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domingo, 17 de abril de 2011

Reo de nocturnidad

Bueno, aquí estoy de nuevo luego de unas cuantas líneas (de escritura, malpensados) y no puedo ocultar la satisfacción de poder vencer todas las barreras que la vida impone y que tenemos que remontar para poder hacer nuestro paso por este planeta un poco menos doloroso. Ayer también inicié el blog Reo Libre ((Where Available)). Espero que le den un vistazo pues y le dejen unos cuantos comentarios. No tengo más que decir por el momento.

Fue bueno haberme encontrado ayer con mis patas, luego de tanto tiempo. En fin, ya me voy a hacer otras cosas por la vida.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Sin título

1) Bien, he vuelto, no sé muy bien por qué, pero aquí estoy, en el proceso de desempolvar tantas cosas, entre ellas el blog, algunas cosas dejadas a medias en la carpeta Mis documentos y, claro está, mi propia vida, apolillada y abotagada, dejada entre el Listerine y el papel higiénico Suave doble hoja (con perritos que me indican dónde debo cortar).
2) Hace poco dejé de ver a la gente que me quería bien, y que me querrá bien siempre. Entre ellas a X. No sabes la que me ha dolido esa decisión. Sé que no estás leyendo estas líneas y supongo que así está bien. Como también supongo que supondrás que está bien que así haya sido. Solo el tiempo nos mostrará la veracidad de todo lo dicho y hecho.
3) Ya sin lágrima y moco. Tengo que agradecer a los que sin querer me han dado un pequeño impulso de seguir llenando el ciberespacio de estas quizá no tan inútiles palabras. Hace poco me encontré con un amigo en Plaza San Miguel. Y me increpó: «Ya no envías nada sobre tu blog». Casi le digo: «¿Lo leías?». Desde Santiago de Chile, un tacneño y jurídico amigo me dijo, casi como si me retara: «¿Por qué ya no escribes?». Y yo, hace un par de semanas, sentado corrigiendo unas pruebas del trabajo que tenía entonces, me pregunté en el reflejo del monitor de la PC que últimamente solo estaba prendido para que pudiera ver el título de la canción que estaba escuchando: «¿Qué coño haces y no escribes, hueveras?».
4) Dije «¡Nunca más!» y volví, en papel, en PC, en las paredes si es necesario, pero no debo dejar que el tiempo pase y siga en la inactividad delirante, de la que en otros tiempos creo que hasta me reía. Ya no es tiempo de reír de todo lo que me pasa.

martes, 25 de marzo de 2008

Martes por la madrugada


El dinero me ha llegado a cuentagotas y ya no hay ni para los puchos. Ayer encendí el último que veré en días, quizás en semanas. La difícil tarea de sobrevivir del ingenio y del aire ha comenzado, pero no me detengo: tengo mis manos que al menos me sirven para escribir... puta madre, mis manos no sirven de nada.

Pero qué le vamos a hacer, así es la vida, varón. Imaginaré que enciendo otro puchito aquí echado en la cama vacía en medio de un cuarto caótico, pensando en ella, que alimenta a un animal de cuatro patas. Ha llovido durante un corto tiempo y no hay nada que ver en el cielo. No tengo sueño, pero no quiero subir a la azotea a ver pasear las nubes porque estoy muy triste. Me pone triste no dormir. Quizás deba leer o deba escribir una novela, algo que me pueda justificar en el planeta de los simios.

Quisiera ser el terrorista de la palabra que siempre he querido ser, escribir algo con huevos, y tener los huevos para avanzar... Marlon hace poco me hizo recordar a Fontanarrosa. Quisiera hacer caso todo el día a ese llamado, pero mi corazón me impulsa a ser ave de la noche, no puedo, aunque quisiera estar de día escribiendo, padezco de un mal endémido: trabajo. El suero para esa enfermedad me lo dan por gotitas. Hoy recibí unas cuantas.

Me tengo que ir a dormir, pero una fuerza más potente me deja empernado sobre esta incómoda silla para escribir: eso es, christian, vete a la mierda, un rato, no tienes ni treinta y ya quieres dormir como un viejo de sesenta, no pues carahjo, déjate de huevadas, para qué sino es la juventud, olvídate de todos esos pajeros a los que sus papás les pagan todos, tú no tienes tal cosa y eso para escribir es como una bomba de hidrógeno que te hará explosionar siempre en medio de una catarsis de tecleadas salvajes en el viejo aparato de la casa.

Son las tres de la mañana, y en verdad necesito una ducha, hoy será recordado como el día que colgué cuatro posts para el blog, pero nadie más lo sabrá, no hasta que el novel escritor embrional se deje de mariconadas y dé el salto al papel, el salto que lo desahuevará de una puta vez por todas y dar la cara al mundo para recibir su dosis de barro con ventilador.

Olvídate de los estigmas, Christian: muchos ignoran que estudias Derecho, ¿por qué la palta?

martes, 4 de diciembre de 2007

De fruta madre


Una gota más cayó y todo empezó a licuarse. No vi cuántas manos dieron vuelta a esa perilla, han de haber sido muchas... basta solo un repaso por los últimos cinco años. Las cuchillas, filudas, empezaron a girar. Dentro todo empezó a volverse rojo, y una gota más cayó.
–Christian, tu jugo.

No recordaba la última vez que tomé un jugo de fresa con leche. Este último que tomé tenía el sabor de algo antiguo que no terminaba de cuajarse en mi boca. Es un sinsabor que hasta ahora arrastro, como si me llevara a un destino que tendría que mostrarme quién soy realmente, y quién no quiero admitir que siempre he sido. No, mamá, no quiero más jugo.

Volver a la computadora y ver tantos proyectos truncos es como una cuchilla que empieza a girar, hay restos de mis manos elevándose entre las páginas incompletas. Es un punto muerto que se va extendiendo como un cáncer por todo lo que hago, una maldición antigua que alguien quizás se tomó la molestia de echar sobre mi espalda. O será simplemente que soy un vago de mierda. No sé. Mamá, no quiero tomar leche.

Cuando estuve lejos de todo esto no fue muy distinto. He ahí, dicho sea de paso, otro proyecto a la mitad. Una vida cortada de raíz y vuelta plantar en una maceta que no podía cubrir todas sus raíces. La lluvia mojaba, pero no alimentaba. Y recuerdo muy buenas lluvias, de esas que empezaban con el alba y terminan con el alba siguiente, una de esas lluvias que te hace retroceder hasta lo más profundo de tu madriguera y que te hace respirar aliviado al ver que sí compraste víveres para pasar la tormenta. Mira, ahí va un rayo... cayó peligrosamente cerca.

Al menos hay peligro, ¡había y hay mucho más que un peligro! Hay vida detrás de todo esto y uno no puede quedarse en casa durmiendo como si nada pasara. Aunque, en verdad, nada pase en realidad. Las mismas hojas vacías me servirán de colchón de clavos que me molestarán cada vez que hago clic en mi sesión del XP. Está bien, mamá, ponme dos manzanas.

Me colgaré del sol con alguien, me pondré el mismo antifaz, me comeré las mismas frutas, las mismas fresas, las mismas manzanas, todas ellas provocativamente rojas, ferozmente rojas. Tan vacías luego de darles la primera mordida. Ahí es donde todo pierde el sabor y la madeja parece un enorme anillo enrollado sobre sí mismo, sin principio y sin fin.

Parece, pero no estoy llorando. Es el sudor por el calor de la carretera