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jueves, 27 de enero de 2011

Viernes por la madrugada (o un pequeño déjà vu)

Es casi la una de la mañana y no quiero ir a dormir. La calle está vacía, y los borrachines ya no asoman por aquí. Las malas lenguas dicen que tres de ellos han conseguido trabajo. Uno de los restantes recuperó su trabajo de estibador en el primer puerto del Perú. Los otros, qué harán, no sé. Algo que los dejara muertos a esta ahora, ya que ni han hecho un simulacro de aparición. Mi ventana luce tranquila. Sus vidrios ya no tiemblan con las carcajadas que hacían ladrar a los perros de toda la cuadra.

Un olor peregrino de marihuana viene con el viento viciado de las fábricas del otro lado del río. Una carcajada es ahogada por el pito de un guardia de seguridad. Un perro ladra, otro se lame sus partes y parece que ríe.

Tomo una foto que sale horrible con los dos megapíxeles que ofrece el celular, así que la borro y no intentaré tomar otra foto del parque.

Hoy el trabajo estuvo bien. Aunque debí decir ayer, y no hoy.

Ayer me enteré que ameritar es un americanismo que no proviene directamente del latín meritare. ¿Eso le importa a alguien? En fin, todos los días se aprende algo. La palabra merituar es incorrecta. Eviten su uso.

Mis mejores audífonos ya empezaron a fallar. No duraron ni medio año. Me permitiré una lisura por eso: "¡Mierda!".

El sueño, esa delicada carica, parece que esta noche la quiere pasar conmigo. Pero yo soy su compañero promiscuo, escritor abortado de un plan divino, marioneta de bajas pasiones y un corrector de los que siempre hay.

Tengo sed, y el cadáver, ay, siguió muriendo.

martes, 11 de enero de 2011

Don't stop me now




No recuerdo cuándo fue la última vez que pude devorar un libro en pocos días. Ahora, que naufrago con Islas a la deriva, de Ernest Hemingway, me quiero imponer a cómo dé lugar la misión de leer en toda cirscunstancia. Aunque el sueño impere, el calor, la abulia.
Hay que vencerlo todo. Los libros se acumulan, y cuántas notas he dejado de poner aquí. No me detendré ahora. ¡Vamos carajo!

domingo, 8 de marzo de 2009

Historia de un naufragio (I)



He decidido anclar en una isla desierta: mi habitación. Desde aquí veo que el mundo pasa sin pedirle permiso a nadie y me contento con espectar de costado, como no queriéndome involucrar mucho con lo que de él vea. Debo hacerle honor al nombre —pienso— y convertirme en un náufrago (o náugrafo, entiéndanse estos dos términos indistintamente iguales) en medio de un mundo que no puedo ver como el mío, sino solo como prestado: la internet. Y eso porque la tecnología me avasalla (en menos de dos años he perdido —por así decirlo— dos mp4, que nunca más volvieron a prender ni a cargar canción alguna, lo que significó perder una valiosa colección de música de los noventa y casi todas mis canciones de Collective Soul). Me niego a que me domine. Creo que por eso es hosca conmigo. Así que si antes, en este mismo blog, sentía que podía opinar casi sobre cualquier cosa, ahora me da una mezcla de vergüenza y orgullo admitir que no sirvo para eso, y que quizás solo sirva (el blog) para que yo hable de Miguel de Cervantes (o sea, de , varón) y sobre cómo veo pasar las olas de un mar que no entiendo entre los restos de un naufragio que empezó con la ridícula idea de querer ser abogado para darle riendo suelta a mi más romántica idea de justicia. Resultado de eso, estoy aquí “naugrafando”.

Y prefiero “naugrafar” aquí y no en WordPress, porque, como ya dije, la tecnología me avasalla y ya he perdido bastante de mi poca inteligencia inútilmente tratando de aprender lenguaje HTML y de dominar el WordPress. Dos cosas que hicieron naufragar uno de mis últimos intentos de querer ser un gran "bloggero". Al fin y al cabo, debe ser cierto que escribir un blog es una gran pérdida de tiempo. Por suerte, soy un huevero nato.

Hola, qué tal. Soy Reo Libre y esto es Náugrafo en la Web.