí y escuché muy buenos comentarios del trabajo de los Coen y particularmente de esta película, que además tiene un nada mezquina cuota de humor negro. Pues, para ser la primera que veo de ellos, no puedo sino estar de acuerdo con todos esos comentarios positivos. Ahora, creo que veré con más entusiasmo Fargo este fin de semana.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Wir lieben Maja (Ein klein Abschied)



En algún punto de mi historia infantil me enamoré de la Abeja Maya. Sin saber que era alemana, y antes que empezara a detestar a los que profanaban su nombre con el popular sonsonete «Maya, Maya, se tira un pedo y se desmaya», supe que ella era buena, supe que la quería, que si la abejita lloraba, yo lloraría con ella.

En otro punto, también lejano, alguien puso en mis manos uno de esos antiguos peluches, que estaban rellenos de bolitas de tecnopor, claro está, era un peluche de Maya. Lo cargaba a todos lados, hasta convertirla en mi juguete preferido. Así empezó todo con Maya: la tele, en los lejanos 80 y ella, el peluche, saltando entre los sueños de mi cabeza.

Pero como todo en la niñez pasa, también pasó ella. Las mañanas del canal cuatro pronto se vieron vacías de abejas, que fueron reemplazadas por mosqueperros, gatos samurai, focas bebé y sirenas enamoradas. Fábulas del verde bosque al carajo, yo quería mi abeja. El peluche, como todo lo que caía en manos de mamá, fue a parar a la cápsula del tiempo de los recuerdos familiares.

La primaria, Liveman, Saint Seiya y Fujimori me hicieron olvidarte, Maya, y no fue hasta hace poco que investigando en este aparatejo supe que ella seguía viva, que en Alemania no había perdido la vigencia que aquí tantas oleadas de mugre hicieron que la perdiera. Maya descansón tranquila hasta que en 1999 la encontré de nuevo, sin un ojo, pero aún con su sonrisa primaveral intacta. Maya, querida Maya. Ay de aquellos que profanaron tu nombre.




La universidad, el sexo, el alcohol, el puto Derecho, la mierda de San Marcos (o sea, su mezquina Facultad jurídica) y el roche de tener más de 18 años te volvieron a hundir en el olvido, Maya. Una vez más, una mano diligente te resguardó del polvo, del vejamen, de la infamia. Pero no de las polillas, querida.

Como alguien alguna vez mintió, recordar es vivir, le pregunté a mamá, si allá en la lejana y nostálgica Paramonga había aún una abeja que esperara por mi llegada, y me dijo que las polillas habían dado un trágico fin a mi abejita, como si fueran moiras ácidas, la devoraron, intentando quizás también arrancarla de mis recuerdos. Pero no podrán... ¡No podrán matarla!

Liebe Maja, ahora descansas en paz. No me quedas tú, ni Chubaquita, que debe andar con gonorrea deambulando por el mundo. Solo me queda un frío muñeco He-Man. Maldito sea el que se llevó mi Skeletor. He intentado olvidarte y no lo consigo. Menos aún si Seinfeld produce una película de abejas que tuve la dichosa idea de ir a ver.

Nada que ver contigo, tierna Maya. Estas abejas eran muy posmodernistas. Muy s. XXI, muy Fukuyama, muy Disney, muy download of this page. Muy tierna a veces, tan leguleya en otras, terriblemente neoyorquina en muchas oportunidades. Tan Seinfeld, tan gringo, graciosa sí, pero tan de ahora que no hacen más que agigantar el vacío que has dejado, Maya, al menos en esta parte del Hemisferio Sur.


viernes, 7 de diciembre de 2007

Un día que me asomé a ver... Ricordate di me


Y una de las pocas cosas que vale la pena ir a ver al cine es Ricordati di me. Ni pregunten cómo la vi, porque no lo voy a contar (tengo aún un pequeño pudor). El caso es que es recomendable y nada despreciable esta película del mismo director de L'ultimo bacio, Gabriele Muccino. De este mismo director hubo una película el año pasado en nuestras carteleras, protagonizada por Will Smith, "The Pursuit of Happyness", la que no vi, pero pronto quisiera ver.

Pero me quisiera detener en los puntos en común que existen entre L'ultimo bacio y Ricordati di me.

La primera historia versaba sobre el miedo a la madurez de unos jóvenes burgueses que van entrando a la treintena con muchas dudas en la cabeza, y deciden irse por el mundo en búsqueda de eso que no quieren que se les arrebate de las manos: la vitalidad. Y cada uno va viviendo una crisis: el matrimonio, la infidelidad, la muerte. Cosas que no estaban preparados para asumir en sus vidas que encontraban tan vacías.

Uno de ellos, Carlo (Stefano Accorsi), estando a punto de casarse con Giulia (Giovanna Mezzogiorno), su prometida, se enreda en una aventura con una jovencita de 18 años que lo hace otra vez sentir la vida que, por otro lado, parece que se le escapa. Él al final renuncia a echar su vida por la borda con esta jovencita, que no representa nada en ella, salvo un hermoso y apasionado desenfreno.

Cosa distinta pasa con el Carlo (Fabrizio Bentivoglio) y la Giulia (Laura Morante) de Ricordati di me, quienes conforman un matrimonio que ha vivido sin amor y en la rutina, siguiendo una historia de frustraciones adornadas de aparente felicidad familiar, felicidad que sucumbe cuando a la vida de Carlo vuelve un viejo amor de juventud, que lo hace (a diferencia del otro Carlo) recordar verdaderos momentos de felicidad y plenitud, cuando él, escritor frustrado, puede despercudir un poco esa novela inconclusa que, gracias a este impulso que Alessia, su ahora amante (Monica Belucci), le ha vuelto a dar a su vida, buscará terminar por fin.

Cómo se van tejiendo esta historia con la propia historia de las frustraciones y éxitos de la esposa Giulia y la hija Valeria (Nicoletta Romanoff), sin contar a Paolo (Silvio Muccino, a quien también puede verse en la película Manuale de amore), nos tiene muy presente que Gabriele Muccino es además el guionista de ambas (por cierto, qué mal que ambas parejas protagonistas sean homónimas). Las historias cambiaron de escenarios y de roles dentro de la película, pero en el fondo es la misma historia de búsqueda de felicidad en las vidas que las falsas comodidades nos han hecho creer que tenemos.

La película no es mala, llega a entretener muchísimo, y sobre todo podemos ver a la Belucci, aunque no haga un gran papel.
Una peleíta en L'ultimo bacio, tras descubrirse al tramposo...




Y en Ricordati di me, cuando al jugador de turno lo ampayan...


domingo, 2 de septiembre de 2007

Todo lo que hace uno por chamba


Si le preguntaras a alguien por lo que estudió te diría que pasó seguro por la universidad estudiando tal cosa y que terminó en un trabajando en una cosa no precisamente por la que estudió tanto tiempo. En mi caso, y el caso de todos mis allegados, esto es una regla. No precisamente trabajamos en lo que tantas horas de sueño y placer hemos sacrificado.


Eso en verdad no es malo. Eso en verdad no tiene nada de malo. Lo malo viene cuando uno pierde todo rumbo en la vida y sobrevive tan solo por trabajar, por dedicarse a eso que le da un magro o no tan magro ingreso y se pierde en los vaivenes que un trabajo incidental te trae.

Por lo pronto, nosotros, los que estudiamos Literatura, Comunicación Social o Derecho, trabajamos de correctores, profesores o aprendices de editor y en eso nos puede ir bien; podemos estudiar cosas que nos capaciten mejor en esos trabajos y nos permita mantenerlo y crecer en esos prestigiosos oficios. Al fin y al cabo, somos artesanos de lo mismo, amasamos la misma cultura que nos rodea, aunque no precisamente por el lado que quisiéramos amasar. Puedo ser periodista, ser profesor de algún instituto superior y capacitarme en algunas herramientas informáticas que me permitan mejorar en mis métodos de enseñanza. Eso está bien; luego, también me sirve para cosas personales. Puedo ser un estudiante de Derecho, estudiar un idioma que casi nadie conoce y poder trabajar como un traductor, trabajar en una editorial o en alguna revista conocida del medio, enseñar en alguna academia; puedo estudiar Literatura y trabajar corrigiendo textos en algún ministerio.

Pero algo no olvidamos, por más pesada que esté la lluvia: la vocación. Esa frágil flamita que abriga el corazón y que nos permite decir "Me voy a trabajar". Nos hace madrugar, tragarnos a veces amanecidas, cancelaciones a los amigos o simplemente ignorar (temporalmente) que tenemos vida para sacrificar siempre un poco del tiempo que podríamos invertir en sentarnos como en un trono a escribir frente a una computadora o frente a una máquina mecánica y vetusta, que puede que nos haga sentir más discípulos de Hemingway que ningún otro. Aunque al día siguiente nos enfrentemos al monstruo de la realidad.