Mostrando las entradas con la etiqueta sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta sueños. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de abril de 2008

Reo Libre sigue buscando casa

El domingo es un día muy extraño. Es el día de descanso, cierto, pero quién descansa sabiendo que hay que volver el lunes a trabajar. Ni siquiera la noticia de que Vanilla Ice está en cana me saca de esta parquedad reseca que me acartona, me hace una mala imitación de mí, qué lástima, quisiera estar mejor de ánimo. Porque me voy a enfermar un día de tristeza crónica y no me sacarán ni con una maratón de Los simpson por TV, ni con una sonrisa pintada en la pared de enfrente. Aunque quizás eso me deprimiría más... ya no sé.

Los días, últimamente, también se van volviendo un poco más grises, se torna de un aletargante color gris. Me está dando mucho sueño, debería ir a dormir y no despertar hasta la primavera y pensar que todos estos problemas son solamente espejismos de los últimos dís de sol de este extraño verano. No quiero pensar que seguiré escuchando ese nombre como si fuera un buenos días. Tampoco quisiera ver a mucha gente que nunca pedí conocer, eso incluye una larga lista que otro día daré en detalle.

Es más, ahora me iré a redactarla.

Quizás se mejor volver la mirada hacia 1990, 1991, uno de esos años sombríos, pero felices. Ciertamente, la memoria es muy nostálgica y tramposa: le pasa liquid paper a los malos recuerdos, dejando solo los imprescindibles, para poder vivir tranquilos. Sin embargo hay días en los que no puedo dormir. Una sensación de querer vomitar se sienta conmigo a la mesa y me coge los cabellos para que no pueda dormir, y me va susrrando cosas, me diciendo cosas, como cuando soñé que un bebé moría aplastado en una pista parecida a la avenida Tingo María.

Últimamente le tengo mucho miedo al llanto infantil.

Pero más miedo, incluso terror me inspira Tongo cantando "La pituca" en inglés, o en algo que quiso parecérsele.





Tengo mucho sueño acumulado, y muchas cosas que se van descomponiendo en mi cabeza, sin que vean un papel amigable o unas manos (mis manos) dilectas que las tallen en un pedazo de madera.

lunes, 4 de febrero de 2008

Hace un año


Recuerdo una noche que a veces me parece que no existió. Una noche con lluvia sobre un puente sin nombre en una calle que no existe sobre un río con un nombre que hasta ahora recuerdo, sin saber hacia dónde iba ni de dónde venía. Recuerdo una noche de lluvia, sentado sobre las piedras de un puente que atraviesa una ciudad que no conozco, una ciudad de Argentina, una ciudad veraniega de lagos, sierra y gente amable. Recuerdo una noche ya vieja sentado sobre La Cañada, mirando cómo el agua iba hacia el río Suquía, pensando y pensando por qué no me interesaba que esa lluvia, que aumentaba –¡y vaya que aumentaba!– el caudal del río, me mojara hasta mi alma. No me importaba. Muy pocas cosas habían de importar.

Hoy es domingo, aunque casi es lunes. Entre tres y cuatro de febrero escribo esto. Hace un año cargué una maleta más grande que yo hacia la frontera con Chile. Precisamente una noche como esta, hace un año, no me dejaron entrar a ese país. Fue la primera vez que pensé que todo ese viaje no resultaría, entre maletas, productos de contrabando, mamachas negociantes y choferes con axilas grasosas, mirando hacia la ventana, parado en el bus, viendo bailar lejanamente las luces de Arica, que se alejaban, viendo aterrizar perezosas las luces de Zofra Tacna, y luego la avenida Basadre. Esa noche, L6 no me dejará mentir, una parálisis absurda me impidió disfrutar con mis amigos de la vida nocturna de “la capital nacional de los nightclubs”. Mirando un punto muerto pensé y pensé en cómo llegaría a la Argentina, cómo con todas mis fuerzas lucharía por quedarme ahí, y luego, aunque sea en un contenedor de carne congelada, llegar hasta Barcelona, Lisboa, Marsella o Hamburgo, pero llegar.

Esa misma parálisis me impedía moverme sobre el río. No me creía la roca que la lluvia no moja. Era el hombre perdido que no sabía por qué luego de tanto esfuerzo, tenía que volver a su país con un peso muy grande en el pecho, pensando que todo esa tristeza fue producto de una fuerza vital inexistente en su corazón, de una dejadez blindada que lo hundió lenta pero seguramente en el fracaso. Aquella noche no dormí, pues veía cómo iba llenándose el río Suquía, sobre el puente Antártida, jugando con las luces que las gotas de la lluvia creaban sobre mis ojos.

Ahora me es imposible pensar en esa noche como una amarga. La vida ha seguido dando sus giros y creo que ya aprendí a rodar como una piedra más. Esa noche sobre el río Suquía está lejana ya, pero presente en mí como presente están todas esas lecciones que la vida te va dando, mejor dicho, apuntalando. Regresé y para bien. Lo dije antes, lo digo ahora: Las cosas pasan por algo.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Rey del Mundo, hasta las 9 de la mañana (oro sólido, oro sólido, oro...)


Su Graciosísima Majestad, Felipe I, Rey de lo pútrido y lo decadente, se levantó de su cama real luego de que su súbdito favorito, o sea, el narrador de cuentos (con perro que habla incluido, cuatro pilas Ray-O-Vac, 2 x 1 en oferta en Galerías Mercado Central), le estuvo leyendo un texto intitulado 2666. Aquel texto había marcado el ritmo de su vida en la última semana. Recordó el rey que semanas antes había disfrutado con un texto del mismo autor que llevaba por título Los detectives salvajes, que no solo había llenado sus expectativas como lector, sino que además había exacerbado su fuergo interno como aprendiz de escritor que decía ser, y de amigo y de hombre, como dijo alguien por ahí.

Como sea, el rey sintiose más que satisfecho, así que mandó llamar a los súbditos que le pusieron al tanto de la hora, le trajeran el desayuno a la cama; le recordaron amablemente que lo esperaban unos embajadores teutones para impartirle clases del idioma de las valquirias. Vaya, tan temprano pensó, pero como el rey todo lo podía y todo lo conseguía solicitó para esa mañana una jauría de enanos que remolcaran su carroza en forma de zapatilla Nike hacia el bosque conocido como "Campo de Martes a Viernes". De la jauría de enanos, dos eran gays y trataban de seducirse mutuamente, así que eso retrasaba el paso de la carroza.

El rey decretó que murieran por la tortuosa forma de leer una revista de jurisprudencia del Tribunal Fiscal. Los enanos imploraron por clemencia. El rey llegó a su destino; los enanos yacían muertos y ya eran trozados para ser vendidos como pan con chanfainita en el cruce de 28 de Julio y Arequipa. Desde la Emabajada argentina un orgulloso embajador, en pelotas, salió a saludar a los transeúntes, muchos de ellos lo ignoraron. Felipe I ordenó a los enanos detenerse ante Mariátegui, este, al ver al rey lanzó tres vivas en su nombre y lloró amargamente: los revolucionarios, sí, ellos, los de la facultad de derecho, usan ahora dos celulares, uno claro y otro movistar, con cámara de 5 megapíxeles, desayunan en La Tiendecita Blanca, compran su ropa en Saga y en Ripley, con una golden card; manejan Suzukis, y tienen laptops con internet satelital. Felipe I, conmovido por las amargas verdades que Mariátegui le confesaba, no tuvo mejor remedio que regalarle un libro: ¿Quién se ha llevado mis feligreses? Mariátegui le dijo padrino, besole la mano y Felipe se marchó.

Aún no daban las 7 de la mañana. Felipe descubrió que los embajadores teutones lo estaban esperando. Guten Tag lieber König. Guten Tag liebe Freunden. Y hablaron de muchos temas alemanes de suma importancia: Rammstein, la abeja Maya, Klinsmann, Claudia Schiffer y la película Rossini de Helmut Dietl.

–Auf Wiedersehen denn.

Son casi las nueve de la mañana. El día va avanzando y se va tornando algo tímido y frío. Los enanos se fueron a tirarle piedras a la estatua de Haya de la Torre. El rey ha mirado su reino parado sobre la cabeza de una pulga y vio que todo era bueno, que todo era posible en su soberanía, que muchas páginas podría seguir tejiendo todo el tiempo que hiciese falta. Sin embargo, el peso de la corona se licuó con el frío frescor de la mañana. Un cobrador de olorosas axilas grita "Bertello bajan". El rey pierde la corona, coge su mochila con su libro naranja del Goethe, toca la puerta de metal le abre un rostro adusto, casi hostil, un rostro escamoso lo espera dentro: es una iguana con guayabera sucia. Un oriental sale del baño sin subirse el cierre de su pantalón; no se ha lavado las manos. Firma tu ingreso, son las 9 y 10. Diez minutos de retraso.

El rey vuelve a ser un plebeyo y la tinta se queda agrietándose en un tintero muy triste.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Maldita necesidad de soñar


Sí, te hablo a ti, que te has colado en mi vida por la ventana, que has entrado por el patio de atrás sin que me diera cuenta. Te tengo muy bien vigilada así que no hagas ningún movimiento en falso. No sé cómo pudiste sortear el alambrado de púas envenenadas que puse ahí. No sé ni siquiera cómo antes cruzaste la fosa de caimanes con que he rodeado el lado más hirsuto de mí mismo. Pero a veces pienso, que es demasiado fácil pasar todas esas fronteras... tal vez.
Tal vez, porque mi imaginación no es tan poderosa como yo quisiera, o quizás porque tu imaginación es mucho más fuerte, lo que en verdad no es problema; el problema sería que yo me quedase colgando por el lado más flaco de todo esto, lo que es usual que pase, maldita sea.

Estás en medio del patio y los perros esperan mis órdenes, dispararán a matar. Pero ¿de dónde sacaste esa legión de duendes que vienen a cubrirte? Han rodeado la casa. Los perros disparan, pero es demasiado tarde. Los duendes los reducen. Vas a seguir avanzando hacia la puerta de la cocina; amenazas con preparar esos alfajores tan ricos que haces, y ya no tengo más defensas, no tengo más nada que me defienda, salvo uno que otro prejuicio que salte, pues no me queda de otra. Soltaré los prejuicios uno por uno a ver cómo hacen retroceder a tus fuerzas y salen de una vez por todas del patio trasero de mi casa.

No voy a mostrar debilidad en estos momentos. No ahora, ¿acaso no he aprendido nada en estos degenerativos 25 años? No, nada. Soy una nulidad sobre el papel y sobre el campo de batalla. Prueba de ello es que ya estás en la cocina haciendo un cake. El maestro Chubaquita te ve y huye; los perros, antes fieras rabiosas y asesinas con collares de púas, son ahora tiernecitos cachorros de papel higiénico Scott. Chubaquita huye, mono maldito, cada vez que hay problemas el primero que escapa (o como se dice en San Narcos, cuando se hunde el barco, las primeras que saltan son las ratas, o sea, toda la facultad de Derecho, t-o-d-a).

El cake huele muy bien, algo me sobrecoge, los perros me lamen las manos esperando una muestra de cariño. Hay duendes por todos lados. Algunos hablan en irlandés, hay uno inglés más allá, los mira con recelo. Hay uno que plastifica libros en editoriales jurídicas, hay dos más que, desde Argentina, vinieron esgrimiendo guitarra y bajo, tienen cara de estar pasados. Una pequeña palomita de papel vuela en medio de la cocina, se posa sobre mis manos y se despliega. Es un papel donde dice que me sonríes.

Pero tengo que despertar, tengo que entender que no puedo seguir soñando. Advertencia: esto ya ha pasado, maldito soñador. Cuatro duendes vestidos de gatos cantan:





If you rescue me
I'll be your friend for ever
Let me in your bed
and keep you warm in winter
Los perros sorprendentemente se han puesto a bailar alrededor de ellos. Aterriza otro papel que dice, muy románticamente, "Derecho Administrativo 4".

Christian, tú lo vas a hacer. Vuelvo a la realidad. pero esa cancioncilla sigue dando vueltas en mi cabeza. Me siento como el niño Ralph de los Looney Toons (Toons, como los dibujos, no Tunes, como los subnormales reguetoneros). Sobre mi mesa un pedazo de cake, y asocio ideas: un par de fonemas más a la derecha. Listo, otra vez (gracias, metonimia): ahí va mi imbecilidad galopante. Cuidado con eso, Christian. Ya pasó una vez, puede pasar todas las veces que quieras. No te lo permitas.

Los gatos siguen cantando. Un perrito Scott tocaba ahora el contrabajo.