jueves, 26 de julio de 2007

Bitte gib mir nur ein Wort

Está bien. Puedo aceptar una derrota más; deja que la acumule en mi mochila. Aunque, a veces, me dan ganas de invitarte a que le eches un vistazo. Sí, mira, ahí dentro vas corriendo vos y no sé en qué dirección. Vamos, cárgala un rato. ¿Notas alguna diferencia con la tuya? Claro que no, tenemos igual de piedras en el pecho (y en la espalda) como campos minados por cruzar.

También me he muerto de frío muchas veces. Las manos cálidas que conociste poco a poco se han ido poniendo viejas y friolentas. ¿Acaso no ves eso también en la mochila? Puedo aceptar que no quieras que impregne tu nombre en todo papel que toco. De hecho, puede incluso acostumbrarme a que no quieras saber de mí en siglos. Pero, ¿sabes qué? Si quieres que lo haga, dilo. De ser necesario, grita. Espanta a las palomas con tu alarido, que se desempolven esas cuerdas vocales que tienes, que alguna vez me susurraron un te quiero y que ahora solo saben pronunciar desvíos, algo así como "tome vías alternas, obras más adelante". O en todo caso, una plaza de obrero ahí no me caería nada mal. Nada. Pero por favor, grita. Grita que el silencio es más fuerte que el frío.

Lo sé, pero sorry, no es nada descabellado pedir que el azul siga siendo azul y que las cosas estén en lugares en donde no tenga que tropezar a cada rato con ellas. Es duro... ¿lo es en verdad? ¿Cuesta mucho un grito que no deje dudas?, ¿puedes creer que a veces el frío es tan terrible como el beso antes de un no?

A falta del vídeo original...




Por suerte, sí hallé el de "Nur ein Wort" de Wir sind Helden.

lunes, 23 de julio de 2007

Feliz cumpleaños, papá

68 años y con todos los simios
En honor a nuestra historia, papá, será bueno que solo diga algunas cosas, breves y puntuales, para que nos elonguemos, como a veces pasa, las conversaciones hacia un "monologante" sinfín.

Por suerte, esta vez sí estuviste con nosotros y no la pasaste en Paramonga solo y lejos de todos.

Y recuerda... el deseo no se dice.

domingo, 22 de julio de 2007

Huaraz, 1999

A Pepu, Manuel y Jonathan. Ellos saben por qué.

Era la primera vez que sentía tanto frío. Dentro de su habitación, dormían sus compañeros, roncando plácidamente, arrebosados en su carca porque en ese hotelucho de Huaraz no había agua caliente y había que arreglárselas como sea para dormir. Todos optaron por la fórmula más simple: no bañarse.

Dos años antes, Gerardo, Alfredo y él, niños muy de su casa, quisieron fumarse un cigarro. ¿Cómo podrían hacer eso tres jóvenes sin experiencia de mundo en un pueblo tan escandalizable? Quizás, el escándalo solo estaba en sus cabezas. Casi cavaron un túnel para fumarse un Marlboro (que el primero sea de calidad). En un callejón maloliente fumaron el primer cigarrillo (al menos para él lo fue).

Ahora él, lo iba a hacer, a menos de diez grados centígrados en Huaraz, horas antes de partir hacia Chavín, en la terraza del tercer piso del hotelucho que alquilaron para toda la promoción que fue a su viaje de graduación. No era su segundo cigarrillo, de hecho, ya no llevaba la cuenta desde que aprendió a fumar dos años antes. No podía dejar de pensar en la habitación de ella, en el piso de arriba, ellas tomaban, reían y quizás en compañía de otros que, obviamente, no eran él. Salió un Marlboro más.

El aire le entumecía las piernas, sin embargo intentaba no sentirlo, apoyado en una baranda desde donde se veía la Cordillera Blanca, imponente y silenciosa. Ese día estuvieron allí. Subieron todos. Bueno, subieron hasta donde pudieron sus fuerzas. Algunos a caballo, otros desde las faldas a pie, él, persiguiéndola a ella; ella sin darse por enterada. De no ser por los cuchillos en la cabeza, él hubiese estado maravillosamente bien. Es sorprendente como a él, que no era un buen atleta, la altura no lo afectaba tanto como al mejor deportista de su promoción, que se sentó en una piedra del camino y no volvió a emitir señal alguna de vida hasta bajar.

–Es para calentarte. Dale una pitada.
–Ah...
–¿No me crees?
–Creo que más bien eso es psicológico.
–Ya empezaste con tus huevadas...
–Perdón.
–No me pidas perdón.
–Perdón.
–¿Quién te entiende?
–Tú.
–Ja...
–¿No me quieres entender?
–No empieces, Felipe... Ya hemos hablado de esto.
–¿Acaso él te entiende más?
–¿Qué? De veras que a veces te comportas...
–Solo te hice una pregunta.

En el balcón, parece que las cosas están congeladas en el tiempo. Sigue él viendo hacia la avenida Luzuriaga, hacia la plaza. El ruido de los carros es solo un murmullo arrullador. Más nítido y crudo es el ruido en la habitación de ella. La música, las risas, los gritos al compás de la letra de Big Boy.

–¿Te gusta esa canción?
–Sí, tiene su gracia, ¿a ti?
–Me parece un poco tonta. Prefiero Shakira.
–Sí, pero Shakira es otra cosa. Es más para escucharla que bailarla.
–Ah... ¿te gusta bailar?
–¡Obvio, microbio!
–Espero que ahora podamos bailar.
–No lo creo...
–¿Por qué?
–Porque no
–¿Por qué no?
–Porque no me da la gana.
–¿Va a venir, no?
–Qué te importa, Felipe.
–Y si viene, bailarás con él.
–Ja... Sí, y tú no harás nada porque se te hace así cuando él aparece.

Felipe, recuerda que eres el brigadier y que todos ellos, de alguna forma, también están a su cargo. Claro, eso que no signifique que se te malogre el viaje. Puedes igual disfrutar con los chicos en el cuarto. Ustedes son chicos bastante sanos, por eso tengo plena confianza en ustedes. Pero tú sabes que algunos aquí, porque ya no estamos en el colegio y porque les tenemos estima, pueden hacerse los bacancitos. Cómo me hubiese gustado que la madre superiora viniera cono nosotros para controlar a estos diablos. Por suerte, aún puedo contar en el buen criterio de chicos como tú, Felipe.

–No se preocupe, señorita.

Ahí muere la avenida, ahí se cierra la plaza y dentro de ella todo está en ruinas. El próximo año todavía traerán un Cristo para colocarlo en el centro de la plaza. Todo estará remodelado para acoger mejor a los turistas. Eso le dará una nueva y mejorada cara a la ciudad. Últimamente no vienen muchos; sí, más vienes forasteros para irse a la mina, canadienses, gringos, no sé de dónde son exactamente, pero, solo bajan aquí una vez al mes, que yo sepa. A veces prefieren quedarse en su campamento. ¿De dónde me dijeron que son ustedes? Ah, sí. Tempranito nomás hubo unos chicos de ahí mismo de donde son ustedes. Sí, ¿los conocen?

–Llegó hoy.
–No me digas.
–Cómo puedes creer que un tipo así te puede querer.
–Lo que menos me importa es saber si me quiere o no. Lo único que me importa ahora es que me divierto mucho con él.
–Pero...
–Y ya no jodas más, que hoy me voy con él y las chicas a Pastoruri.

¿Qué haces aquí, Felipe? Pero hijo, ¿qué haces aquí con este frío?, ¿te volviste loco? ¿Cómo que no puedes dormir? ¿Bulla?, ¿marihuana?, ¿en el cuarto piso? ¿Pero... que vino quién? ¡Ese vago! Seguro que vino por Angélica. Y estuvieron en Pastoruri. Ya decía yo que lo conocía de algún lugar a ese tipo. Todo el día con ellas, ¿no? Están allá arriba... Gracias, Felipe. Yo siempre supe que eras un chico muy responsable, con el que siempre se puede contar. Y sería bueno que dejaras de fumar. A tu edad, eso no es nada bueno. Dame esa cajetilla. Yo te la guardo. Gracias.

–A sus órdenes, señorita.

sábado, 21 de julio de 2007

Memorias turbias

Tengo un amigo, llamémoslo Felipe. Él tiene casi la misma edad que yo y, como todos los de nuestra generación, salvo muy extrañas (y tristes) excepciones, también veía la Serie Rosa.
Perdón, ¿no saben cuál es la Serie Rosa? Bueno, no seré yo quién se los diga y tampoco les diré sobre toda la influencia que ha tenido en los ahora jóvenes peruanos de entre 25 y 30 años. No. Solo me permitiré contarles la historia de Felipe, que, sin duda, es la historia de miles de jóvenes que, durante la dura década de los noventa, creció, maduró y comentó los lunes a la mañana, en plena formación del colegio, el último capítulo de la Serie Rosa de la noche anterior.

Felipe, cursaba, así como yo, el primer año de secundaria. Su cuarto quedaba frente al cuarto de sus padres. Su padre, por las noches, tenía que ir a trabajar, hacía la guardia de noche en una empresa y su mamá quedaba siempre durmiendo en su habitación, que quedaba al lado de la habitación en donde, en su casa, habían puesto la única televisión HITACHI de perilla, una vieja tele de la misma edad que él.

Como su papá se iba a trabajar hasta el amanecer, trataba de distraerse un poco viendo televisión mientras se aceraba la hora de largar al trabajo. Mientras Christian, perdón... Felipe, sigilosamente lo espiaba hasta que su padre se despedía, echaba llave a la puerta de la calle y se zambullía en el fresco de la noche para irse a trabajar.

Ese era el momento que Felipe aprovechaba para colarse de puntillas hacia la biblioteca de su casa, donde estaba la televisión, y con mucho sigilo la prendía, ponía canal 13 y se soplaba con el corazón en la mano el resumen de goles de «Goles en acción» (¡Grande, Julio Menéndez!) esperando a que, celosamente, el secreto de la Serie Rosa fuera compartido con él también.
Sin embargo, ese mundo de fantasía e ilusión una vez, y para siempre, le fue negado. Ya atento a la salida puntual de su papá, esperaba ansioso a que su mamá quedara profundamente dormida para colarse (otra vez) de puntillas hacia la biblioteca y prender la tele para ver a Penélope Cruz en ese célebre episodio de "Ella y yo", más conocido como "La esposa del panadero".

Esa vez no sería como las otras veces. Esa vez su mamá no estaba dormida. Se puso a ver tele hasta cerca de la medianoche. Felipe entró en un coma nervioso. Esa noche no vería a Hércules a los pies de Omphale, no sabría de los efectos de la mandrágora sobre la infertilidad, no se enteraría de lo floridas que estaban las ventanas del París de mediados del s. XIX. Su mamá estaba viendo, para su mala suerte, alguna película aburrida de la Última función del canal 2.

Cuando por fin ella se fue a dormir, la medianoche ya había sido marcada por los relojes. Sudando su propia desdicha, él, descalzo, aguardaba que Morfeo fulminara a su mamá para dirigirse raudo hacia la tele. Sin embargo, ella se despertaba al más mínimo ruido que detectaba. Y por más que él fuera rampenado, algún imprudente crujir de la madera, provocaba la pregunta: «¿Felipe?»; y él: «Estoy dormido, mamá», desandando lo ya avanzado. Y como todo espíritu joven, inquieto y crédulo, creyó que por más que fueran ya las dos de la mañana, ya dormida la mamá, terminada la batalla y ya muerto el combatiente, luego de dos horas de angustiante espera, la Serie Rosa aguardaría por él, que el secreto no se había esfumado de la pantalla. A seguir rampeando se ha dicho.

Y llegó, con los codos y las rodillas sucias a su televisor de perilla que marcaba el canal dos, perilla que cambió muy lentamente, un canal cada cinco minutos, hasta llegar al trece... "Guardad, guardad...".

No pudo guardar nada: Benny Hill bailaba como un imbécil en su televisor. Detrás de él, su madre le gritaba que qué hacía levantado casi a las tres de la mañana. Tenía que dormir para ir al colegio. ¿Qué pretendía ver en la tele tan tarde?
-Benny Hill, mamá. Es una pena que lo den tan tarde.

Posdata: Guardad celosamente el secreto de la Serie Rosa. Contadlo solo a los que améis, y acudid con ellos a esta cita. Que la noche os osea propicia
[Frase burdamente plagiada por Agatha Liz]

miércoles, 18 de julio de 2007

Porque a veces es necesario expulsarlo...

Hola. Esta es la primera carta que te escribo que llega al papel, la primera de las muchas que te he escrito en mi cabeza y que fueron palabras que nunca se hicieron tinta. Supongo que ahora recién he recolectado los pedazos de valentía que me quedan para hacerlo.

Es curioso, tú trabajas en la primera cuadra de la misma calle donde yo trabajo. No es ni un kilómetro de distancia. ¿O sí? No lo sé, pero nunca te he visto dar vueltas por aquí. Solo por estos lares llega M. Supongo que seguirás con él y que te irá muy bien. Lo supongo porque él es justamente como el estar contigo me enseñó a no ser: un pisado.

Hoy me preguntaron los padawans por ti y admito que eso me puso muy nervioso, tanto que no supe qué responderles. En la base de uno de ellos te dicen «frígida». ¿Por qué pensarán eso? No lo sé. Bueno, sí lo sé, pero no quiero decírtelo, es mejor no hablar de ese tema.

Han pasado tantas cosas desde que no te veo, desde aquella vez de esa última frase tuya, ¿Recuerdas? Claro, esa misma, esa donde me acusas de ser un «pobre triste huevón». Quizá sea demasiado exagerado de mi parte, pero esa última flor tuya la vengo masticando pétalo por pétalo hasta el día de hoy. Ese año, el pobre y triste huevón, que alguna vez fue tu «pobre y triste huevón», anduvo muy desesperado por olvidarte, y no lo consiguió, sobre todo porque buscó estúpidamente encontrar a la mujer que sea todo lo contrario a ti, alguien que me hiciera olvidar todo lo que entre nosotros había pasado en esos largísimos cinco años, un mes y tres días. Bueno, no lo conseguí, lo admito. Así que ese año 2005, además de empezar a creerme un escritor en proceso de formación, fue un año muy duro. Por suerte, la literatura me salvó. ¿Qué bueno, no?

Como sea, desde ese día de noviembre no he vuelto a verte. Aunque gracias a gente estúpida (y también gracias a mi propia estupidez) estuve más o menos al tanto de ti y de lo que hacías. Claro, entraba a tu hi5 y esas cosas, que menos mal ya no hago porque no quiero darte el menor rastro mío. Si estoy muerto para ti sería lo mejor. Simplemente lo mejor.

Tengo tantas cosas que contarte, tantas cosas como las que te contaba en mi mente allá en la Argentina este año, tantas cosas como cuando me llamaste hace un año, cuando trabajaba aún en los Registros Públicos, todo lo que me fastidiaste ese año. Cómo te odié. Cómo me odié por eso, debo confesarlo.

Esta semana ha sido, por demás, anormal. Tanto que ahora te estoy escribiendo, por primera vez, en papel, al menos en uno electrónico. Quizás sea que te estoy extrañando. Debe estar esta soledad de invierno que me han impuesto las circunstancias. No me quejo.

Prometo no volver a hacerlo.

domingo, 8 de julio de 2007

Lector saliendo del coma

El que no haya llevado trabajo a la casa que tire la primera piedra, pero estaba yo sentado en mi silla de madera, terminando de revisar algo de la chamba hasta que -no sé por qué- repetí su nombre, tan natural, tan suelto de huesos como un "Octavia de Cádiz".

"Está pasando otra vez". Miré la novela que un gran amigo me prestó y, desde el fondo de sus páginas, un último vía crucis rectal me esperaba, desde España, con mucho dolor y Anafrinil, sin monjita salvadora y con un aeropuerto parisino en el jardín de un frenopático barcelonés, con menos años y centímetros, sentado, en un sillón Voltaire. No, no un sillón Voltarie, sino en mi cama, en mi cuarto, en Lima, y ahí repetí una vez más un nombre octaviadecadicesco.

Otra vez. Otra vez estaba dejando injustamente de lado a la lectura con la mezquina excusa del trabajo. No pues, no podía ser. Era hora de agarrar el libro y terminar con las últimas 60 páginas que quedaban pendientes y lo hice. Nome importó cerrar el libro e irme de inmediato a duchar porque ya era hora de ir a trabajar. Tenía que terminarla. Ya la tenía pendiente desde abril. ¡Desde abril! Y la terminé, sentado en mi silla Comodoy.

Confieso que llegué a los 24 años sin haber leído esa novela. Sin conocer al más emblemático personaje de Bryce y sin saber de su paso por el París de Mayo del 68. Y ahora, a los casi 25, tengo que decir que es una novela a la que le debo la vida. Sí, no es una exageración. Además de deberle una enorme lección de capacidad de reírse de uno mismo (gran talento que Bryce explota muy bien), a esta novela le debo la sonrisa en difíciles noches fuera del país. Cuando, a la mesa, L6 leía un fragmento, elegido al azar, y reíamos luego con Martín, o nos reíamos de él, de Inés, del Último Dandy, de Mocasines, de Lagrimón, del colombiano que parecía japonés, y de tantos otros personajes que, episodio tras episodio, ciudad tras ciudad, iban completando el collage de esta novela.

A pesar de que, a veces, la novela se me hacía difícil la lectura, creo que la principal razón por la que demoré tanto en terminarla ha sido mi propia dejadez. Jalón de orejas para mí pues. Lo bueno es que el lector que estaba en coma en mí todavía tiene una posibilidad de sobrevivir. Y seguirá vivo, con o sin silla Comodoy, con o sin efecto "Henry Miller", con o sin París de Hemingway, y aunque Sarkozy piense lo contrario.

domingo, 24 de junio de 2007

Desde la Rue Azángaro

Es un día cualquiera. Pero, si hay que ser más precisos, era un día de invierno, un día de junio, un día nublado; las cúspides de los edificios más altos del centro de Lima no se ven: un manto durmiente de suave neblina marina los cubre. Todos aún duermen. O al menos eso parece.

Son las seis de la mañana, y por ser junio, el sol aún no ha salido. La revista ha cerrado por fin. Ya están imprimiéndose las últimas pruebas y luego a llevar todo a imprenta. No duermo hace 24 horas, y no dormiré en las siguientes 24. No puedo evitar mirar hacia la ventana, mirar hacia la cuadra 10 de Azángaro, hacia la calle símbolo de la justicia peruana. Esta es la calle que juré nunca más pisar cuando salí de Lima. Es la calle a la que volví con la mirada en alto, a tener a todos los tramitadores, abogados y vendedores a mis pies. Claro, es que trabajo en un segundo piso.

La calle luce tan quieta que nadie creería que es la misma Azángaro de los libros piratas y falsificación de documentos. No. A esta hora no hay tramitadores, nadie allá afuera te preguntará por lo que necesitas, ¿certificado médico?, ¿certificado de matrimonio?, ¿sentencia de divorcio?, ¿carnet de medio pasaje?, ¿notario? Y es que en Azángaro la gente es muy atenta y amable.

-¿Trámites, varón?
-¿Algún trabajito, tigre?
-¿Se te ofrece algo, primo?
-Sin compromiso, varón. Pregunte, nomás. Más allá 'ta yuca.

-NO, GRACIAS.

Llevo trabajando dos meses aquí. ¿Acaso no se acostumbran a mi cara de todos los días? Deberían tratarme como uno más de esta surrealista comunidad.

-Es que los cambian, tío. No siempre son los mismos -me dijo el taxista que me devolvía del Coño Norte.
-Yo llevo años aquí y me siguen ofreciendo documentos -me dijo el editor. ¿Qué puedo pedir yo con dos meses?

-Ya veo, ya veo.

Sigo pegado a la ventana. Mirando atentamente hacia la quinta donde hace solo unos días se escucharon tres disparos. Ahora hay nadie. Los tramitadores no asoman hasta las siete de mañana. A la hora que ya está el señor de los sanguchitos y el emoliente en la vereda de enfrente. La misma hora que los abogados empiezan a pulular, a la hora en que abre el quiosco de la esquina, a la hora que llegan los señores de las máquinas de escribir con sus esposas, que les sirven el desayuno tiernamente debajo de balcones de yeso coronados de macetas de la cuadra dos de Miguel Aljovín, a un lado del pequeño parque que ahí hay.

Las tiendas abren, las pisadas manchan la superficie de asfalto, antes de azogue, ahora de barro.

Un día, en Córdoba, me escapé a los Tribunales, y busqué su "Azángaro". No lo encontré. Quizás no supe buscar. Azángaro solo hay uno, y queda a menos de cincuenta metros del Palacio de Justicia de Lima. "Aquí los extranjeros se espantarían", pensé.

-No sé si se habrá espantado el che. Pero el asunto es que vino.
-Pero, ¿para qué?
-Resulta que el che vino de Argentina, y le ofrecieron un trabajo, pero como ya se le había vencido el tiempo que le dan [el permiso de 90 días del pasaporte para ciudadanos oriundos de Estados miembros o asociados del Mercosur], tenía que justificar por qué se había quedado de ilegal.
-¿Y qué hizo? ¿Se selló el pasaporte en Azángaro?
-No, ni cojudo el che. Él quería que lo casaran con una peruana, para que pueda acceder al trabajo.
-¿Que lo casaran?
-Sí. Me tomó la carrera desde San Isidro y me dijo que necesitaba eso; me preguntó dónde podían hacer ese trabajo. Yo le dije "solo conozco Azángaro, maestro".
-¿Y qué pasó?
-Lo casamos al che de mierda. Ja, ja, ja.
-Ja, ja, ja.
-En un pueblito de La Libertad, con cinco años de casado.
-La cagada.
-Feliz el che. Dijo... ya luego, "en esta calle vos te casás, te morís y resucitás". Ja, ja, ja.
-Déjame en la esquina, por favor.

Te casan, te divorcian, te matan, te hacen ingeniero, literato, abogado, médico, policía, y si podrían, hasta te harían miembro de la CIA. Suelto un suspiro y me río resignado, mirando hacia la calle que ya tiene por lo menos diez tramitadores que dan vueltas por la cuadra. Recuerdo la conversación con el taxista del otro día con la segunda taza de café.

Soy uno más de la fauna de Azángaro, protegido del trajinar cotidiano de esa calle por dos pisos de concreto que me separan del grito del tramitador que le grita a su par "choro", de la señora abusiva que le pega a su niño que quiere una manzana acaramelada, de la chacota de los borrachos que le gritan "mamacita" a un pata que todos allí saben que es maricón, menos él. Separado de ellos por una delgada línea llamada "legalidad".

Horas más tarde, asomaré como un romántico del siglo XIX por el balcón (sin oscuras golondrinas y sin nidos que colgar), respiraré el smog nuestro de cada día y gritaré yo también: "¡Señora! ¡Coca Cola de medio litro, por favor...! ¡Sin helar!".

Aquí... un entremés

domingo, 10 de junio de 2007

Un día que me asomé al cine a ver...

El buen pastor

Película de Robert De Niro que quise ver en Argentina, donde había sido estrenada en marzo, y me quedé con ganas de verla. Por fin lo hice, más de dos meses después, en esta húmeda ciudad y, a pesar de contar con la presencia de Angelina Jolie y otros más como William Hurt (ambos ganadores del Oscar, claro que esto no quiere decir gran cosa), la película pasó, al menos para mí, en un ambiente demasiado denso, oscuro, gris y deliberadamente tenso y aburrido. Como espectador, me pareció que no podía aferrarme a nada en esta película. Todo, de un modo u otro, siempre terminaba siendo ambiguo. No tenía certeza de nada. Y al menos en algo uno debe tener certeza cuando ve una película, que fue larga y aburrida. La fui a ver, con mucha curiosidad, sobre todo porque me fascinan los temas tratados (II Guerra Mundial y la Guerra Fría), pero además de eso, de algunas buenas secuencias de tensión, no apareció más nada. Y ni siquiera vi calata a la Jolie. El mundo es muy injusto. La vida, De Niro y la CIA también.

Zodiaco

De este film sí no esperaba nada. Tengo el prejuicio de que si viene de Hollywood ya es posible dudar bastante de su calidad. Pero me pareció interesante poder ver a Robert Downey Jr. y al vaquerito Jack Twist. La actuación del primero me pareció más convincente que la del segundo, al cual, claro, hacer de boyscout grande le cae muy bien, pero no es lo que puede caerle bien a una película de suspenso, o al menos así la habían clasificado. La historia se me hizo una completa decepción. Creo que es mejor entrar a verla como quien va a ver una comedia, o una película ligera, porque, en verdad, no logra convencer del todo. Hay momentos en que sí parece existir cierta trama interesante. Pero, de ahí no pasa nada. Mil veces mejor fue Se7en, del mismo director, en donde la historia de un asesino en serie en verdad asusta. Este Zodiac, al que nunca atrapan, a lo largo de 25 años, así como la película, es poco interesante. Alguien dígale a los gringos que no todos sus asesinos en serie son interesantes. Ya déjense de recordar que a ustedes nadie los quiere. Excepto a Scarlett Johanson, a ti te idolatro, cariño.

Y ahora que veo los carteles... ¿por qué rayos vienen a los cines pósters tan horribles? Estos que estoy colgando están mucho mejor.

Las terceras partes

Sí, lo hice. Las vi. Spiderman 3 por interés propio y Piratas del Caribe 3 porque no quedaba nada más que ver. Al Hombre Araña siempre lo perdono porque es el Hombre Araña, el que me acompañó muchas veces cuando ya la abeja Maya se iba a descansar o cuando aún los Thundercats no llegaban al tercer planeta. Pero a la otra película simplemente la desprecié de principio a fin. Cómo seré de distraído que no me percaté que esta es un producto más de fucking Disney. Así es: me di cuenta solo cuando el hada de Peter Pan me salió al encuentro luego de que el Cineplanet me recordara que comprar piratería era malo. ¡Maldición, Johnny Depp! ¿Por qué tú? En fin, la primera de esa secuela sí fue interesante, la segunda ni la vi, esta tercera era una patada en los bowies. No sé por qué, pero pensé en Rammstein, en su canción Amerika, y me divirtió la idea de imaginar a Till Lindemann pateando a Geoffrey Rush por bajar desde Helfgott hasta Barbossa. ¡Robert Louis Stevenson, perdónalos porque no saben lo que hacen!

Wilbur se quiere suicidar

De lejos y sin duda, la mejor de todas estas antes enumeradas. Una película que mezcla muy bien la comedia con el drama y que tiene un excelente guión. Quizás sea una mera coincidencia, pero ese tipo de personajes marginales, de clases bajas, que viven apartados de grandes lujos, siempre los he visto en películas filmadas y ambientadas en Escocia (Transpotting, Dear Frankie, y ahora esta). Esta película, del año 2002, es de la misma directora danesa, Lone Scherfig, de «Italiano para principiantes», que nos muestra la historia de Wilbur, el que le da nombre al film (¿Quién diablos le puso «Cómo suicidarse sin morir en el intento» o «El suicida»? Si el título original estaba bien), un joven pesimista que está firmemente convencido de que tiene que matarse. Pese a los intentos del hermano de hacerle cambiar de parecer, haciéndole ver que la vida tiene un mejor lado, obviamente, el que un hombre puede encontrar en los brazos de una mujer, que al final sí llega a la vida de ambos y que, de seguro, no hubiese sido un problema conseguir para Wilbur, pues este tiene mucha suerte con ellas. Este suicida en ningún momento nos hace sentir lástima por su situación, no nos hace sufrir con sus intentos de eliminarse (salvo cuando estuvo en la bañera), sino que, por el contrario, nos divierte, con sus torpes intentos que siempre acaban con alguien que lo saca del aprieto. Al final, el suicida terminó siendo otro, el hermano mayor, que tras su facahada de optimista, ocultaba su frágil personalidad (parecida a la del hermano), su incapacidad de encarar situaciones difíciles y siempre esquivar la solución de sus propios problemas, pese a siempre estar pendiente de Wilbur, el que al final nunca se suicidó. En fin, personajes que me atrevo a llamar ribeyrianos, rodeados de una encantadora atmósfera de librería de viejo, contrastada con el frío escenario de un hospital, en donde también se desarrolla la película y que también es uno de los puntos de encuentro de todos los personajes, marcados de soledad, necesitados de afecto, y que en torno a esta historia llegan a divertidos desenlaces. Salvo el del hermano, pero que fue la necesidad de la película, para que Wilbur por fin viviera sin ganas de "irse antes de la fiesta". La recomiendo. También recomiendo el soundtrack.



Y porque la piratería es mala para quien no la usa.

Otra gran película, Miss Little Sunshine, la vi en DVD pirata. Te saco la lengua, Cineplanet, sobre todo a tu estúpida propaganda del "hijo inteligente". La comento así solapa, "piratamente". ¿Qué puedo decir? Me cagué de risa con esta película. Otro drama familiar, otra muerte, otros suicidas, otra historia muy distinta, otros vicios, otro desenlace, de aparente derrota, pero que en el fondo guarda un enorme significado. Esta también la recomiendo. Y su soundtrack también.



domingo, 27 de mayo de 2007

Reflexiones en la cola del Hombre Araña 3

A veces, es necesario esperar a que el sol abrigue un poco las sombras para que uno pueda animarse a abrir los ojos. Pero ahora, en junio, es muy difícil encontrar uno de esos días. No creo que haya en este mes uno. Sin embargo, sí creo que todo en esta vida es cíclico, que hay días cálidos y felices y que los hay también gélidos y grises.

Mayo fue un mes feliz: encontré trabajo, me reencontré con buenos amigos y celebré dos de los más importantes cumpleaños para mí. No me puedo quejar; con todo y sus altibajos, mayo fue un mes que cumplió.

Y a diferencia de ese mes, junio empezó más bien con una invitación a reflexionar sore las cosas que en mi vida me destazaron como un cerdo, de las cosas que me quedan pendientes y de las cosas en las que he tenido una inmejorable suerte.

Seamos claros: hace un frío de mierda en Lima, y por eso, putísimo de mí, me encanta quedarme en cama haciendo la de la morsa (goo goo goo joob) y por eso he reflexionado sobre algunas cosas que luego de tanto darle vueltas en la cabeza, y de dedicarle placenteras horas de rásquimbol, no hacen más que provocarme una nostálgica sonrisa antes de que sea hora de salir.

Primera rascada

¿Conocéis a P? Yo sí, tuve la aleccionadora desdicha de acumular más de 1800 días a su lado que acabaron de una manera muy linda: me envió un emilio stefan donde ponía: «Christian, estoy con un abogado de verdad, un abogado de éxito. Tú y yo hemos terminado. Entre los dos hay tantas heridas que el perdón es impensable». Bueno, no me quita el sueño el hecho de que no soy ni un abogado siquiera de mentirita y ya desde hace tres años eso no me pone ni me quita nada. Así que esas palabras, si algo hicieron en mí, simplemente fue que me diera cuenta de con qué clase de persona estuve tanto tiempo. Hasta luego y apaga la luz cuando salgas.

De eso han pasado más de 700 días, pero hace menos de diez volví a ver al abogado de éxito correteando a un abogado menor, profesor pringoso de San Marcos, que suele frecuentar mi laburo. Y haciendo una de las cosas que mejor sé hacer (o sea, hacerme el cojudo) le pregunté a una chica de la chamba: "¿conoces a ese chico (de éxito) que acompaña a ese abogado (de verdad)?". Y me respondió: "Ah sí, es un pelele de dos por medio". Evité sonreír pues de inmediato pensé que el mundo era un pañuelo y tarde o temprano el moco me podía alcanzar a mí también.

Segunda rascada
Este tema trajo su inevitable cola, tan temida y satanizada: terminar la carrera. Así es, amiguitos, me vino la conciencia, y en avalancha responsabilísima. ¡Horror, horror! Este tema está más rayado que mi LP de Popy (el payaso de verdad, no el político hijo de puta) o mi CD pirata de The Cure; también es cíclico, también me vienen crisis existenciales respecto a él, pero por suerte, escribiendo (y aún más, leyendo) se me pasan. Off the record (y off the chacotas) lo haré por mi familia (¡por ti viejita, salud!) que ganó el campeonato nacional de repetición del mantra "termina tu carrera, hijito". Caramba, ciertamente, en ocasiones, hasta yo mismo me sorprendo. Palmas, compañeros...

Tercera y última rascada, generalmente, dos minutos antes de salir de la cama

En verdad, no la hay. Simplemente lo que existe aquí es una queja y una bendición: ¿Por qué tengo que levantarme temprano? Porque tienes trabajo pues, hijito; arrodíllate y da gracias. Gracias. ¿Por qué me tienen que despertar? Porque el desayuno ya está listo, hijito, tu madre acaba de tocarte la puerta del cuarto. ¿Por qué diantres le tengo que ver la cara a la avenida Abancay? Porque la vida no es perfecta. En absoluto. Y tienes que cruzarla casi entera, y verla te recuerda que Lima será siempre la gris y desértica ciudad que cruzaste a los cuatro años enun bus que venía del norte, que en Lima están, conviviendo más o menos en paz, parques y pirañitas, abogados (que casi son la misma cosa) y políticos (grado máximo de mierdificación del ser humano), libros, mochilas y ropa en descuento, bibliotecas vetustas y sepulcrales (claro, con pirañitas a los costados inhalando terokal... gran estampa de nuestra ciudad. Linda y cuidada, Castañeda), películas, discos piratas y la Casona.

Y la gente me empieza a ver como un bicho raro porque estoy sentado en la escalera que lleva al tercer piso del cine y no paro de sonreír, de quedarme con el lapicero suspendido entre mi entrada de las 9:20 de la noche y las hojas de esta agenda. Qué tendrá ese joven. Loquito debe ser.

lunes, 21 de mayo de 2007

Cartas fraternales (cuento)


Esteban miraba con mucha pena a su hermana mayor. Todos los días ella llegaba de la universidad, ayudaba en algunas labores de la casa y se echaba en su cama a descansar de su enorme humanidad. Ciertamente, su hermana no era agraciada. Era tosca, redonda como una pera y con el rostro maltratado por el acné. Era muy fea. Cuando ella estuvo en el colegio no le conoció enamorado alguno. Y como buena fea, se dedicó a estudiar, a sacar las mejores calificaciones en el colegio, a ser la mejor amiga de muchos, confidente, delegada de aula, la más querida compañera de todos, la que soportaba todas las bromas y que luego se iba caminando a su casa porque no sabía manejar bicicleta.

Nadie jamás, a excepción de él, pudo ver todo el sufrimiento que eso le causaba. Todas las horas que pasaba frente al VHS viendo una y otra vez los viejos vídeos de ballet de cuando tenía seis años. Las silenciosas lágrimas que derramaba sobre sus abultadas mejillas ya marcadas por los primeros granitos. Esteban guardó esa imagen muy bien, durante mucho tiempo. Ahora, las cosas no habían cambiado mucho. Ya no regresaba a pie de la universidad, ahora iba en su auto. Ya no pasaba horas frente a la televisión, o escuchando viejos discos de Tchaikovski; ahora estudiaba complejos sistemas operativos, y pasaba horas tras horas encogida frente a un escritorio. Aún sin enamorado conocido.

Para entonces, Esteban ya había acabado el colegio y era hora de que fuera a la universidad. Y mientras se preparaba, pasaba muchas horas en casa pensando en aquellas cosas que conocía muy bien de su hermana. No es que fueran muy amigos. De hecho, no lo eran. Pero, algo en el fondo –quizás lástima–, lo motivó a hacer lo que hizo: le escribió una carta de amor. Como para que se sienta admirada por alguien, una carta donde se le revelara una secreta y tímida admiración que solo tenía esa forma para ser expresada y que envolvía, con cada vez más fuerza, a un misterioso corazón que no quería aún darse a conocer.

No sin mucho trabajo pudo dejarla entre los cuadernos universitarios de su hermana. Y cuando ella la encontró, fue la alegría de su rostro la que hizo pensar a Esteban, que quizás sería bueno escribirle otra. Pero, para hacerlo ahora más interesante, pensó que podría dejar las cartas en lugares ocultos de por el barrio, en donde ella pudiera ir a recogerlas y responderlas para después dejar ahí sus muy primariosas cartas de amor. Esteban se revolvía de risa en su cuarto cuando leía las respuestas de su hermana al secreto admirador, tan ridículas y aniñadas. Llegó a escribirle dieciocho cartas, todas ellas contestadas, en donde él alababa su inteligencia, su carisma, su buen corazón, su belleza interior y le depositaba siempre un juramento de amor eterno, aquella mentira edulcorada que para su hermana era la miel negada por tanto tiempo. La hermana, muy ilusionada, leía las cartas sentada en la sala, en el jardín, en el comedor, a solas, degustando un litro de helado de chocolate. Esteban, llegó a conocer lo muy dulce (ridículamente dulce) que podía llegar a ser, lo muy enamorada que ya estaba del anónimo escriba. Recordó, además, que cuando era aún un niño su hermana iba a su cuarto, se sentaba en su cama y le acariciaba la cabeza mientras le leía cuentos o le cantaba alguna canción de cuna. Ahora, casi ni se hablaban, pero por cartas, ella le contaba al admirador secreto todo eso que le dolía y le pesaba en el pecho. Para él ya solamente era una diversión.

Cambiaron muchas veces de buzón secreto. El último que tuvieron fue un viejo roble del parque frente a su casa. Ahí donde ella casi descubre todo el cruel juego de su hermano, cuando él fue a buscar la respuesta de ella, el mismo instante en que ella la estuvo dejando. En esa carta, la hermana no pudo más y le confesó que lo amaba con todas las fuerzas del universo, con todo un ciclón de mil estrellas y que su amor era inmenso como el mar crepuscular, como el cielo fulgurante del amanecer. Quería una cita con él. Esteban que aún no se reponía del susto de casi verse descubierto, ahora se atragantaba con esta segunda sorpresa. Pensó, tontamente, que ella dejaría que todo quedara en lo platónico, en el idilio epistolar, sin embargo, ahora tenía que enfrentar el desastre de descubrirse ante su hermana como el más grande hijo de puta que pudo haber ella conocido. Pero le dio fecha, lugar y hora para el encuentro: en la heladería de la plaza, el viernes, a las cinco y media de la tarde.

Su hermana esperó con ansias ese día. Salió temprano de la última clase de la universidad y se fue directamente a donde sus amigas a pedirles consejos de maquillaje. ¿Y por qué? Porque hoy día tengo una cita. Una de ellas arqueó una ceja, pero prefirió no preguntar. Esteban la vio llegar. No sabía qué hacer. Él solamente quiso seguir con las cartitas que “a nadie le hacían daño”. Si a ella le alegraba recibirlas y para él era muy gracioso leer sus respuestas. Pero esto en verdad había ido demasiado lejos. Prefirió hacerse el loco. Ni la saludó, ni la miró, ni le dijo ya vengo y se lanzó a la calle. Para él, aún, no había mejor remedio para la incisiva conciencia que atontarla con largas jornadas de Play Station II en la casa de Hernán, el amigo. Copa UEFA, Winning Eleven 11… ¿qué más se podía pedir?

Dieron las diez de la noche. Esteban solamente veía manchitas de colores que paseaban por aquí y por allá. Medio drogado, pensó en su hermana, le dio algo de remordimiento haberle hecho lo que le hizo. Pero total, todo ya había pasado. Como era ya tarde para volver a su casa para estudiar, cortó camino por la plaza, voltearía por la heladería para enfilar por las quince cuadras que faltaban para llegar. La heladería estaba cerrando. Los últimos clientes estaban yéndose y una figura obesa, aún cabizbaja y pensativa, se mantenía sentada en su silla: era su hermana. Había comprado una copa melba, para disimular la tristeza de su espera; había comprado otra, para ahora darse fuerzas y marcharse; pero compró la tercera para hacer menos saladas sus discretas lágrimas.

Señorita, ya tenemos que cerrar. Sí, la cuenta, por favor. Ella salía de la heladería. Él se escondió detrás de un árbol. Tropezó con un perro y éste le empezó a ladrar. Ella volteó por la bulla y no vio nada. Se secó la lágrima que ya rodaba hacia su bozo y siguió su camino. Esteban suponía lo que venía, así que dio medio vuelta y se fue a la casa de unos amigos para ver qué le ofrecía la noche del viernes.

Cumpleaños chalaco

Más que un saludo mereces, Marlon, por todo lo que tu amistad me ha dado y por lo que me siento en una gran deuda.
Aquí no puedo sino extender el saludo que ya te di personalmente.

Por más que todos hayamos estado ocupados, nos dimos el tiempo (sábado a la noche) y el espacio (el Etnias primero y luego el Yacana Bar) para celebrar tu santoyo y compartir con los amigos.

Feliz cumpleaños, L6. Guarda torta.

Con Liz, otra gran
amiga.



domingo, 20 de mayo de 2007

Lector en coma

Suelo -aunque quizás sea más honesto decir solía- llevar un diario. Y, claro, como en todo diario, en él volqué todas esas cosas que son tan difíciles de decir, inclusive a la gente que se quiere. ¿Para qué más podía servir el dichoso cuadernito? Que no es azul, como el de Martín Romaña, que no fue escrito en un sillón Voltaire, tampoco en París, ni en él hablo de Octavia de Cádiz. Fue escrito en la SUNARP, en mi silla de madera, en la ciudad de Tacna, en un hotel de La Paz, en una espera larguísima en La Quiaca, en Córdoba y en Mendoza, y otra vez en mi silla de madera.

A mi retorno de Argentina, sentado delante de la incertidumbre y del diario con una página en blanco desafiándome. Razones de sobra tenía para escribir. Y así lo hice todos esos días en los que alegremente me pude dedicar a eso que tanto me gusta y no quiero dejar de hacer (no, huevear no, sino leer y escribir). Sin embargo, ahora estoy en el trabajo, y al diario no lo he vuelto a ver, si no hasta hace poco y c on una ligera película de polvo cubriéndolo. Me sentí muy mal de verlo así. Recorrí sus páginas. Leí el cuaderno verde y aquel otro azul que terminé de llenar hace unos meses. De sus páginas, claro está, aún recuerdo muy vivamente muchas cosas, pero, sobre todo, rescato esas notas de cuando leía esos libros que me apasionaron tanto leer, como Sobre héroes y tumbas y, últimamente, El beso de la mujer araña y Estrella distante.

Trato, mediante este modesto blog, de seguir ejerciendo este hábito de escribir, así que por ese lado, aún persisto en esta lucha de aprendiz de escritor. Pero, revisando las últimas líneas en Argentina de ese mi diario "no-azul" y "no-escrito-en-un-sillón-Voltaire", veo que pongo muy feliz: "Empecé a leer 'La vida exagerada de Martín Romaña'". Han pasado dos meses y sigo leyendo la misma novela. ¿Acaso no me gusta leer? Se me ocurrió que tal vez algo de esa pasión, que parecía envolverme, ha perdido un poco la fuerza de su original impulso, si acaso me estoy abandonando en el trabajo y con esa excusa ya no leo ni escribo como antes porque "no tengo tiempo". Muchos lo hacen, dicen que el trabajo no les deja tiempo para leer, como si la lectura fuese algo de lo que se pudiese prescindir. Y ahí está lo preocupante: cúanto puede este ritmo de vida agobiante que la mayoría de nosotros tenemos matar al lector que busca siempre nutrirse. Pero eso es en los adultos y jóvenes que crecimos y nos formamos cuando la internet no estaba tan masificada como hoy. Ahora, a los niños les venden la "moderna" herramienta de la internet, pero casi nadie les menciona que solo es un complemento que debe acompañar a la lectura de libros, que no sean solamente para hacer tareas, sino también para disfrutrar todos los días. En la internet hay mucha información, y me parece que no podrían esas pobres criaturas procesar bien toda aquella información que aparece en la red. Además, no toda información es digna de ser leída pues no toda la información te sirve.

Es preocupante, porque esos niños, no crecerán como las generaciones anteriores a las que nos inculcaron el valor de un libro, de una buena lectura. No maten esos lectores, que luego, ya adultos, trabajaran y "no tendrán tiempo" para leer. Yo, por lo pronto, buscaré a Mocasines para molerlo a palos.

domingo, 13 de mayo de 2007

En el aniversario de esta página


Señores:


Esta página, desde ya hace un mes ha cumplido un año de existencia. En ese año, el que les escribe (para su pesar) sabe que no lo han leído más que un par de amigos, sus hermanos y algún otro pariente extraviado por ahí. Por eso, está este personajillo muy pero muy feliz.


He salido y he vuelto, y doy gracias a Dios que aún todos los que amo están vivos.


Gracias a ustedes por aún leerme.
Christian.

Ay, mamá

Y aquí estamos otra vez, mamá, sentados uno delante del otro, tú con tu rosario en la mano y yo negociando contigo leerte una página más de El general en su laberinto, y no sé quién es el que va a ceder primero: si tú, escuchando cómo te narro la agonía de Bolívar o yo, rezando el tercer misterio doloroso.


Será mejor que ahora haga un pacto de no agresión contigo, mamá. Mira, hay tantas cosas que debería decirte, pero por esta natural cobardía mía no las digo, por esta injustificada lejanía de esos (según tú, degenerativos) años en la facultad que me han hecho ateo, comunista, soberbio, pecador y, de seguro, portador de alguna enfermedad venérea. No me enorgullece que creas esas cosas de mí, pero son cosas muy graciosas. Quizás tú sí las creíste, y muy en serio (sobre todo por los preservativos en el cuarto o aquellas semillitas de dudosa procedencia), pero aún así, en tu casa jamás me faltó un plato de comida caliente, una (obligada) taza de leche, una almohada mullida que haga descansar mi desordenada cabeza o una bendición que le dé paz a mi alma desertora.


Sabes, el primer recuerdo que tengo de ti se remonta a hace 21 años. Es uno de los recuerdos más antiguos que tengo. Papá y tú dormían, conmigo en medio, en la noche del 5 de agosto de 1986, previa a mi cumpleaños de 4 años, cuando tocaron la puerta de la calle y entraron dos primas a dejar los arreglos para la fiesta del día siguiente, en la que todas mis primas, mi primo y mis amigos estarían allí para el muy tradicional lonche cumpleañero, tradición de la que pueden dar cuenta los tres hijos tuyos que me anteceden. Ese día lo pasé entero contigo, que ya es decir bastante porque, como tú trabajabas, la mayoría de las veces la pasaba solo en casa, así que el solo hecho de tenerte todo el día era ya un motivo de celebración.


O aquella vez, ocho años después, cuando me dio la “fiebre del mundial”, cuando cada gol de Rumania subía un 0.1º C la temperatura de mi fiebre y que, gracias a la goleada a Colombia, llegó a 40.3º C, me cuidaste ya con todo el tiempo disponible que te dejaba la jubilación. El tenerte todo el día en casa sabiendo que estabas pendiente de mí y de lo que hacía. Quizás ese fue el problema, mamá. La adolescencia suele ser un trance terrible para el que cree que es el ser más infeliz del mundo. Qué desvelos, mamá. No los merecías, pero no me vayas a decir que yo no tenía derecho a celebrar mi acelerada adolescencia.


Lo siento, mamá. Creo que toda mi vida he sido demasiado injusto. Porque ahora es inevitable mirar hacia atrás y darme cuenta de que cumples 67 y yo 25, que tanto tiempo ha pasado, y para ti sigo siendo el mismo niño paramonguino de rodillas y nariz sangrantes. Y de que has hecho tanto y tanto por mí, muchas veces sin siquiera merecerlas, y yo solo te he traído desvelos, y mejor no mencionar los años en la universidad que me hicieron ateo, comunista, escritor, borracho, drogadicto, promiscuo y seguro portador de alguna enfermedad venérea, te he traído desilusiones, como la de echar todo eso por la borda e irme con una brújula averiada a desarraigarme por ahí, lágrimas muy muy negras y dolores de cabeza… ¿y que el niño quería ser escritor? Por suerte (mía, y de nadie más) no has leído el Bendición de Baudelaire, y no te puedes agarrar esa flor (del mal). Aunque ni falta hace. Ya leíste las biografías de algunos escritores y ya tienes razones suficientes para preocuparte por esta tu ovejita negra.



No importa, mamá. Hoy tendré que hacer algo por ti. Algo que sé no me vas a creer del todo, pero que en verdad lo hago con la esperanza de compensar en algo la desnivelada balanza que siempre pesará muy muy a tu favor y tan tan en contra mía por nunca haber sido el hijo que esperabas.

lunes, 30 de abril de 2007

Estrella Distante




Algunas personas creen que admirar más la vida de un escritor que su propia obra es un defecto, o en todo caso, un potencial defecto cuando luego se va a valorar aquella producción literaria. En el caso de Bolaño (1953-2003), creo que esta afirmación se relativiza. Hasta cierto punto, Bolaño es un personaje de su propia obra. Y al conocer detalles de su vida, uno también puede ir descubriendo detalles de su obra.

La familia de Bolaño decide volver a Chile poco antes del golpe de estado de Pinochet. Quizás, este acontecimiento fue uno de los que más marcó su obra, que es recurrente en temas como fascismo, violencia, así también como Literatura, y vida de escritores marginales, de poetas perdidos, de estrellas distantes.

Y aquí está el punto de partida de la novela Estrella Distante, Anagrama, 1996 (aunque yo tengo la cuarta edición de Compactos, de julio de 2006), donde se habla de la violencia en Chile a partir de setiembre de 1973, la desaparición de muchos jóvenes militantes o simpatizantes del MIR, militantes de partidos de izquierda o simplemente simpatizantes del socialismo, y del poeta “aéreo” causante de muchas de estas desapariciones: Carlos Wieder, o Alberto Ruiz-Tagle, miembro de la Fuerza Aérea Chilena, hijo de inmigrantes alemanes, piloto que en su destartalado avión escribía poemas en el cielo de Concepción, "la capital del sur". La historia empieza, según nos lo cuenta el narrador, un miembro de los talleres de poesía a los que también acudía Ruiz-Tagle (Wieder). Éste se hizo pasar por un estudiante para poder llegar a muy altos grados de confianza con muchos de los muchachos izquierdistas, que luego él desaparecerá o ayudará a desaparecer. La presencia de Wieder entre ellos crea suspicacias sobre todo entre los hombres (se había ganado a todas las mujeres de su grupo). Y luego terror. Terror de no saber si ese rostro “amable” que te sonríe es el de un amigo o el de un asesino. Terror del que da cuenta Bibiano O’Ryan (alter ego de Bolaño) cuando el narrador cuenta lo que aquél le cuenta de la vez que fue a buscar a Ruiz-Tagle a su casa para invitarlo al cine.

Luego de las desapariciones, Wieder también desaparece del paisaje. Muchos lo creen muerto (sobre todo a raíz del incidente de la fiesta interrumpida por los militares), y mucho tiempo después, el narrador se enfrasca en una búsqueda por encargo del rastro de Wieder hasta que dan con él en Europa.

El trato que Bolaño le da a esta delicada temática de la dictadura pinochetista y la violencia fascista con la que azotó al “país pasillo” es más bien sugerido que directo. Nunca se cuenta directamente que pasó esto o lo otro, siempre es por referencias de terceros o por conjeturas de los personajes. Sobre las Garmendia, y otros más que desaparecieron. Luego, ya se narra lo que una comisión investigadora va descubriendo cuando la dictadura ya había terminado y el narrador se encontraba viviendo en Europa. Esta novela corta, que viene de otra novela sobre el tema “La literatura nazi en América”, es la precursora de otras obras más voluminosas, las que luego consagraron a Bolaño y las que cimentaron el mito del escritor: “Los detectives Salvajes” (1998) y “2666” (obra póstuma, que Jorge Herralde decidió sacar en un solo volumen, contradiciendo la última voluntad del ya desaparecido Bolaño).

Es una novela que se lee ágilmente. Precursora del estilo fragmentado de Bolaño, en la que no se sigue un hilo narrativo continuo, si no más bien es un conjunto episódico que va a desembocar en un collage de instantáneas sobre el Chile de Pinochet.

Hace poco, en el You Tube, encontré esto, un documento preparado sobre esa oscura época en el país del sur, y que el autor lo bautizó con el título de esta novela, que no tiene mucho que ver con ella, pero igual me gustaría que lo vean.



Fuente de la imagen: Fondos de Cultura - Chile

jueves, 26 de abril de 2007

Adiós, maestro Watanabe.


Anoche, a las once y media, en el Neoplásicas, falleció el poeta José Watanabe.

Tomo el siguiente texto de la página de RPP:

"Falleció el poeta José Watanabe
jueves, 26 de abril , 2007 - 10:06:11

José Watanabe.
Tras una penosa enfermedad, el poeta José Watanabe Varas falleció a las 11 y 30 de anoche en el hospital de Neoplásicas, en la capital.
La muerte fue confirmada a RPP por la esposa del vate. Watanabe padecía de un cáncer a la garganta del cual se trataba en dicho nosocomio. Años atrás había sufrido un cáncer al pulmón del cual se trató en Alemania y salió bien librado.
Watanabe nació en Laredo, cerca de Trujillo, localidad que se ve reflejada en su antología El guardián del hielo (2000). Hijo de madre peruana y padre japonés, heredó de su progenitor su gran amor por la lectura y una vocación plástica que lo llevó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Trujillo.
Su primer poemario, Album de familia (1971), se convirtió en una de las apariciones más importantes de la generación del 70. Su segunda obra, El huso de la palabra (1989), fue elegido en una encuesta como el más importante de la década en Perú.
El poeta también destacó como guionista de Maruja en el infierno (1983) y La ciudad y los perros (1985), de Francisco Lombardi; Ojos de perro (1981) y Alias La Gringa (1991, con José María Salcedo), de Alberto Durandt; Anda, corre, vuela (1993), de Augusto Tamayo; y Reportaje a la muerte (1992), de Danny Gavidia."
Esta triste noticia me la comunicó mi amigo Edgar Cabrera Junco, quien trabaja en Perú.21. Con su desaparición, nuestras letras peruanas sufren una gran pérdida que no será fácil de llenar. Marlon, Edwin y yo fuimos a darle el úlltimo adiós a este gran poeta... un gran poeta que nunca manchó la poesía.
Colgaré este poema de José Watanabe que me gusta, pero antes, debo decir que el blog de Presencia Cutural tiene vídeos de él publicados (además de datos sobre el velatorio). Del You Tube me plancho este:
Que descanse en paz.
Y bueno, ahora...

La mantis religiosa

Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm de
mis ojos
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del
Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palo seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza
cáscara.



Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
a un macho
vacío.
La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando
hembra
y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta
y dispuesta.
Duradero es el coito de las mantis.
En el beso
ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,
que va licuándole los órganos
y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,
y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando
la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho
se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
a la muerte
Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.
Las enciclopedias no conjeturan. Esta tampoco supone que última
palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta
del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra
de agradecimiento.



De El huso de la palabra

(No sé cómo hacer para que se respeten los espacios del original, disculpen la
torpeza)

Foto: Perú.21

miércoles, 25 de abril de 2007

Columnista sin columna


Revisando una de las columnas de Beto, oh, querido Beto, en Perú.21, doyme cuenta de que, como él dice, soy uno de esos de los que anda por el Blogger como un columnista sin columna. No me siento menos por eso, supongo que Beto sólo lo dice con la usual cachita con que dice casi todo lo que dice.

Pero me quedé con esa frase dando vueltas en la cabeza. Me hizo pensar que no debía andar más por la red buscando algún tema para colgar (por cierto, ya tendré algo preparado sobre Roberto Bolaño, para el que tenga ganas de esputarme) si total, quién me va a leer. Bueno, Christian, perdiste compa're, a ti nadie te conoce. Bueno... sí me están empezando a conocer, oiga. Sí, mi vecino, don Manuel ya me dice "ese huevón que viene a comprar puchos", y para los demás soy "ese ...ón de los libritos". ¿Ven que sí me estoy haciendo conocido? Como sea, hoy pasé una interesante "velada" conmigo mismo (alguna vez, una mujer bella y nefasta me dijo que no puede haber velada sin velas... así dijo, varón) entre blogs de otros bloggers que me hicieron reír, me hicieron pensar, me hicieron sentir una bestia, como usualmente me suelo sentir, pero sin estar "on-line".

Aquino una vez me preguntó por qué quería publicar en el blog en esos días argentinos de autodepuración. Y le dije algo para salir de paso. Esquivé a la verdad una vez más: "porque quiero que me quieran". No le iba a planchar la frase a Bryce porque planchador que plancha a planchador, se va a Canada Dry, porque a Bryce nadie lo toca. (Cierto, Beto, cierto, puede que sea Alzheimer, me detuve -tarde-, pero me detuve).

En fin. Hoy me topé con muy buenos blogs. Espero seguir investigando, por lo pronto, lo que ahora voy a "himbestigar" son cuántas garrapatas tienen las ovejas que voy a contar.

Gute Nacht!
Foto: el montaje es mío.

domingo, 22 de abril de 2007

El violinista sobre el tejado

Cuando estuve en el último (d)año de la secundaria, participé en la última de las obras de teatro de la verbena principal por el aniversario de mi colegio. Ese año cumplía seis años en el grupo teatral llamado "Arte Joven". Qué buenos recuerdos guardo de esos tiempos.

Pero recién hasta hace poco que me puse a revisar el youtube, y encontré algunas canciones de la película de 1971, protagonizada por Topol (Rev Tevye), en la que basamos el guión de nuestra propia (y muy pobre pero feliz) adaptación escolar de "The Fiddler on the Roof".

Los dejo con la canción que más me gusta de ese soundtrack.



Buen inicio de semana para todos.

Todos iremos al infierno. Hagan sus reservaciones.




Hace ya unos días que la cadena internacional MTV transmitió el primer capítulo de "Popetown". El revuelo causado en Europa no ha podido ser más auspicioso: censurado en Inglaterra y con una potencial demanda por parte del Arzobispado de Münich y Freising (sur de Alemania) a la cadena MTV, el rechazo del grueso de la población católica alemana no ha hecho sino darme más ganas de ver la serie.


Ciertamente es irreverente, y con una gran dosis de humor negro. Sin embargo, de ahí a afirmar, como afirma el Vaticano, que "atenta contra las creencias cristianas" hay ya una gran distancia. Afirman también que se ridiculiza a Cristo, porque éste deja vacía su cruz para bajar a reírse de la serie. Pues, creo que no.


Si algo le falta a la jerarquía eclesial es un poco de humor para ver las cosas. El mundo ya no es dominado por la iglesia romana. Muchas voces que difieren de ella existen y también buscan manifestarse. Tanta seriedad y solemnidad de parte de esta iglesia, me parece a mí, ha sido la principal causa de todos los cismas ocurridos a lo largo de su historia. Y el gran poder político-económico que ha acumulado la hace blanco fácil de bromas con respecto a la corrupción de algunos de sus miembros. ¿Alguien me puede decir si el Vaticano demandó a Ford Coppola por ensuciar la imagen de los arzobispos? En fin.


Hay algunas cositas, claro, de la serie que tampoco fueron de mi agrado. Como cuando el doble del papa se está haciendo la señal de la cruz y en vez de decir "...y del Hijo" dijo "testículos" (no he visto la versión en español, en la que está en inglés dice eso), pero bueno, sólo es mi opinión. No por eso voy a pedir que se censure.


¿Acaso no ven que censurando algo simplemente lo hacen más llamativo para el resto de personas no creyentes? ¿Se han puesto a pensar por qué hay cada día menos creyentes? Deberían, en vez de anunciar tan solemnemente que los niños sin bautizar ya podrán ir al cielo. Y esto último me lo dijo un cura. Jojolete.


Aquí les paso el primer capítulo de la serie en español. Vean y opinen.


Primera parte




Segunda parte



Tercera parte

domingo, 15 de abril de 2007

Mojado sobre La Cañada.

Bueno, sí, admito que ha sido una estupidez salir cuando había amenazas de lluvia. Estas zapatillas no me protegen de nada y ya tengo bastante mojado el pantalón. Si tan solo tuviera un paraguas. Los puchos están muymojados, maldicíón. Al menos encendió uno. Si sigo derecho por este camino voy a llegar al puente Antártida y de ahí a Alta Córdoba, pero ahí me perdería de toda la acción... ¿pero de qué acción estoy hablando?

A cada paso que doy más se me mojan las medias y ya he pisado como tres charcos. Húmedo, hambriento y sin laburo para mañana... la vida suele ser muy bella a veces. Qué más da. Si me quedo sentado aquí al borde de La Cañada no me va a pasar nada. La noche está oscura, y los anuncios de los restoranes y parrillas cercanos danzan sobre las veredas, se va disolviendo la luz en pequeños e inquietos rezagos de luz. Pasa un carro, pasa otro, pasan dos más, pasan borrachos, pasan tres putas, pasa la policía... Ay, mierda.