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martes, 5 de mayo de 2009

Ella Noche


Comprobé que no quería siquiera meterme a una cama con ella para calentar los pies por el invierno. Comprobé que era una más en una larga lista de inexistentes encuentros que no fueron más que una tibia intención de calentar las sábanas. Así que la dejé ir, que caminara libre por una calle, que hablara del tema si le apetecía y que no guardara renconres innecesarios. El mío, aún lo necesito, porque el café todavía no se acaba.

-¡Mugre! -dice ella- ¡Mugre! ¡Mugre!

La miro extrañado, examinando sus palabras, tratando de adivinar algún residuo de odio, alguna de esas lanzas irónicas tiene más veneno del que pretendens, lo sé, hay algo en todo lo que dice que no me agrada en absoluto. Algo que huele, precisamente, a mugre, a moho, a algo que ya no recuerdo muy bien. Porque más allá de ese sublime recuerdo de sus pechos como un campanario, y yo tañendo melancólico, no puedo recordar más, pero ella sigue repitiendo "Mugre" con una sonrisa tan falsa como brochure de supermercado.

Sé que esta es la última vez que la veré, que nunca más me darán ganas de ver, llevarla a una cama, meterla a la fuerza en una habitación para que luche por su supervivencia, para ver como esquiva cada una de las estocadas, quiero verla así, aún agresiva y ágil, no como ahora, de traje sastre, yendo a clases en la universidad, avejentada, como profesora de primaria, oyendo un estúpido merengue por el mp4.

En casa y solo estaré mejor.

lunes, 31 de marzo de 2008

Antes del supermercado

Siempre supe que el invierno sin ti sería más frío, la soledad menos interesante, pero no por eso menos hermosa. Ahora comprendo cosas que no sé si serán necesarias que las entienda ahora. De estar en tu casa extrañaré pocas cosas para mí. Quizás la que más extrañe será la de sentarme en una vieja perezosa sobre la azotea para observar cómo avanzaba el cielo, cómo se pintaban de colores las nubes, y cómo siempre volvían al eterno gris de Lima. ¿Te comenté que el cielo siempre ha sido gris, no? Quizás no lo sepas porque jamás he visto que hayas mirado al cielo o hayas querido pensar más allá de un dolor de espalda.

Ah, sí que arrecia el frío.

He cerrado la puerta e iré a pasar a ver si un poco de aire fresco me quita esta sensación de oxidación. No puedes abandonarte así, me dijeron, no puedes tirarte sobre la cama simplemente a querer que las cosas pasen. No seas cobarde, no seas huevón, no seas, no seas, no seas. Ya me cansé de no ser y también de ser. Estoy cerrado al público hasta nuevo aviso: salí a almorzar, regreso al a las cuatro de la tarde de cualquier otro día. Así que no se molesten en tocar la puerta. Caminar siempre me ha hecho bien.

* * *


La avenida está siendo reconstruida, mejorarán el malecón porque hacía más de treinta años que no había refacciones en él. Antes de que las hubiera muchos de los vecinos se habían quejado de los grandes huecos del asfalto y que la alameda se llenaba de fumones que daban mal aspecto al barrio. Sin mencionar los artistas locos que iban a calmar sus penas mirando el mar. Entre ellos ese que ha venido exageradamente abrigado, aquel que no deja de mirar hacia el mar, como si contara a las aves que vuelan sobre él, sobre las rocas que están al pie del acantilado. Dicen que la puesta del sol aquí siempre ha sido muy hermosa. Debe ser así. Lo que sí es verdad es que los fumones, como eran del barrio, no molestaban a los que vivían por aquí. Pero ahora todo está hecho un campo de golf y los tipos han tenido que mudarse, dicen que al pie del acantilado, el artista loco que siempre mira hacia el mar sonriendo pensando en Ribeyro y distorsionando su obra en su mente… “serían como la higuerilla”.

Piensa en alguien, cubierto así como está con ese viejo gabán, quizás busca rastros de un calor que ya no tendrá más. No ha dejado de fumar en toda la tarde. Ha mirado fijamente al mar. Está escarbando en su memoria, trayendo viejos recuerdos empolvados. Se nota, se nota desde aquí. Muy pocas veces se ha visto un rostro más lejano que ese, como si fuera un forastero en el mismo lugar de siempre, anclado en un tiempo distinto al suyo; su mirada se sigue el vaivén de las olas; las gaviotas han volado en círculos hasta que se fueron, con el sol.

* * *


Me he quedado dormida en el bus y he llegado hasta el mar. Eso no estaría tan malo de no ser porque soy demasiado nerviosa, y me delato de inmediato como nueva en un lugar. Cuando bajé asustada, di muchas pistas de que no tenía ni la más remota idea del lugar donde estaba. Repasé: sigo en la ciudad, en una zona que no conozco y muy cerca al mar, de hecho, estoy a su lado. Sé que sigo en la ciudad por los letreros de obras de la municipalidad. Por eso no me preocupo mucho. Ya es de noche y las luces naranjas hacen que la oscuridad contraste más con las superficies donde la luz refleja. Hay mucha gente en ese parque pero no debo parecer que no soy de aquí. Es extraña esta sensación de despertar y saber que está una perdida en medio de un lugar que no ha visto jamás. Pero si el bus que me sacaba de la casa de Pedro e iba hasta la mía pasa por aquí, de regreso debe pasar por los mismo lugares, así que será cuestión de esperar.

Muy discretamente miro el celular y veo que es ya casi las diez de la noche. Así que tendré que llamar a casa, pero no sé donde hay un teléfono cerca. Aquí en estos parques hay unos teléfonos públicos que no se ven muy bien. Si me acerco sabrán que ando más que perdida y si hay ladrones cerca me van a seguir hasta quitarme… qué traigo de valor, ah, sí: el celular. Caminaré como quien se va a ver el mar. El malecón no se ve muy bien, pero tendré que seguir por aquí…

Todo por ir a la casa de Pedro. Me he tomado muchas molestias por él, pero no he podido evitarlo. Daría lo que sea por un pucho… No he podido evitarlo. Está haciendo algo de frío, necesito encontrar un teléfono cerca, ya pasó, tengo que superar esto. Hay una persona ahí que está mirando hacia el mar, aunque hace ya un buen rato que no hay qué mirar. Quizás esté viendo como la luz de la luna se refleja sobre la superficie del agua.

–Disculpa…
–¿Ah…?
–Sí… perdona… me podrás decir dónde hay un teléfono cerca.
–Quizás ahí, mira.
–¿Ahí?
–Sí, esa es una bodega que también es locutorio.
–Ajá.
–Vas y ya, es el más seguro que hay.
–Ya… pero esos tipos de ahí… ¿no son peligrosos?
–¿Qué?, ¿ellos?
–Sí.
–Parecen, pero no te van a hacer nada.
–No creo que sean confiables.
–Ah…
–¿Te puedo pedir algo…?
–Ah…
–¿Qué?
–Nada… que me parece que me vas a pedir.
–Oye, sorry, no te quería molestar, es que tengo que llamar para avisar que llego tarde porque me quedado dormida en el carro y…
–Está bien.
–¿Perdón?
–Te acompaño.
–O.K. Gracias.
–Así que no eres de por acá.
–¿Cómo sabes?
–Tranquila… Acababas de decir que te habías quedado dormida.
–¿Y?
–Y supongo que en el bus con el que te pasaste hasta aquí.
–Ah, eres bastante rápido.
–¿Te parece?
–Digo, rápido con la mente.
–Ah… o sea…
–Que tienes agilidad mental.
–Ah ya…
–No quise…
–Despreocúpate.
–Sí, bueno, ya llegamos, gracias.
–¿Quieres que te espere aquí?
–No es necesario.
–Como digas…
–Aunque… Si voy a tener que pasar de nuevo por ahí…
–Entonces te espero.
–Oye, por cierto: soy Rosa.
–Hernán, mucho gusto.

martes, 18 de marzo de 2008

La venganza del nerd


No escribí nada para los blogs ni para nada. Todo por el bendito capricho de querer llevar a mp3 los discos de ópera que me compré. Y parece que los muy malditos están bloqueados y no puedo pasarlos. Eso o soy una recontrabestia en computación (pero no estudié en IDAT)


Como sea, esta noche será mi venganza.

lunes, 4 de febrero de 2008

Hace un año


Recuerdo una noche que a veces me parece que no existió. Una noche con lluvia sobre un puente sin nombre en una calle que no existe sobre un río con un nombre que hasta ahora recuerdo, sin saber hacia dónde iba ni de dónde venía. Recuerdo una noche de lluvia, sentado sobre las piedras de un puente que atraviesa una ciudad que no conozco, una ciudad de Argentina, una ciudad veraniega de lagos, sierra y gente amable. Recuerdo una noche ya vieja sentado sobre La Cañada, mirando cómo el agua iba hacia el río Suquía, pensando y pensando por qué no me interesaba que esa lluvia, que aumentaba –¡y vaya que aumentaba!– el caudal del río, me mojara hasta mi alma. No me importaba. Muy pocas cosas habían de importar.

Hoy es domingo, aunque casi es lunes. Entre tres y cuatro de febrero escribo esto. Hace un año cargué una maleta más grande que yo hacia la frontera con Chile. Precisamente una noche como esta, hace un año, no me dejaron entrar a ese país. Fue la primera vez que pensé que todo ese viaje no resultaría, entre maletas, productos de contrabando, mamachas negociantes y choferes con axilas grasosas, mirando hacia la ventana, parado en el bus, viendo bailar lejanamente las luces de Arica, que se alejaban, viendo aterrizar perezosas las luces de Zofra Tacna, y luego la avenida Basadre. Esa noche, L6 no me dejará mentir, una parálisis absurda me impidió disfrutar con mis amigos de la vida nocturna de “la capital nacional de los nightclubs”. Mirando un punto muerto pensé y pensé en cómo llegaría a la Argentina, cómo con todas mis fuerzas lucharía por quedarme ahí, y luego, aunque sea en un contenedor de carne congelada, llegar hasta Barcelona, Lisboa, Marsella o Hamburgo, pero llegar.

Esa misma parálisis me impedía moverme sobre el río. No me creía la roca que la lluvia no moja. Era el hombre perdido que no sabía por qué luego de tanto esfuerzo, tenía que volver a su país con un peso muy grande en el pecho, pensando que todo esa tristeza fue producto de una fuerza vital inexistente en su corazón, de una dejadez blindada que lo hundió lenta pero seguramente en el fracaso. Aquella noche no dormí, pues veía cómo iba llenándose el río Suquía, sobre el puente Antártida, jugando con las luces que las gotas de la lluvia creaban sobre mis ojos.

Ahora me es imposible pensar en esa noche como una amarga. La vida ha seguido dando sus giros y creo que ya aprendí a rodar como una piedra más. Esa noche sobre el río Suquía está lejana ya, pero presente en mí como presente están todas esas lecciones que la vida te va dando, mejor dicho, apuntalando. Regresé y para bien. Lo dije antes, lo digo ahora: Las cosas pasan por algo.