domingo, 14 de junio de 2020

TrainspottingTrainspotting by Irvine Welsh
My rating: 5 of 5 stars

El otro día estaba pensando en que para un sudamericano —peruano, mestizo y misio, hijo de los grises ochentas— no debe ser muy difícil ver la miseria cara a cara y enfrentar situaciones de necesidades básicas insatisfechas y entenderlo como un elemento más de tu entorno. Más o menos, creciste viéndolo y sabes además que tus padres crecieron viéndolo y así tus demás ascendentes, porque —admitámoslo— este es el Tercer Mundo y ya de entrada te dicen que es un jodido mundo de desigualdades tremendas y de toda la vida y que no hay ascensor social que valga si es que eres de los que van a galeras a remar.
Pero no imagino cómo debe sentirse la miseria en un país que se supone es del Primer Mundo. A la miseria la imagino acompañada de la decepción, de la sensación de estafa. El Reino Unido a finales de los ochentas estuvo gobernado por la (ultra)conservadora Margaret Thatcher, una señora que no es del agrado de casi nadie, salvo de los que cortaban el jamón inglés en ese entonces, y durante su régimen se resintieron aún más las condiciones bajo las que vivían muchas personas de las barriadas obreras. Ahora, imagínate a algún drogadicto durmiendo dentro de un contenedor de basura ubicado en uno de los más sórdidos barrios obreros de Leith (Escocia). Pues bien, Irvine Welsh le da voz precisamente a esos desclasados.
Trainspotting fue la carta de presentación de Welsh en sociedad, y desde su publicación sorprendió a la crítica y a los lectores en general. Su crudeza, su honestidad brutal para describir los arrabales de Edimburgo y la vida de los adictos a la heroína de esa ciudad te acercan hasta tal punto que es difícil sostener la mirada y verlos revolverse en sus propias mugres, pero tampoco puedes evitar sentir simpatía por algunos de ellos, y de frustrarte con las decisiones tan idiotas que toman. Porque precisamente uno de los méritos que tiene esta novela es haberles otorgado humanidad a los que no estaban invitados al festival de Edimburgo.
Esta novela tiene una estructura polifónica, en la que escuchamos las voces de varios miembros de la misma pandilla: Mark Rent-Boy Renton, Daniel Spud Murphy, Simon Sick BoyWilliamson, Francis Franco Begbie, entre otros. Pero el protagonismo es de Mark, a quien lo presentan como un adicto depresivo quien ve en la adicción una forma de rebelarse contra la vida que le tocó vivir: su forma de protestar es no elegir la vida de consumo y mediocridad que le ofrece el sistema, y prefiere aprovecharse de él o cometer delitos que lo provean de dinero para sostener su adicción.
Mientras lo seguimos nos vamos topando con frases y pasajes geniales de Welsh, quien no se guarda nada. Pero por honesta no es una prosa que no haya sido cuidada. Sabe muy bien lo que quiere decir y arremete contra el opresor sistema de la Corona británica, y las enormes diferencias y segregación que existe entre ingleses y escoceses y entre los escoceses mismos, sin descuidar tampoco el humor, ácido, mordaz, altamente sarcástico, crítico con la religión, el fútbol y la política, todos estos temas que determinan las tontas diferencias que alimentan el odio el otro en la isla de la Gran Bretaña.
Un gran libro, me encantó.

View all my reviews

domingo, 17 de marzo de 2019

Ha vuelto, de Timur Vermes


Título original: Er ist wieder da (2012). Timur Vermes nos plantea una desopilante y absurda hipótesis: ¿qué pasaría si, como por arte de magia, Adolf Hitler apareciera en Berlín sesenta y seis años después de la caída de su búnker? Como si hubiese atravesado una puerta dimensional que posibilitase su salto en el tiempo hasta el 2011. El Führer se encontraría con una sociedad alemana distinta, gobernada por una mujer regordeta y matriarcal, pero que en el fondo tiene muchos elementos que ayudan a que Adolf Hitler vuelva a ser una figura popular dispuesta a empezar su política estatal desde cero.

En clave de sátira, el autor nos demuestra que las sociedades actuales están tan enceguecidas como las de hace noventa años. El ascenso de Hitler, ahora confundido con un comediante o un actor del método, se da gracias a que la sobreexposición que tenemos a medios como la televisión o la internet y a que estas plataformas han hecho mucho por democratizar la información, es cierto, pero también a darnos un retorcido sentido de la realidad, en la que mucha gente ya no es capaz de distinguir dónde acaba la sátira y dónde empieza la reminiscencia por el oscuro pasado del Tercer Reich.

Para escribir un libro como este, el autor Timur Vernes (Núremberg, 1967) ha tenido frente a sí el gran reto de encarnar al Führer, pues toda la novela está escrita en primera persona, y es el relato de Hitler desde que aparece en el mismo terreno en el que quedaba su búnker en 1945 hasta que está a punto de volver a ascender a lo más alto de las esferas de influencia política de su país. Tal cual como en los orígenes de su partido.

Pero ¿realmente en Alemania estarían tan susceptibles a caer de nuevo en las fauces de un lobo como este? La clave en esto es el «desencanto político», del cual Hitler va enterándose día a día, a través de las reacciones de la gente a sus falsas humoradas por televisión o sus intervenciones en la redes como YouTube, en la que rápidamente se convierte en uno de los mayores influencers de Europa.

Vermes no le teme a enfrentarse al peliagudo tema de los límites del humor: Cuándo algo deja de ser solo una oportunidad para burlarnos de nosotros mismos y empieza, bajo la mascarada de un monólogo de stand up comedy, a parecerse más a una velada invectiva de odio. Hay que poner atención al hecho de que la situación económica y social de Alemania no es ni de cerca la de la Alemania de la República de Weimar, aquel periodo entre guerras. Ahora, siendo una sociedad pacifista y de vanguardia en la protección del medioambiente, le va mejor, y sin embargo, aún en ese escenario, Vermes nos plantea la posibilidad de que Hitler encuentre el suficiente auditorio para volver a dar eco a sus ideas. Todo muy real, muy posible y muy macabro.

Dato aparte: En 2015 fue estrenado el filme homónimo, que siguiendo más o menos la misma línea nos muestra a un Hitler muy bien asentado en el reino de los reality shows.

viernes, 8 de marzo de 2019

1879: 140 años después



El Perú no ha cambiado. Es decir, sí ha cambiado, pero para mal. Porque si en estos momentos atravesáramos una circunstancia similar a la que tuvimos que vivir hace 140 años veríamos que estarían aún vigentes las inútiles peroratas del Congreso o veríamos con fascinación la lentitud elefantiásica con la que se movería el aparato estatal mientras la guerra avanza y va dejando muertos, mutilados y desterrados por todo lugar.

Sentí impotencia cuando terminé de leer 1879. Alguna impotencia similar a la que siento ahora cuando prendo la televisión. Siento pena, rabia. Al almirante Miguel Grau lo dejaron solo. Combatió no solo contra Chile sino también contra la indiferencia, la torpeza y de plano la corrupción. Y eso nos toca aún combatir, pero por desgracia ya no está Miguel Grau y el Huáscar se exhibe como trofeo en Talcahuano. 

Guillermo Thorndike ha sido quizá nuestro más reconocido escritor de novelas de no ficción que haya producido el siglo XX. Quizá en algunas oportunidades sus filiaciones políticas lo hayan escribir libelos impresentables, creo que en esta ocasión nos deja un libro que no se ve muy afectado por esta filiación, salvo por el detalle (para algunos no menor) de pasar por agua tibia el papel del general Prado en todas las desgracias que nos tocó vivir. Pero ese virus es de muchos ayer y hoy. A las figuras históricas muchas veces se les tiene que pasar por agua tibia para no descubrir que la olla de grillos que somos como país es más horripilante de lo que parece. 

Pese a todo, puedo confiar de que el primer año de este terrible conflicto bélico ha sido tratado con diligencia y meridiana precisión. Thorndike ha recreado incluso circunstancias tan cotidianas como los momentos en los que los oficiales del Huáscar departían en el monitor o los momentos familiares que Grau vivió en su último año de vida. Detrás de esto hay un gran trabajo de investigación que debe destacarse porque ese rigor es un ejemplo para quien en un futuro quiera seguir los pasos de la escritura de no ficción. 

Creo que este libro, y de hecho la tetralogía entera sobre la guerra del salitre que escribiera Thorndike, debería reeditarse, no tanto por su valor estético, que no es tan elevado, sino como «refresco» para quienes piensen, si es que alguna vez se detuvieron a reflexionar sobre el tema, que la guerra con Chile es un hecho pasado y olvidado, una serie inconexa de hechos que acabo y ya está. No. El conflicto en su conjunto delató la esencia más negra y purulenta de nuestra sociedad. Y eso es lo que no se debe olvidar.

Mención aparte, como casi siempre, merece la pobre edición del libro, el cual adolece de muchas erratas que una diligente revisión hubiese resuelto. Este solo detalle afea una edición tan bien ilustrada con las fotos de Courret. Es una pena que la mala revisión opaque el brillo del texto.

viernes, 15 de febrero de 2019

Un Omé para cerrar la noche


Ayer tenía que haber sido un día feliz. No lo digo por lo comercial y muy conocido ya —eso de San Valentín—. Lo digo porque fui al Gran Teatro Nacional a ver uno de los mejores espectáculos de circo que he visto en mi vida. Y era eso o ver al pelao de Gianmarco. La decisión era evidente. Male y yo salimos muy contentos y nos encontramos con una amiga con la que nos fuimos a comer algo. Elegimos un lugar terrible que fue como una antesala de lo que vino después.

Ya en casa, me di con otra mala noticia: la Sunat me estaba buscando. Y como cualquier mafia que se precie, quería o mi dinero o mis vísceras. Male, no puedo más, le dije cuando leí este correo en la tranquilidad de mi hogar. Me voy a fumar un pucho. Fue raro que ella no pusiera un pero a esta determinación, pero así fue. 

(Paréntesis: Ese día, más temprano, unos amigos búlgaros que conocí por cosas del trabajo, me habían regalado una cajetillas de cigarrillos Omé, originarios de Grecia. Son muy suaves y es siempre un placer echarse uno encima. Fin de paréntesis)

Prendí el pucho nomás llegué al lobby del edificio, salí a la calle y aún estaba esta revuelta, a pesar de que eran casi las doce de la noche. No sabía qué hacer. No soy exactamente una persona muy organizada y ordenada en mis cuentas, pero ahí voy bregando. Mi único mandamiento es temer a dios por sobre todas las cosas. Entiéndase como dios a la Sunat. No me meto con la Sunat, y así la sunat no se mete conmigo. Esta situación no podía vivirla. Me estaba ahogando en mi microtormenta.

Una señora, que salía del edificio a dejar su basura en la calle (sí, en Miraflores aún subsiste esa práctica), me abordó y me preguntó si yo compraba periódico. Como no entendí bien a qué se refería, me quedé en silencio observándola esperando un poco más de información. Me dijo que había leído en el periódico que a su amiga la habían asesinado. Fue el esposo, que con un mazo le rompió la cabeza y luego él intentó suicidarse bebiendo lejía, pero fue salvado en el hospital. Su vecina y amiga era de Los Olivos, de un asentamiento humano donde han vivido casi tres décadas. Entonces pensé ¿y qué hace la señora aquí?

—Mi casa se incendió en marzo del año pasado. Mi esposo sufrió quemaduras que luego se complicaron porque era diabético. Falleció hace unos meses por complicaciones de una bronconeumonía.

—¿O sea que usted aquí vive con...?

—Mi hija, la menor, se mudó aquí dos meses antes del incendio, y es la única que me da amparo.

—...

—Y encima me la matan a mi amiga. Y eso es lo más raro, por es quiero el periódico, para saber qué pasó, porque era un matrimonio feliz ese, que tenían juntos más de veinte años y de noche a la mañana me salgo a enterar de esto y no puede ser. Encima los periodistas fueron a mi casa quemada a preguntar por mi vecina y...

Fueron tres omés lo que duró la charla con la señora. Yo solo asentía, la miraba, trataba de repreguntarle algunas cosas. Poco después se fue... Me dejó con la sensación de que debía sentirme de alguna manera «bendecido» porque mis problemas, al parecer, ni son los más graves, ni son los más importantes. Lo mío con la Sunat es un chancay de a veinte. Justo cuando empezaba a llenar el vaso de agua y a ahogarme en él, apareció la señora —Amelia se llama— y me dio sin darse cuenta una respuesta a mis dudas. Estoy muy agradecido con ella.

Volví al departamento, algo mareado por el efecto de los tres omés, vi a Malena y a la abracé. «Mañana será otro día», pensé.



sábado, 9 de febrero de 2019

Tomando un capuchino en el año nuevo chino

En este año del cerdo subiré de peso para mimetizarme y engañar al hado chino y me crea un porcino más. Mis estudios en Derecho me legitiman para ser un estafador y un charlatán. El único problema que tengo con ese plan es que hace un calor histórico aquí en el desierto y me arde, me duele todo el cuero achicharronado por el calor.

Pero aún así hago cosas desopilantes como tomar un capuchino. No, no en un restaurante argentino ni rodeado de empanadas y vino. El contacto con el caliente líquido me quema la lengua y aún así sigo. Lo disfruto. Es mi debilidad, no el dolor, el café. Cómo arderá cuando se extinga esa especie.

Insistiré con esos guiones que tengo pendientes, porque no quiero que sufran de la misma enfermedad que mi embrional novela.

Chao.

lunes, 4 de febrero de 2019

Nuevos juguetes de la Guerra Fría



Portada del libro

Cuando dejas pasar toda la ola y la moda que despierta un libro y de pronto lo ves en un estante de tu casa mientras también este te ve a ti como los toros a los toreros, piensas, en primer lugar, «¿cómo diantres llegó este libro a mi biblioteca?». En segundo lugar, ya acostumbrado a su presencia, te dices a ti mismo que es tiempo ya de desempolvarlo y empezar a transitar sus páginas. Porque vamos, si bien apareció en mi biblioteca por obra del amor —larga historia que aquí no puede ser contada—, desde que vi su portada en una librería me llamó mucho la atención ese superman soviético (Superman: hijo rojo) sosteniendo la bandera de la desaparecida (?) Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

A Juan Manuel Robles lo leo con regularidad en «Hildebrant en sus Trece», y sé de la agilidad de su pluma, de su eficacia para comunicar la indignación y de su habilidad para el sarcasmo y el humor ácido. Así que, ya pasada la moda y bien instalado en el 2019, decidí leer «Nuevos juguetes de la Guerra Fría», y me acomodé tranquilamente en mi cama para leerlo.

Esta novela nos cuenta la historia de Iván Morante, un pequeño peruano cuya familia estaba radicada en La Paz gracias al trabajo de su padre en Prensa Nueva, agencia de noticias cubana, y que comparte una parte de su vida con los demás niños de la Embajada cubana, en donde todos ellos son pioneritos.

Pero la historia es contada desde el punto de vista del Iván de treintaitantos que vive ahora en Nueva York, ciudad en la que entra en contacto con la española Nuria Ramón y con Saldaña, quienes se empecinan en hacerle recordar aquellos años paceños porque, al parecer, él ha sido testigo en esos años de un acontecimiento histórico y secreto: el hallazgo y exhumación de los restos de guerrilleros cubanos que murieron ahí en la década de 1960. Entre ellos, claro está, los restos de Ernesto «Che» Guevara. El camino que lleva el descubrimiento de la veracidad de esto trae consigo una serie de revelaciones que lo llevan a cambiar lo que él tenía como un verdadero recuerdo de esa época.

Robles no tiene mayor dificultad para plantearnos la premisa de su historia. Pero naufraga en la aplicación de una receta a la que sobran una buena cantidad de páginas para mostrarnos lo que quiere: obsesión por el pasado, obsesión por descubrir los años en que su padre estuvo ligado a los movimientos revolucionarios latinoamericanos de la década de 1970. Se disfrutan mucho los episodios que nos cuentan la infancia de Morante en esa escuela de la embajada, se pueden seguir con interés los capítulos en los que con la ayuda de Nuria y Saldaña llega a tener cierta claridad en los recuerdos de esa específica parte de su vida. Sin embargo, en el balance general se llega a sentir que la excesiva cantidad de páginas, que repercuten primero en la tardía llegada de la presentación del problema, hace que el lector deba esforzarse mucho más para terminar de leer la novela. 

Nos queda claro que el tema de la memoria, para Morante, es un tema difícil de asimilar, al menos eso se sabe de propia confesión, pero también sabemos que su nostalgia puede más que él y que gusta de hablar mucho de sus años de pionero. Pero le teme a los encuentros con su hermana Rebeca, quien tiene una memoria inmisericorde y con la que no se puede transar: lo recuerda todo sin pizca de romanticismo. Pese a esta inconsecuencia, Iván Morante se va internando en su propia memoria y resuelve un puzzle prestado, algo que no era suyo hasta que lo hizo tal. Y como bien anunciaba cuando nos contaba su relación Rebeca, no puede soportar.

Hemos recorrido con él el mapa de palabras que Juan Manuel Robles propone y encontramos también símbolos bastante bien elegidos: los juguetes de la Guerra Fría, como los G. I. Joe o He-Man, figuras de acción que nos llevan a cuestionarnos si en verdad los Cobra eran realmente los malos. ¿No eran acaso los malos los G. I. Joe, miembros de un ejército que invadía y mataba a los revolucionarios la Latinoamérica unida?

Debo mencionar que tal vez sea uno de los mejores libros de ficción escritos en esta década en nuestro país, pero por ello mismo mereció una mejor revisión y edición, porque hay varias erratas, ociosas de enumerar aquí, que deslucen la prosa de Juan Manuel Robles.

domingo, 3 de febrero de 2019

Teatro en El Cinematógrafo

Foto: blog Viajes y Estilos de Vida
Más o menos en la época en la que inicié este blog fue la última vez que fui a El Cinematógrafo a ver Pulp Fiction por enésima vez. Han pasado casi doce años y tocó volver a ese mismo rincón de Barranco convertido ahora en el estudio teatro Yestoquelotro.

Ha sido una saludable una saludable forma de volver a construir recuerdos en este espacio, que significó tanto para tantos románticos y cinéfilos que todavía yerran por la tierra baldía en la que se ha convertido la ciudad. No se ha convertido en una iglesia, ni en una bodega mucho menos en una peluquería, sino en un espacio que aún se preocupa por promover la cultura en Lima, a la que tanta falta le hace más espacios así.

Como la misión que me llevó fue la periodística, no tuve tiempo para concentrarme en todas las faenas y películas que llegué a ver ahí. Ahora sentado aquí frente a esta máquina las recuerdo y sé que aún puedo contar con esos recuerdos en mi cabeza por un tiempo más. Los he desempolvado para que me sigan haciendo compañía.

El caso es que pueden revisar aquí mis reseñas de las dos obras que la noche del viernes vimos: Diálogo en privado y Lo que nos faltaba.

Reo Libre

viernes, 1 de febrero de 2019

Volver con la frente marchita

¿Cuánta palazón puede aguantar un ser humano? No se sabe. Está estudiado, pero no se sabe. Algunos hablan de treinta palazos diarios por trece años. Otros deciden parar con la palazón en un momento oportuno. Al darse cuenta de que aún hay algo que matar. Ese momento en que descubren que el #DeadInside es solo un hashtag gracioso, pero nada más.

¿Y qué hace el talento soportando mierda? Sencillo, joven. Siéntese, yo le explico. Soporta la jornada laboral. Soporta por una familia. Soporta para sentirse parte útil y necesaria de un sistema. Pero nada más que eso. El talento puede someterse y no tener expectativas.

No... tener... expectativas.

Estoy cansado de que alguien abiertamente mediocre me diga lo que tengo que hacer. En mis veintes tenía esta vía de escape para mantener la idea del suicidio lejos de los cuchillos de la cocina o de la cornisa de algún edificio. Hoy solo me queda por decir que Reo Libre vuelve. Vuelve con más de treinta, casi cuarenta, pero qué puñetas importa.

Todas las veces que no escribí la pasé peor. Y ya no estoy para pasarla peor.

Vamos a ver cómo me va.

lunes, 2 de mayo de 2011

Excurso: Por qué Chubaquita votó por Ollanta Fumala

Durante las últimas semanas hubo personas que se me han acercado con la tristeza burilada en los ojos. Nadie podría creer el destino incierto que había tomado el país, pero sobre todo nadie podía comprender por qué Chubaquita había votado por Ollanta Fumala.

A pocos le consta que Fumala se reunió días previos al último debate presidencial. Apulgattás sabía que sin los consejos de Chubaquita les iría muy mal en el debate. La reunión fue en un lugar de la elección del mono. No hubo cámaras, solo unos cuantos testigos.

Al llegar Fumala se le advirtió del carácter del maestro, pero no lo tomó mucha importancia. Craso error. Chubaquita estiró su peluda mano para que el militar en retiro se la besara, y él en un gesto de desprecio y prepotencia la rechazó. Si este hecho no desencadenó en una sangría que emulara a la de Cajamarca en 1532 cuando Atahualpa y Pizarro se vieron las caras por primera vez, fue porque, en su sapiencia ilimitada, Chubaquita ignoró la soberbia de su interlocutor. Le ordenó sentarse. Se sirvieron pingües viandas. El mono miraba fijamente al comandante.

* * *

En las aulas de Cambridge, a finales de la década de 1930, tres estudiantes de intercambio eran los más populares de la facultad de Economía: el cuy mágico y Ferdinand Fritz Otto Nepomuceno Clodovaldo Winchester-Mamani Ccori-Uculmana y Cachay, más conocido como el PPKuy. Ambos, férreos defensores de las ideas keynesianas, eran los favoritos en cuanto debate acontecía en tan magnas aulas.

Un tercer alumno de intercambio defensor de las causas innobles los acompañaba en cuanta fiesta romana acudía. De él solo se sabía que era de origen teutón, y que era descendiente de la estirpe de los von Tschupacka. El resto de cosas eran un misterio.

Las teorías liberales del cuy mágico y del PPKuy no eran en absoluto del agrado de von Tschupacka, o simplemente Chubaquita, razón por la que los acalorados debates casi nunca tenían un final agradable.

Pero todo empeoró cuando el cuy mágico y PPKuy fundaron un banco y se apoderaron de casi todas las empresas de suministros en Sudamérica. Para entonces, Chubaquita manejaba la más grande cadena de casas de masajes, jacuzzis, baños turcos, casinos y casasverdes de este y del otro lado de los Andes.

En 1956, al caer Odría, el gobierno civil entrante promulgó una serie de medidas que condenaron al fracaso a los negocios de Chubaquita. El contraste con su crecimiento meteórico en el ochenio odriista era evidente. Ya no había Cayo Mierda ni Bola de Oro que lo pudieran salvar de la debacle económica, los tiempos en los que era el showman favorito de las noches veraniegas de Ancón eran historia. Su crédito en el Sheraton y en el Crillón solo eran recuerdo de un mejor pasado.

Desesperado, Chubaquita pidió cita con el asesor del presidente que había remplazado a Odría. Su sorpresa no pudo ser mayor luego de entrar a la enorme oficina privada que le había asignado el gobierno en el Yatch Club: el cuy mágico.

Chubaquita empezó:

-¡La plaaaata!

Poco después vino la seguridad del local y echó a patadas a Chubaquita.

Un personaje cruzaba la oscuridad de la noche y se paró delante de él. Había pasado más de veinte años en el extranjero y se había olvidado de su lengua madre. Solo hablaba la lengua del tío Sam a la perfección:

-You are a piece of shit, Chubaquita.

(Traducción: Hueles a pie de mona Chita, Chubaquita)

Era el PPKuy, quien chasqueó los dedos y un Rolls Royce apareció de entre las nieblas y se llevó a Chubaquita hacia el parque aéreo de Surco para un paseíto sobre el mar. Chubaquita, maniatado dentro de un costal solo sintió las corrientes de aire que lo atravesaban, y luego, el frío contacto con el mar. Nadie pudo escuchar sus gritos.

* * *

Fumala estaba mal del estómago y se notaba. En su cara, el rictus de soberbia invitaba a la náusea. Pero esta vez había sido bien asesorado. Sabedor de los conflictos entre gorilas alfa y los gorilas que se creen alfas, días antes había hecho una pantomima de alejamiento de Hugorila Ya Tú Chávez. Gesto que pretendía que fuera del agrado de Chubaquita, pero este no era ningún idiota.

-Claro, ahora porque Vargas Llosa te apoya le haces caso en todo.

-No entiendo, Su Reverencia.

-Porque crees que soy un mono crees que pienso como un mono. Ya me encargaré de mandarle una moto a ese escribidor.

-No era mi intención ofenderlo.

-Dime qué quieres Fumala antes de que te someta y solo puedas gritar ¡Madre Mía!

-Quiero debilitar a mis oponentes.

-Esos se debilitan solos

-En el debate me atacarán. Los asesores son los que me preocupan. Conocen las cosas más turbias de mi pasado oscuro.

-¿Quiénes los asesoran?

-A Keiko, el cuy mágico; a PPK, el PPkuy.

Chubaquita se puso de pie, y se retiró hacia la ventana. En su suite del quincuagésimo noveno piso Tokio se veía imponente. Las luces alimentaban todas las noches las ansias de poder del mono. Calló a Fumala de un grito.

-Tendrás mi apoyo.

Fumala cayó a los pies del mono. Se los besó. Chubaquita, del asco, le rompió tres costillas.

-Escúchame, infeliz. No creas que te apoyo porque crea en ti. Tras de tus enemigos están mis enemigos, y yo solo me cobraré venganza. Que no se te olvide eso nunca.

(Esta historia continuará…)

martes, 26 de abril de 2011

Vicisitudes de Chubaquita y del dicente viviendo bajo el mismo techo (III): Año Uno

El departamento estaba a oscuras, porque había sombras jugando en la pared de la cocina, que quizás eran dos cucarachas épicas en alguna representación amateur de la Iliada. O quizás no. El rumor de las nubes era cada vez más fuerte, pero Ella seguía durmiendo a mi lado; yo no podía pegar un ojo; había dejado de hacer el amor, pero el atisbo de una desgracia hizo que perdiera de pronto las ganas de dormir. El cielo empezó a rugir, la lluvía caía implacable en la noche helada. Ella roncaba, roncaba y babeaba. Yo prendí un cigarillo. Las noches así siempre son presagio de algo malo.

-Mi amor, ¿qué haces despierto?
-No tengo sueño.
-Pero son casi las cuatro de la mañana.
-Siento que algo está a punto de pasar. Lo presiento.

Recordé algunas de las cosas que había visto en la tele en los últimos días: muertos en México, conflictos con los zapatistas, guerra en Chechenia, piratas somalíes en el Cuerno de África, el robo de archivos sobre Chernóbil del Krémlin, la Página 11 y el asesinato de Tongo en manos de sicarios turcos. A simple vista no había puntos en común con todo esto, pero la Interpol, en todos estos casos, salvo el de Tongo, que no le importaba ni a la Pituca ni a la Telefónica, daban a un solo nombre: Chubaquita. La imagen del pobre maestro en alguna celda en Guantánamo no me dejaba en paz.

La puerta sonó tres veces. Tres sordos golpes que eran como tres llamadas a la desgracia. Ella se incorporó en la cama.

-¡Qué miedo! ¡No abras! -el cielo se hizo de día con un potente rayo.
-Tranquila no lo pensaba hacer.
-Pero ¿quién será?
-¿No quieres ir a ver tú?
-Oye, Ignacio, no seas fresco, yo soy la invitada.
-Tienes razón. No pagas toda la luz que te gastas con tu secadora de pelo.
-¡Tarado!
-¿Vas a ir a ver?
-¿Y si me pasa algo?
-Ufff... ¿es una promesa?

Un rugido hizo temblar la casa y la noche volviose otra vez día. Del susto los dos nos metimos bajo las sábanas. Y encontré el mp4 que había perdido dos semanas antes.

-Ignacio, no seas maricón y anda a ver quién toca la puerta.

Un lamento nos llegaba, desgarrador, era una confusión de alemán y jerga chalaca:

-Schnell!! Ich will scheißen (Rápido, quiero hacer el canal 2)

-Schnell, causita, weil die Fischotter, die "Nutrien", se me escapa. (Rápido, causita, que se sale Alan (o sea, una bien gorda)).

La voz felpuda era inconfundible. Cuando corrí a abrir la puerta, la sangre se me heló. Hasta el día de hoy no encuentro palabras para decribir lo que vi en el piso, no podía reconocer al maestro Chubaquita en esa sanguinolenta ensalada de tripas de felpa y garrapatas. En una de sus patas ya no traía su banana, solo un mensaje con una sola mancha: la mancha negra.

-Hilf mich bitte, ya pe'.

Perdió el conocimiento. Me conmovió ese cuadro patético, y lo metí en el baño para lavar sus heridas. Ella, a pesar de odiar al maestro, me ayudó a asistirlo. Pero necesitaba más ayuda, y desperté a Patricio el Sabio, mi viejo perro beagle, que tenía un PhD en Medicina de Guerra. Él, con un gesto adusto, en su experimentado rostro, cogió su reloj de leontina, y le tomó el pulso.

-Es tarde -dijo- este mono va a morir.

Vicisitudes de Chubaquita y el dicente viviendo bajo el mismo techo (II)

La señora de la administración me gritó una vez más. Con una vieja así, que bordea ya los tres milenios (y que fue amante de Matusalén, y según las malas lenguas también de Nabucodonosor II), es mejor no discutir. La escucho mientras se me va licuando el cerebro a causa de su aliento a tumba y los vahos tóxicos que su sistema digestivo me obsequia. Casi sin poder mantenerme de pie alcanzo a decir "Lo que usted diga, señora". Y me voy caminando en zigzag hasta la puerta del departamento.

Son las once de la noche. Solo quiero llegar a mi cama y hundir la frente en la almohada y pedirle a los relojes que hagan esta noche perpetua, para dormir el sueño de los justos. Un alarido bestial interrumpió mis cavilaciones como un alud que trae consigo, es decir, mi rápida imaginación en verdad lo hace, la imagen de un mono colgado del techo de la habitación saltando sobre toda cinco féminas ansiosas de abrazarlo. El alarido bestial es de Chubaquita, y dice un par de frases en griego antiguo, algo que aprendió en su estadía en Esparta, cuando era el tutor de Leónidas, y algo más que creí que era la Eneida, esto, claro está, ya en latín culto. Posteriormente dime cuenta de mi error: el texto era de Catulo.
Pedicabo ego vos et irrumabo 
Y ellas, asentían, mientras ejecutaban lo que él les había pedido. Aquella imagen que irrumpió en mi mente estuvo siquiera cerca de lo que vi al entrar, no al cuarto de Chubaquita, sino al mío: eran once contra once, y Chubaquita era el árbitro. Un maldito bacanal sobre mi cama. Grité, maldije, espeté... pero mis lamentos se perdían en medio del brutal jadeo. Chubaquita ni se dignó a verme. Sostenía una botella de ron entre sus manos mientras cantaba viejas canciones piratas del s. XVII, esas que también enseñó a los piratas somalíes que secuestraron un buque de la OTAN. ¿Y ahora dónde carajo duermo?, me preguntó desesperado. Porque a la cama de Chubaquita no entraría jamás (se cuenta toda una leyenda sobre lo que les pasa a quienes osan meterse entre esas sábanas sin autorización). El cansancio se empeñana en nublarme la vista y bajarme los párpados, que se había vuelto muy sensibles a la luz, mas la bulla y el constante temblor que hacía temblar el piso del departamento me impedían dormir. Creí que no tendría esperanzas. Que la noche estaba perdida.

Hasta que escuché lo impensable: Chubaquita había descubierto el primer borrador de mi novela Un poema para Natalia, y lo leía en voz alta, todas esas cosas que aún no estaban listas para ser leídas, eran declamadas cómicamente por el maldito mono.
15 de marzo de 1986

No he podido dejar de pensar en Natalia, y ya casi es la medianoche. Este cumpleaños pasará a la historia como el peor de todos, en esta corta y patética vida que cuenta 19 calendarios.

Ahora, el que se había engorilado era yo. Abrí la puerta del cuarto de un patadón y empecé a botar a golpe limpio (y un par de botellazos) a todo humano, animal, peluche, bolas chinas, erizo de mar y sierras eléctricas que encontraba en mi camino. Fuera, les dije, vayan a ser sus cochinadas a otra parte. Y todos, espantados, se iban semidesnudos la mayoría, otros casi sin ropas, pasarían delante de la puerta de la adminstradora al bajar, y quizás encontraría ya la puerta con seguro. No me importaba. Yo negaría que estuvieron aquí y dejaría que arreglaran sus problemas solos. Entre los que se estaban escabullendo a la salida, había un mono con actitud sospechosa...

-Ah, no, basura, tú no te vas.

Chubaquita alzó sus peludas cejas (o el peludo arco ciliar, donde teóricamente deberían estar un par de cejas) y me miró con rostro de súplica. Pero no le hice caso. Lo cogí del pescuezo y lo llevé donde el perro, para que él hiciera lo que quisiera con él. 

Vicisitudes de Chubaquita y del dicente viviendo bajo el mismo techo

Maldito sea el día (y no está dicho esto con la púber intención de exaltar algo como “súper”: «¡Qué maldita es esta consola de Nintendo!») en el que, luchando contra las fuerzas de la naturaleza, supero la pereza de levantarme de la cama, me desnudo para ir al baño, dejando todas mis zonas erróneas a la intemperie, y en encuentro a un mono en la ducha, con la banana en la mano, usando la esponja de mi novia para rascarse la espalda, llena de pelos, mientras una semidiosa olímpica y una ninfa ninfómana, procuran acicalar sus partes pudendas.

Yo, parado frente a ellos, cubriendo dignamente mi último rincón de decencia, quedé estupefacto. Eran las siete y media de la mañana, había trabajado hasta casi las tres y tenía que estar de pie a tiempo para ir a una reunión de coordinación de un proyecto. Desde mi casa a la editorial son más de veinte minutos de camino, sin contar el tiempo que tengo que esperar a que cambie de luz el semáforo de Paseo Colón, o peor aún, a que el policía de tránsito haga caso de los circunstanciales peatones.

–Chubaquita…

La semidiosa le decía algo al oído de felpa mientras sonreía con malicia. El mono soltó una risotada y la sometió sin reparos. Acto seguido, prendió un puro mientras, ya los tres derramados en la tina, empezaban a hacer burbujas de jabón líquido aromatizado. Chubaquita miraba penetrantemente a la ninfa, sostenía unas bolas chinas en sus manos.

–Chubaquita, tengo que ir a trabajar…

El mono no solo me ignoraba, sino que se sumergía entre las burbujas de la piscina y jugaba a la gallinita ciega con las dos beldades, que gozaban con sus ocurrencias y con su engolada retórica.

Claro que no pude sacarlos de la ducha a tiempo, y tuve que llegar más de media hora tarde a la reunión, con la que me tuve que disculpar por la injustificada tardanza (la que no se puede explicar con el infantil recurso de echarle la culpa al mono). La presencia de Chubaquita en mi casa no había caído muy bien como habíamos pensado. Pero teníamos que esconderlo antes que el Mossad lo encontrara. Sabía muy bien que me jugaba el pellejo haciéndolo, aun más con el puto mono que no colaboraba para nada siendo discreto (le dijimos muchas veces que pasara desapercibido, pero ya todo el edificio sabía que dos mujeres y retozaban alegres en una misma ducha: mi ducha, y no era yo el que las acompañaba.

Pero quien sí creyó que yo estaba con ellas era la administradora. La que me esperó en portería con su tan conocida frase de “hay que hablar, Ramírez”. Por un cacho, vieja maldita, que yo no soy el que hace reír a dos mujeres en una tina de baño, no me ducho con ellas, ni les jabono la espalda… es un maldito mono que lo hace y es quien no me deja acercarme a ellas.

Si lo digo eso, se reirá de mí, y de lástima.

Tengo que hablar seriamente con Chubaquita.

Justificación

Chubaquita me escribió hace unos meses desde el VRAE. Por una cuestión de seguridad (personal) no revelé esta información hasta que me fue imposible evitar los comentarios de los vecinos, que vieron llegar un emisario semidesnudo y con dos dedos de la mano derecha arrancados de raíz y una cruz esvástica todavía supurando sobre su frente manchada de sangre coagulada.


–De Su Santidad Chubaquita, el Supremo –dijo antes de caer muerto al suelo.


La carta todavía mojada por el las lágrimas y la sangre del emisario y de quien firmaba era un enigmático mensaje:




Hilf mich... Toy caga'o


¿Qué quería decir Chubaquita con eso? ¿Se había hecho en el pantalón? Y si era cierto que ya no tenía control de sus esfínteres, ¿desde cuándo Chubaquita usaba pantalón? O es que era algo mucho más serio. ¿Tenía acaso problemas con la gente del VRAE? ¿Posiblemente había sido rodeado por las fuerzas de la DEA? Preocupado llamé a un amigo periodista que había viajado hace poco hacia la zona de conflicto. Lo que me contó me dejó aterrado: Chubaquita había sido descubierto como agente cuádruple: trabajaba para la DEA, que le pagaba en dólares; para el EP, que le pagaba en casquillos de bala de 45 mm; para la OLP, que no sé qué rayos hacía allí, pero que le pagaba en barriles de petróleo y para la guerilla colombiana que le pagaba con café de Chanchamayo. Pobre Chubaquita. No quise ni imaginar lo que harían con él las huestes de "José". Tuve que avisar a la prensa, en donde él tenía amigos poderosos. Por suerte, volvió ileso, y se hospeda ahora en casa de Maharajá. Gracias por tu hospitalidad, Eric. Espero que el Maestro se porte a la altura de las circunstancias.

martes, 19 de abril de 2011

Como una ardilla prehistórica

A mí me suelen pasar muchas desgracias con mucha gracia, aunque suene a paradoja o a verso abyecto. Y otras cosas que también son, por decir lo menos, de sitcom gringo.

Hoy necesitaba un café. Lo necesitaba con mucha urgencia. Así que bajé hacia el News Café que queda a una cuadra de mi oficina, pensando que la misma chica de siempre me atendería, pero no, no estaba ella. Una beldad de bronce estaba ante mí, con el cabello en una media cola llena de bucles, los que se agitaron en cámara lenta mientras, muy convenientemente, en la radio empezó a sonar la versión de Biddu Orchestra de «Girl, you’ll be a woman soon».

Y así como la ardilla prehistórica de La era del hielo (aunque a él le hacía el bajo Lou Rawls) tenía su nuez yo tengo como mi gran cruz mi atolondrada tartamudez.

-Hola, bienvenido a News Café, ¿en qué te puedo atender?

-Nnnngh…, nnnnngh.

Si hubiera podido hablar, hubiera pedido un terapeuta de lenguaje. Pero no. balbuceé algo, y dentro de mí rogaba que sea una de esas chicas que se enternece al ver a un hombre tartamudear ante ella. Pero su mirada no decía nada de eso. El café me lo dio con algo menos que condescendencia.

Y mientras una voz sensualona acompañaba sus movimientos al ritmo del disco: «Soon… you’ll need a man». However don’t need  a stutterer one but a real man.

Eso suele pasar, me repito hasta el día de hoy. A algunos no se nos bendijo con poca capacidad de sorpresa. Era la misma chica de siempre en verdad, solo que pareciera que había salido de su oruga. La sorpresa fue más por que casi no la reconozco. Más tarde, al salir, un tipo de moto y chaqueta de Fonzi la esperaba. No me extrañó que eso pasara. En mi mente, los primeros versos de la canción de Neil Diamond: «Girl… you’ll be a woman soon».

lunes, 18 de abril de 2011

Los mejores amigos

Hoy la madrugada me ha obsequiado un chisme involuntario (falaz categoría que acabo de inventar para justificar este post, que consiste en dejar que el viento te traiga las discusiones de los parques cercanos y con una cínica indiferencia escucharlos).

En resumen, alguien allá afuera ha estado afanando a la flaca de otro ahí presente en el mismo lugar. El tipo en cuestión hasta había acordado una cita con la flaca en cuestión sin saber que, oh sorpresa, su pata también la estaba afanando. Mismo capítulo de la Serie Rosa, ambos hablaban de la misma mujer sin que lo supieran. Al caer en cuenta del detallito, se armó la bronca. Se han roto como cuatro botellas; los compinches de chupeta en vez de separarlos parecía más bien que apostaban a quién cortaba más a quién. Al final alguien habrá llamado a Serenazgo, para que también hagan correr las apuestas.

El asunto es que en todo este lío ha estado implicado un viejo conocido de todos ustedes: el inefable Facebook. Aquel celestino que te arregla la cita del sábado, aquel delator que te dice quién está con quién, aquella voz horrísona que te inyecta las dudas: «¿Cuántos de estos compadres se quieren tirar a mi flaca?».

Bueno, eso es en resumen el Facebook: un gran alcahuete que se mete en todo, aunque uno no quiera. Dios bendiga a quienes no han caído aún en tentación.

domingo, 17 de abril de 2011

Reo de nocturnidad

Bueno, aquí estoy de nuevo luego de unas cuantas líneas (de escritura, malpensados) y no puedo ocultar la satisfacción de poder vencer todas las barreras que la vida impone y que tenemos que remontar para poder hacer nuestro paso por este planeta un poco menos doloroso. Ayer también inicié el blog Reo Libre ((Where Available)). Espero que le den un vistazo pues y le dejen unos cuantos comentarios. No tengo más que decir por el momento.

Fue bueno haberme encontrado ayer con mis patas, luego de tanto tiempo. En fin, ya me voy a hacer otras cosas por la vida.

sábado, 16 de abril de 2011

Sábado



Sábado 16 de abril. Escribí unas cuantas líneas en un papel y aún estoy pensando en ellas. Dejé otra vez una novela a la mitad y no sé cómo continuar escribiéndola en el punto en el que he dejado. ¿Por qué me pasa esto?

Ahora entro al Blogger con los restos del café filtrándose en mi sangre y me topo con que anoche dejé un video de ABBA a medio cargar, y le he dado clic por inercia y es «Fernando», y ya no he tenido fuerzas para pararla, para que deje de sonar, y ¿recuerdas la espantosa y puta noche en el puto río Grande, Fernando? Esa noche que soñabas con la puta libertad.

Creo que vomitaré.

Menos mal que tenía cerca el celular y algunas canciones de The The,Interpol, Delphic, The Bravery y The Big Pink me han servido para olvidar ese desagradable momento. Creo que volveré a por Céline, para seguir (re)leyendo Viaje al centro de la noche.

La computadora debe descansar. Pero siento la necesidad de seguir escribiendo. Por fin tengo una idea clara de lo que debo hacer en semanas. Pues, a lo Varguitas, cogeré un lapicero y un bloc y escribiré.

Para quien lea esto, deséeme suerte.

martes, 12 de abril de 2011

Me enviaron la moto


Cuando los sicarios «envían la moto» a alguien significa que lo van a hacer fiambre de un par de plomazos. Puede considerarse a esto como una metáfora. Sin embargo, lo que me acaba de pasar a mí adquiere un sentido literal.


Es más que evidente que a mí no me han enviado ninguna moto, dado que estoy vivo escribiendo esta nota. Lo que ha pasado es, ya lo dije, literal: una moto me ha golpeado a traición por la espalda, mientras caminaba por la calle peatonal Contumazá, a una cuadra de mi detestada y amada plaza San Martín.


Sí, sí, estoy bien, gracias por preguntar.


Salía a comprar unas pilas para mi mouse y terminaba de hacer una llamada de coordinación cuando una moto impacta conmigo por atrás. Yo caí de espaldas y el tipo de la moto un poco más allá. La moto llevó la peor parte. Se le rompió un espejito.


En fin, aún sigo un poco asustado. Me fui luego a comprar un pucho para bajar los Walt Disney, o sea, los muñecos. Pero no ha tenido mucho efecto, aún siento la adrenalina fluir.


Me ha empezado a doler el brazo. Y yo que quería pasar un día tranquilo.

lunes, 11 de abril de 2011

Réquiem para una tumba sin nombre


El Perú ayer fue a las urnas con resaca, y creo que ese ya era un mal síntoma. Desde Lima, las cosas parecían claras, que una patada en el tablero no es lo más recomendable para una economía que tiene que hacerse más sólida y procurar que la calidad de vida de toda la población mejore. Pero Lima, ya está demostrado, no es el Perú ni mucho menos la ciudad que determina la elección de un presidente. Aquí ganó PPK: la cara de la derecha anquilosada y osteoporótica que la juventud quiso digerir como el gran cambio, del que, en verdad, no tenía nada. Lo mismo se puede decir de las otras dos opciones más parecidas: Perú Posible y Solidaridad Nacional, la misma política que desde el centro siempre tiende hacia la derecha. Esa política siempre reencauchada está llena de todos los pecados capitales, y sobre todo del peor: la soberbia. Si estos hubiesen llegado a un acuerdo de gobernabilidad y hubiesen renunciado a apetitos personales, el porcentaje de sus votos (el que se estuvieron arranchando con dientes entre ellos) hubiese superado el 45 % , es decir, hubiesen estado en segunda vuelta. Pero no, eso, en un país como el nuestro, es imposible. Aquí no se piensa en un programa a largo plazo, aquí se piensa con el estómago y se vota por la carita, por el "pan grande", por el quien da más, por quién le agarra los huevos a quién. Y en tanto nuestra capital se dividía como Berlín luego de mayo de 1945, el resto del país, engañado, pobre, ignorado e ignorante (no por su propia culpa, sino por la mala formación educacional -el cáncer de siempre en todo nivel-), le endosaba su vida al mejor flautista, al que con mucha astucia mamífera ha sabido canalizar todo el descontento, todo el resentimiento y hacer de eso su caldo de cultivo. Ahí, en ese lugar adonde nunca has pensado viajar hay gente molesta, más que antes, contra quienes cree que, desde la capital, han complotado desde siempre para dejarlos al margen, como si fueran un error estadístico. El resultado de este domingo es lamentable, nos ha reventado la burbuja del desarrollo en la cara, la fantasía acabó con final amargo ya cantado incluso por gente como Michael Porter. Propugnar ahora el voto viciado no salva a nadie. Ese también es un mal chiste, una ingenuidad de quienes quieren creer que la segunda vuelta no es más que una «joda para Tinelli». Esto vuelve a pasar. El Perú es el país donde la vida da vueltas pero donde no cambia nada. Un minuto de silencio

lunes, 21 de febrero de 2011

El concierto




Hoy regreso muy contento del cine. El concierto (Rusia/Francia, 2009) ha sido una película en la que su escena final, la que muestro ahora, es una auténtica revelación de la gran fuerza evocativa de la música.

Y no es que colgar esta escena tenga la desagradable intención de arruinar la película para quien no la haya visto. Simplemente, es por el placer de que escuchen un poco de este exquisito concierto para violín y orquesta.

Buena película, buen concierto. Grande Chaikovski.